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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 3 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista del narrador en tercera persona, visión detrás u omnisciente. (Máximo 1 pág.)


Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecíamos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: "Las nuestras ya se reunieron". "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

En memoria de Paulina, Adolfo Bioy Casares

 

OTROS TIEMPOS


Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecíamos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: "Las nuestras ya se reunieron". "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Íbamos a la misma escuela, pero a grados distintos, ella era un año menor que yo. No vivíamos muy cerca que digamos, pero además de vernos en los recreos, viajábamos en la misma combi escolar y también compartíamos varias veces al año, actuaciones para alguna fecha patria. Recuerdo en especial una vez en que yo actuaba de rana y ella de árbol. La emoción por saltar a su alrededor hizo que tropezara en varias oportunidades, lo que le daba a Paulina el poder de convertirse en un árbol fuera de lo común. Un árbol que no paraba de reír. Y mientras que yo trataba de coordinar los movimientos, tal como me los había enseñado la maestra, podía sentir mi cara enrojecida a causa de la vergüenza.

Y a propósito de vergüenza. “Vergüenza debería darte”, le había dicho la mamá de Paulina cuando descubrió que estaban nuestros nombres encerrados en un corazón sobre el margen del libro de las almas. Y ella optó por seguir el camino marcado por su madre y yo comprendí —¿o me resigné?— que era lo mejor.

 Pero al final el milagro ocurrió, y nuestras almas se volvieron a reunir. Paulina se me acercó para darme un obsequio. “Un presente entre consuegras”, me dijo. Rompí el papel y me encontré con aquel libro de las alamas en el que ella había escrito treinta años atrás. Me tomó la mano y  me dijo: “son otros tiempos, no dejemos que les pase a las chicas lo que a nosotras”. No tuve tiempo de decirle lo importante que ella fue para mí, pues el recinto estalló en aplausos y ovaciones a los novios. La imagen de Paulina se tornó borrosa por tratar de mirar más allá, donde nuestras hijas habían consumado el primer matrimonio gay.

 


Copyright©Miguel Ángel Schernetzki. 

Julio, 2016 Todos los derechos reservados.