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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 1 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista de un narrador en tercera persona, visión por detrás u omnisciente. (Máximo 1 pág.)


FULANO DE TAL


 Aquella mañana el sol caía a plomo sobre las casas de adobe y paja. Una de las carretas cargada de duraznos se detuvo en un rancho poco cuidado que había cerca del arroyo Medrano. El rancho tenía una sola ventana desde la que se veían algunas mesas y bancos rústicos. Sobre la puerta, en el frente, en un cartel pintado a mano se leía "Pulpería Las palomitas".

 Don Salustiano, quien todavía llevaba el guardamonte puesto, se bajó de la carreta, le dijo al pibe que lo espere ahí y entró en la pulpería. Adentro pudo ver perdidos entre la neblina del tabaco a Hilario y a don Francisco en plena partida de truco, a los melli —menchos de la estancia “Las Azucenas”— en la barra acompañados de unas copitas y a un hombre desconocido que tal vez era demasiado distinguido para “Las Palomitas”. “Este debe ser el potro”, se dijo para sí, mientras que el pulpero tras la reja le hizo el gesto de que le iba a servir lo de siempre. Salustiano se relamió con ansia ante el ofrecimiento. El fulano de tal —pues aún no podemos garantizar su nombre, ya que nadie lo conocía por aquellos lares— se presentaba ansioso por saber si el paisano que acababa de entrar sería la persona correcta.

 Salustiano miraba al hombre con los ojos entrecerrados, se acomodaba el bigote, repasándolo una y otra vez con el arco de los dedos índice y pulgar, con la costumbre de quien los arrastra para darle forma, y sin quitarle los ojos de encima se mandó un trago generoso, —y cuando hablamos de generosidad, se sabe como mínimo de las tres cuartas partes de una jarra de medio litro— se secó la boca con la manga de la camisa y se avivó en decir: así que usted, mi amigo, es al fulano que mandaron esta vez. Y el fulano, girándose sobre la banqueta y apoyando en actitud compadrona el codo en la barra y la mano en la cien, respondió: correcto, ¿usted es don Salustiano? No, le dijo don Salustiano, para uste, mengano, ¿me entiende? Así le habló mengano a fulano, hincándole  la mirada. Y el fulano se arrellanó otra vez sobre la barra, descansando la vista en su vaso con coca, mientras que mengano terminó su cerveza sin dificultad, al tiempo que el pulpero ya le sirvió otra, la que consumió en la mitad del tiempo que la primera. Venga, le dijo el gaucho al cogotudo, y se fueron al patio del fondo. En el tiempo que dos criollos estaban ensimismados en cómo le erraban a la taba, fulano le dio una mochila a mengano, quien avispado extrajo unos fajos de dinero y los guardó debajo del guardamonte, el resto, unos paquetitos delgados y largos, debajo de la rastra. Don Salustiano lo miró como diciéndole qué esperás y el engreído le preguntó: ¿eso es todo? Si, qué más, lleváte el bolso si querés. ¿Para qué quiero el bolso?, preguntó mengano y fulano le dijo: no sé, che, yo voy a seguir viaje, y enfiló para la puerta, pero mengano se interpuso. Don Salustiano amagó desenvainar el facón, pero el hombre trajeado, apretando con un revólver treinta y ocho la abultada barriga del gaucho, le dijo que ni se moleste. No te embronqué, le dijo don Salustiano, cualquier perjuicio lo vamo acomodar.  No, don Salustiano. Mengano para vos, te dije, y mengano se le arrimó más al fulano, sin importar cuán apretado estaba el arma en su panza.

 El fulano sintió la garganta seca y tragó saliva, pero no fue suficiente, una espina le atravesaba el pescuezo y comenzaba a sudar. Y a temblar. ¿Qué pasa, gringo? Le dijo don Salustiano con la mirada bizarra, ¿tenés áspero el garguero? El gringo o mengano, cómo lo queramos llamar, volvió a sentir la puntada, ahora caliente, más abajo de lo que la sintió hace unos momentos, mucho más abajo, y se horrorizó. La sed no te atraviesa a la altura de los riñones, la sequedad de la garganta no llega hasta la boca del estómago, y mucho menos te la perfora.

 Sabemos de buena fe, que estos interrogantes fueron planteados por el gringo cuando la sangre tibia comenzó a mancharle la camisa.

 Don Salustiano le quitó el revólver y se vio reflejado en la vidriosidad de unos ojos. Se emprolijó el bigote y el fulano de tal quiso llenar de aire sus pulmones, pero el dolor no le permitía elongar la caja torácica. Sintió el aliento en la nuca, era uno de los melli, que luego de quitarle muy, pero muy despacio la punta para asar choclos, absorbida por su vientre, sonrió mostrando lo que quedaba de su dentadura podrida.

 


Copyright©Miguel Ángel Schernetzki.

Julio, 2016 Todos los derechos reservados.