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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo V El cuento, su estructura

Consigna C 5

El primer texto, La habitación cerrada, pertenece a Paul Auster; el segundo, no.

Escriba otro en el que imite el estilo del escritor norteamericano, tome como parámetro el relato apócrifo El reflejo, más abajo transcripto.

 


Paul Auster (EEUU, 1947)

La habitación cerrada, de Trilogía de Nueva York (Fragmento)


"Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.".

 


El reflejo


Muchos me preguntaron por qué no proseguí con aquella maratónica colección de relatos que titulé “Creía que mi padre era Dios”, compilada en el 2002. Mi propuesta por aquellos tiempos -que muchos consideraron condenada de antemano al fracaso - consistía en que los oyentes de mi programa radial me contaran una historia verdadera sobre sus vidas. Todas ellas me imprimaron, nada quise descartar al publicar 180 de los 4000 relatos que escuché. Pero la selección es necesaria para contener la compulsión de la escritura.

Uno de aquellos relatos que no publiqué respondió a mi intuición de que la historia de un hombre que llamaré H. estaba incompleta, que sólo el tiempo –“que devora a sus hijos”- cerraría lo que quedaba incompleto.

Comenzaré teorizando que la mayoría de los desenlaces trágicos en la vida de los hombres ocurren por utopías abortadas. Otros, entran en la categoría del azar.

El oyente H. me contó aquella tarde de radio que su vida era simple, pero que la sobrellevaba con cierta dignidad.

H. se levantaba a las 6 a.m., casi exactamente una hora antes de comenzar su rutina oficial, obligado sólo por la compresión de su vejiga. Regresaba a su cama y dormitaba un rato más y que mientras lo hacía, se decía a sí mismo “hoy no me va a suceder”. Al empezar oficialmente su rutina preparaba los afeites obviando mirar al espejo. El brutal minuto de lo inevitable le llegaba al tener que afeitarse: su imagen no se reflejaba en el espejo. Me confesó que, con el paso de los días, llegó a la conclusión de que no podía un espejo reflejar aquello que no tiene identidad. Nada forzaba a su espejo a que lo a siluete, explicaba resignado. Más gravoso y evidente se hizo esa “ausencia” -me contaba- cuando en el Ministerio en el que trabajaba sus compañeros caminaban hacia él casi atropellándolo como a un fantasma.

Hasta allí llegó con su relato, hasta allí la historia podía ser incompleta. Pero, antes de cortar el audio, me confesó que había decidido ser escritor como yo, que el sufrimiento es la simiente justa para urdir palabras que se ordenarían en frases con sentido literario.

Dos años después, a través de un oyente, me enteré que cumplió su sueño. Una mañana de ésas de todos sus arrutinados días se acercó muy lentamente al borde del andén y se arrojó a las vías en el justo momento en el que el tren arribaba. Para sus deudos dicen que dejó un papelito muy prolijamente doblado que decía: he cumplido mi sueño de escribir, les dejo estas líneas de mi propia creación para que las coloquen como mi epitafio “Nos volvemos cada vez más opacos; y más y más conscientes de nuestra propia incoherencia”. La frase, obviamente, la reconocí inmediatamente, era de mi propia autoría, deslizada en alguno de mis libros. No me sorprendió la elección, muchos de todos estos años en que me he preguntado por qué escribo sólo he atinado a responderme que “mi única obsesión ha sido poder tener acceso a mí mismo” y que mi imagen aparezca reflejada al menos en mi escritura, aunque sea huidiza en los espejos.

Paul Auster, New York, 2005

 


LA ESTIRPE


La única forma de perdurar en el tiempo es a través de estas líneas, donde yo, el barón Erich von Van Houten, he de morir bajo el filo del hacha que mi príncipe ha de disponer. Estas serán pues las últimas palabras de un noble caballero considerado un simple paje al servicio del monarca.

He sido objeto de burlas en mi corta existencia por el sólo hecho de ser el sobrino de Karl Friedrich Münchhausen, archiconocido por sus hazañas asombrosas y hasta disparatadas para algunos. Fue paje de un duque y se convirtió en noble cuando se unió al ejército, regresando como héroe por esquivar una bala de cañón y cabalgar sobre ella burlándose del enemigo. En el principado era conocido como el barón del fraude. A pesar de esto, mi tío prosperó y se hizo llamar el barón de Münchhausen. Algunos creen que de él heredé una doble descendencia, argumento que sostienen sobre la base de que mi padre cuando fue al campo de batalla, dejó a mi madre al cuidado de su cuñado. Ella siempre me abrigó con la noticia de que yo era como el tío, un hombre común pero fiel a sus principios, y que se convirtió en noble porque estaba en su sangre serlo. Y así es como me sucedería, por la sangre que corre por mis venas  podría hasta desposar a una princesa y obtener así el título de soberano.

Durante diez años alimenté esta idea de tomar lo que me corresponde, haciendo pagar a todo subordinado por sus ofensas a mi estirpe. Incluso hasta el mismísimo príncipe.

Pero ya ven, mi ascenso a la nobleza deberá esperar, pues aquí estoy en el calabozo aguardando el momento trágico. Pronto será, puesto que ya se oye el estridente sonido de los plebeyos aguardando el linchamiento de un paje. Se me ha concedido la bondad de la última palabra a través de la pluma y el papel, y de esta manera es como le cuento al mundo quién era el barón Erich von Van Houten. Un noble venido a sirviente del monarca, caracterizado por los estudiosos de palacio como un gran mitómano. Un bufón de apenas catorce años de edad que se atrevió a desposar a la princesa Annette von Freude, en una noche de ardiente pasión.

La aventura tuvo fin cuando el soberano encontró a su consorte enredada en la cama real con el paje Erich Van Houten. Esta era la versión secreta a voces que circulaba por los pasillos del palacio.

Mi Annette fue obligada a callar para conservar su vida. Los guardias de turno muertos misteriosamente en un banquete envenenado. Y yo en la vigilia, con el consuelo de haber dejado en las entrañas de la princesa Annette von Freude, depositada mi descendencia, mi ascenso a la nobleza.

 

 


Copyright©Miguel Ángel Schernetzki. 

Mayo, 2016 Todos los derechos reservados.