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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

(TIEL) Módulo X Pasajes y fronteras

Consigna veinticuatro alfa Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él, plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero.

 


EL COLLAR DE LA  ESMERALDA

 

En ciertos casos debemos desconfiar hasta de nuestra propia sombra.

Había trabajado incansablemente en el collar que lo haría famoso. Su diseño consistía en un pequeño colibrí calado de oro blanco, en cuyo ojo reposaba una esmeralda. Nadie sabía de su existencia. Nadie más que tres personas. El destinatario, su amigo guardaespaldas y él, su creador. Debía pasar la noche antes de entregarlo.

Sentado en su cama intentaba no dormirse. Tenía a su lado el estuche, no dejaba de apreciar su trabajo. Desde pequeño deseó ser joyero. Sus manos se fueron convirtiendo en delicados instrumentos de precisión a través de los años.

 

 

La televisión encendida con volumen bajo lo acompañaba. Benjamín, su amigo, vigilaba la casa y sus alrededores. Temían que el renombrado cirujano, en un arrebato, hubiera comentado de su gran obsequio. 

El sueño suele convertirse en un insistente entrometido. A pesar de las tazas de café ingeridas, sus ojos comenzaron a danzar un vaivén. El cuerpo se fue deslizando y con él su cabeza se inclinaba en la almohada.

Aún no es hora de irnos, insistió. Faltan alrededor de cuatro horas. Benjamín no dejes de vigilar la casa. No te preocupes todo está en orden, puedo ver desde mi celular las cámaras que instalamos. Relájate amigo. Déjame apreciar tal obra de arte. La mano se fue deslizando sobre el collar acariciándolo con macabra delicadeza. El rostro de su amigo se había transformado. El miedo se apoderó de él, no reconocía esa mirada.

Se despertó sobresaltado buscando con su mano el estuche. La televisión seguía encendida con uno de esos programas de palabras. Había sido una pesadilla.  Asomado en la ventana pudo ver a su amigo caminando por el jardín. Volvió a la cama. Su cuerpo estaba cansado. Colocó el estuche debajo de almohada y se quedó dormido.

Estaba en el jardín,  caminaba sin sentido con sus pies húmedos por el rocío. Gritaba su nombre, pero Benjamín no respondía. Trató de visualizar las cámaras de seguridad. No podía encontrar ninguna. Buscó el estuche. No lo llevaba consigo. Corrió hacia la casa. La puerta estaba cerrada. Trató de abrirla, tiró de ella una y otra vez. Se patinaba en cada intento. Gritó su nombre desesperadamente.

Se despertó totalmente sudado. Su corazón latía demasiado rápido. La televisión se encontraba apagada. Intentó encender el velador en vano, no había luz. Metió su mano debajo de la almohada. Aliviado encontró el estuche. Tomó el celular y  envió un mensaje a su amigo. El corte de energía era en todo el barrio. No tenía que temer, Benjamín estaba atento ante cualquier eventualidad. Esas palabras sonaron en su interior y una terrible duda lo asechó. La oscuridad ayudó al sueño a apoderarse de él. Volcó su cuerpo boca abajo y depositó el estuche debajo de su pecho, entregándose al descanso.

La puerta abierta, una sombra corriendo por el pasillo hacia la habitación. Fuera, los grillos en su sinfonía nocturna aturdían sus oídos. Su amigo inseparable, su compañero de la infancia se encontraba frente a él. Reía, reía con el estuche en las manos. En una lucha desenfrenada intentó golpearlo. Los golpes quedaban suspendidos en el aire. Benjamín se alejaba de él riendo. Un fuerte dolor invadió su pecho. Todo era oscuridad.

Abrió los ojos. Vio a una bella señorita vestida de blanco tomándole la mano. La sirena de la ambulancia era continua. Su sonido perdía intensidad a cada momento. Sus párpados se cerraron definitivamente.

 

 


Copyright©Verónica Martinoli Vieyra. 

Marzo, 2016 Todos los derechos reservados