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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, técnicas de escritura

 

 

(TEC) Módulo VIII El personaje

Consigna P 19 Escriba un texto breve donde haya no menos de siete predicados no verbales. (Máx. 1 pág.)

 

 

Apenas se conocieron, lo que más halagaba el jefe Torrielli de su nuevo empleado era la rigurosa puntualidad que tenía para llegar al trabajo. Quizás lo único interesante, pero en tiempo de vacas flacas el “suizo” García, como su jefe le había apodado, era un caso único.Sin entrar en detalles meticulosos de la vida de García, el hombre alardeaba ante sus pares la exactitud y la afinidad con las agujas del reloj. Pero en realidad se debía a que conocía en detalle los horarios de los medios de transporte que tomaba y que nunca daba pasos más grandes que los que su cuerpo le permitía. Es más, era un artista en eso de utilizar el entorno a su favor. Él no creía que ese estudio de excelencia del tiempo sea una ciencia, al contrario, más bien pensaba que a los demás les era lo mismo llegar o no a horario, considerándolo una falta grave de respeto. En cambio, él lo disfrutaba como otros podrían hacerlo con un paisaje, una obra de teatro o un partido de fútbol.

Para lograr su cometido diario, García salía todos los días de su casa a las 21:13, luego en la estación de Once tomaba el tren Sarmiento a las 21:25 y llegaba a Flores pasados los treinta minutos siguientes. Después caminaba exactamente quinientos pasos, ni uno más, ni uno menos, para llegar a las diez de la noche a la puerta de su trabajo donde firmaba el registro de asistencia. Y siempre ingresaba con esa sonrisa reluciente, que brotaba de sus amarillos dientes, dando una muestra física de su goce interior y que contrastaba con la oscuridad de su textura morena. García era reacio a los desvíos porque pensaba que lo accesorio siempre terminaba por afectar la cuestión principal. Por eso evitaba parar en una panadería, en un kiosco, o en un puesto de diarios y revistas, porque en la precisión de su recorrido residían los buenos augurios de cada jornada. Empezar bien el día le aseguraba en una gran parte que todas las demás acciones que él concrete les sean por demás de productivas.Sin embargo, al tercer mes de laburo le ocurrió un evento inesperado. El señor Torrielli miraba cada segundo que pasaba del reloj con la preocupación de alguien a quien le han dado una orden y que debía cumplir sea como sea, sin importarle el cómo. “Total “el cómo” se puede arreglar” era la frase de cabecera del jefe, pero peor que nada es no tener la noticia para informar. Y cuándo el tiempo vuela, hay menos para pensar y editar. Y el diario, un fracaso. Un auténtico fracaso que ni las mentiras piadosas ni los títulos escandalosos pueden ocultar.A Torrielli le habían avisado que se había producido un crimen cerca de la Plaza Miserere, de esos que ocupan las primeras planas, justo en el corazón del barrio Once. Ya habían pasado dos horas de retraso de la llegada habitual del “suizo” García. El jefe, agotado por el inoportuno paso del tiempo, llamó insistentemente a su secretaria y le dijo que había que buscar un reemplazante. Que había que cubrir la noticia del día. Sea como sea. Todos se pusieron manos a la obra, a sacar adelante la catástrofe inminente, pero faltaba el actor principal.Cuando la redacción parecía que se hundía en lo profundo de un mar silencioso y todos sus cronistas seguían aferrados a sus notas, como si estas fueran canoas salvadoras, apareció el cronista de policiales sin importarle las miradas enfurecidas de los otros. García se paseaba mirándolos como si fuera su cumpleaños y esperando que todos le festejasen su llegada, como siempre sus compañeros acostumbraban hacerlo; él pensaba que todos se alegraban cuando él se sentaba en su escritorio, pero la realidad era que los otros apostaban a qué hora llegaba el “puntual” compañero y las muecas risueñas eran la melodía de las tremendas burlas que se hacían entre sí; riéndose de quién le tocaba pagar las facturas de ese día.Cuando el jefe lo vio, le recriminó y le gritó delante de todos los presentes:?¡Garcíaaaaaaa, la hora!?y con sorna lo siguió incriminando más tranquilo pero con las mejillas rojas como su bronca?. ¿La cama, bien? ¿La cena, rica??y volviendo a retomar ese enojo que no cesaba luego de una pausa breve?. ¡Pero qué horas son de llegar, la puta madre que lo re parió, García! Usted no me puede fallar. ¿Justo usted que me acostumbró a su puntualidad? Justo usted llega tarde el día menos indicado. ?Señor, yo le puedo explicar…?¿Usted explicarme? No me explique nada ?Lo interrumpió el señor Torrielli con la ira en sus ojos y continuó con su alocución?. Póngase ya mismo a trabajar antes de que le pegue una patada en el orto hasta Santiago ?Luego bajó su nivel de irritación y le siguió hablando más calmado?. Quiero una nota de una carilla sobre el homicidio de once para la una. ¿Me entendió? Así que tiene una hora. Sabe sumar, ¿no? ?Y ante la atenta mirada de García que no se hacía eco de la gravedad del momento, volvió a su agresividad anterior?.  No me mire con esa cara de boludo. ¿Me entendió? ¿O le tengo que explicar como a un niño? ¡Vaya, vaya! Vaya corderito de Dios, vaya con su cruz salvadora, váyase ya! ¿Qué se queda mirando ahí? Vaya, vaya. Circule, pedazo de imbécil de los relojes. García se tragó su furia. Se tragó el sinsabor de una reprimenda inmerecida. Sin embargo, no tenía rencor y trabajaba sin parar. No pedía ayuda. No llamaba por teléfono. Nada. Sólo interrumpía su inspiración para cortar con un cuchillo una milanesa que había traído en un tupper.  Sólo escribía en su olivetti y Torrielli lo miraba incrédulo, impaciente, pero sobre todo nervioso. El prestigio del diario estaba otra vez en juego. Y su puesto de director de redacción también.El jefe continuamente a través de la ventana transparente, miraba hacia la redacción sin que los cronistas supieran que eran controlados y tenía una panorámica de todos los trabajadores, y el único que estaba sereno acorde a la pasividad de la luna llena de aquella noche era “el suizo”. Los otros parecían cometas que iban y venían comiendo y fumando todo lo que sus ansiedades tenían a mano.Aún así, en la velocidad de las manos de García se balanceaba la historia en un vaivén que iba una y otra vez hacia el cesto, antes de cortar las hojas en pedacitos con su tramontina, y Torrielli iba cruzando en forma estrepitosa la línea de la tranquilidad de esa noche de verano. Como si cada corte del papel de su dependiente, le fuera atragantando los nervios como bolitas que masticaba en el cuello. Quedaban sólo diez minutos. La silenciosa curiosidad del jefe se enfrentaba a la concentración furiosa de su empleado más correcto. El silencio era un símbolo de que el aire de la redacción se estaba contaminando lentamente por los nervios en suspenso que nadie quería activar, pero tampoco olvidar para estar prevenidos de lo que podía pasar. Como un lento peregrinaje que todos sabían dónde terminarían si no llegara ese mesías salvador. ?Aquí tiene, jefe. La nota, un auténtico éxito. ¿Ahora sí me puedo ir a dormir? ?El jefe se levantó y sus asombrados ojos miraban a García con una mezcla de  lástima y furia?. Quédese tranquilo, no me mire así. Sé lo que le digo.?¡Garcíaaaaaaa! García. Quiero intentar ser tranquilo con usted. Pero usted se supera cada día. Me saca, me saca mal. Sabe, ¿no? No me venga otra vez con el cuento chino, por lo menos sea creativo, y venga al menos con un cuento japonés. No me joda. Sabe que es un auténtico mitómano. Eso, mitómano. Lo sabe ¿no? Será muy puntual para llegar, pero hasta ahora como periodista, usted y sus creativos policiales son un fracaso. Me hartaron sus muertes dudosas en los campos de Santiago, de Chaco o del Noroeste Argentino. Déjese de matar pobres diablos. Ya que se cree el Sherlock Holmes cuando escribe en tercera persona, debería dedicarse a la literatura… ?el jefe paró de hablar voluntariamente cuando notó el cansancio de quien se agota recordando experiencias nefastas de las acciones repetitivas de su empleado y se sentó en su sillón ejecutivo, dejándose caer sin fuerzas.?Eso habría que preguntarle al dueño. ¿Quiere que lo llamemos ahora? Torrielli dejó de prestarle atención a lo que decía su empleado y se puso a leer la nota que tenía en sus manos. Una vez más leía las notas espantosas de su cronista de policiales. Pero sus manos se fueron emocionando y apretaba sus anteojos en sus orejas, y su vista, dócil, recorría mansamente cada renglón, como un enfermo resignado que leía un diagnóstico incierto de una muerte segura. A Torrielli se le cayó el papel, y el virus de sus nervios contagió la atmósfera de la redacción, como un viento frío que toma una ciudad veraniega y encierra a todos los turistas.?No lo puedo creer García. La nota, excelente. Sinceramente, es lo mejor que ha hecho, García. Sí, es más, me animaría a decir que es lo mejor desde que vino como un zaparrastroso a pedirme trabajo, casi sollozando para darme lástima. Mañana el diario se va a vender como pan caliente. Usted tenía razón. Parece mentira lo que digo. Pero es la verdad. Es un orgullo para nuestro diario tenerlo entre nosotros. Perdón, que no haya confiado en usted. Seguro que llegó tarde porque se quedó trabajando, “haciendo la tarea”. Tiene mis felicitaciones. Vaya y tome esta mosca. Cómprese una buena cena. ?De repente, se acercó para que nadie lo escuche y en el oído y con la complicidad de un compañero de salidas, le dijo: ?Entre nosotros, no la haga esperar a esa trolita que lo entretuvo en la cama. Hasta tiene un olor insoportable. Apesta, García. Vaya, vaya, García. Suficiente por hoy.

Al otro día, Torrielli recibió las felicitaciones del dueño del diario. Y como todo buen jefe de redacción, su sonrisa se paseaba por todas las oficinas y todos disfrutaban de una bandeja de facturas que el jefe había comprado para festejar. Cuando llegó García, y después de las risas habituales de sus compañeros acompañadas esta vez por un silencio de admiración, el jefe lo convocó a su despacho. García traía consigo el tupper y el tramontina de cada día. Como si fuera un día más, y la fama fuera un ingrediente que no tardaría en digerirse como un accesorio insignificante.?Quiero felicitarlo especialmente por su nota de ayer. Hoy temprano me preguntaba cómo fue posible que usted haya sabido todo. Encima, lo sabía con lujo de detalles, hasta el gato que lamió a la chica. Impactante. Impecable trabajo. ?¿Pareciera que usted no leyó bien la nota? ?¿Cómo dice? A veces creo que usted divaga, García. Encima de pedante, irrespetuoso. Su futuro, en la calle. La ve, venga conmigo, de acá se ve mejor. Ve, ahí se irá. Solito con ese tupper ridículo y ese cuchillo de morondanga.Torrielli le seguía mostrando la calle mientras García miraba sin preocupaciones, como teniendo todo fríamente calculado. Como un científico que sabe que cada prueba que hace es con el único objetivo de verificar o no la hipótesis previa. Y Torrielli no paraba de hablarle, con esa verborragia y garras de una fiera agazapada para devorar a su presa y le dijo: «¿No cree que es duro el cemento de la calle Rivadavia? Vaya preparándose, hay tantos ahí esperando que pueden hacer mucho mejor su trabajo de inventar asesinatos y seguro están haciendo cola buscando laburo. Por suerte, hay tantos fuera del mercado. Tantos que no salen más que dos mangos por hacer la mierda que usted hace. Esta nota le dará unos meses más de trabajo, pero quédese dormido un par de veces más y sabrá dónde terminará, ¿no? En su putísimo Santiago del Estero».?Le digo que usted no leyó bien la nota ?García insistía en mirar desafiante a su jefe, típico de alguien que se arroga superioridad, ya sin la pasividad de la luna llena que todo lo embellece y hace que hasta el hombre más nervioso se tranquilice ante su inmensidad, sino que lo observaba con los feroces colmillos de un lobo aullador a punto de enloquecer.Torrielli tomó la tapa del diario con la agresividad con la que trataba a sus editores y redactores cuando no escribían la noticia que era necesaria para vender más, aún a costa de traicionar la precisión de un periodista confiable, independiente y decente. Y leyó. Y leyó desde el principio hasta el final. Y leyó cada renglón con la firmeza que le daban sus lentes rígidos, y olvidándose de sus gritos de autoridad a los que nos habíamos acostumbrados. Y leyó que García había presenciado la escena del crimen. Y leyó que la muerta había gritado: “No me mates hijo de puta” antes de que le claven por vigésima vez el cuchillo de marca tramontina. Y leyó todo. Y también no leyó nada. O no quiso leer que la carilla estaba redactada en primera persona, porque el tramontina en el corazón ya le había quitado el último aliento.

 

 

Copyright©Diego Salzman.  Marzo, 2016

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