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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VIII El personaje

Consigna P 5 Escriba una historia breve en la que el protagonista es el personaje de la foto. 

 

Taller literario

 

 

 

 

Fuente Google

 

 

UN BUEN COMERCIANTE

 

Hace tiempo que Filiberto Fernández no pasaba por el pueblo. Lo hacía al iniciar cada mes por la alegría de los bolsillos llenos.

Pero pasaban los días sin que nos visite; y todos nos sumergimos en las penurias de cada uno. Nadábamos cubiertos de las aguas turbias de nuestros problemas, escondiéndolos, acostumbrados a la regla no escrita de la hipocresía pueblerina.

Hasta que el día veinte de abril al fin llegó. Caminaba sin ser el de siempre, aquel de la energía avasallante de un trueno. Más bien, venía con un turbante largo que le llegaba hasta las rodillas y avanzaba con la pasividad de un hombre agonizado. Raro. Pero nadie dijo nada. Lo que sí nos sorprendió fue su barba, lejos de su pulcritud habitual, parecía que la había dejado crecer varias semanas pero sin esa seguridad que requieren las decisiones de cambios anatómicos y premeditados. También su frente estaba arrugada y se le marcaban las líneas divisorias de esta, prueba evidente del paso de los años. Era otro hombre. Era el anuncio de su muerte. Al principio, al verlo nos mirarnos para ver si habíamos envejecido tanto como él. Pero sólo lo había hecho Filiberto. Nos acercamos y no veíamos ni frutas, ni verduras, ni nada comestible para comprar. Cada uno se fue dando vuelta y alejándose como si un muerto nos contagiara su vejez. Pero Filiberto seguía firme y mirándonos. Y con un megáfono dijo:?¡Hola, mis estimados, mis amigos, mis compradores! Acá estoy nuevamente para brindarme a sus necesidades. Como siempre, como ustedes me conocen soy el más servicial de todos. Hoy, como nunca, y quizás la última vez, la última oportunidad que tengan, vengo a ofrecerles esa pócima que todos soñaron y aquí la pueden hacer realidad. Con el mismo lema de siempre, “que la oferta crea su demanda”, hoy vengo a ofrecerles la eternidad.

Después, de contarnos en detalle para que servía la botellita, todos los hombres del pueblo compraron una y se la llevaron consigo.  Filiberto volvió a la semana. Ya era el de siempre. Joven. Impecable. Alegre. En cambio, el pueblo se había convertido en un caos. Todos habían rejuvenecido. Eran niños en cuerpos de viejos. Nadie quería trabajar. Las mujeres estaban desbordadas y sus esposos eran nuevos pequeños a los que tenían que criar y cuidar, y hasta cambiar pañales. Entonces, Filiberto les informó a todas las esposas que los excesos podían ser devastadores, que había que evitarlos y que el hombre siempre ha sido débil ante los excesos. La que se hizo cargo de la intendencia le propuso un trato. «Le ofrecemos lo que usted quiera a cambio de que todos los hombres regresen a su edad real». El hombre no dudó en aceptar. Y les pidió una mansión (la más grande del pueblo), un terreno con diez mil hectáreas donde sembrar y una renta mensual millonaria que le permitiera vivir en la abundancia. Sin dudarlo, todas estuvieron de acuerdo. Extrañaban a sus maridos. Salvo una. La única que su marido había elegido no rejuvenecer. El proceso de recuperación duró una semana. Pronto, el pueblo recobró el ritmo habitual, y la hipocresía de siempre. Con la única diferencia que todos eran más pobres. 

Al tiempo, Filiberto volvió a venir con un nuevo ofrecimiento. Les ofrecía a todos los hombres una pócima para que conviertan a sus esposas en la mujer soñada que habían deseado desde sus primeras poluciones nocturnas. Sin pensarlo, todos compraron el paquete. Y así, la fisonomía del pueblo cambió para siempre. De un día para otro, se veían morochas, rubias, latinas, orientales, negras, blancas, todas bellas, relucientes y esculturales. Cada esposo caminaba acompañado de su pareja, a quien lucía como si fuera una diosa a quien todos debían dar muestras de divinidad. Salvo el único hombre que se oponía a cualquier cambio físico y que miraba el espectáculo ajeno con la envidia o el orgullo de quien no hacía lo mismo.

Cada hombre cuidaba de su “nueva” esposa, y también, por qué no, de su nueva inversión.  Entonces, las malcriaban con chocolates, flores, maquillaje, ropa, joyas, como nunca antes lo habían hecho. Quizás nunca habían sentido esa necesidad de atenderlas así. Filiberto seguía incrementando sus ventas a través de todos los comercios  del pueblo que se había ido apoderando. Y así cada esposo gastaba fortunas cuidando sus “nuevas” inversiones. Cada día que pasaba la vida se ponía más dura para cada uno de ellos y se empezaron a endeudar, entregando en prenda a sus autos, terrenos y casas. En un par de semanas, Filiberto se quedó con todo el pueblo y con todas las tierras. Inversamente, cada trabajador se fundió al querer mantener a sus esposas. Y por eso, cada una de ellas optó por abandonarlos y buscar suerte en otro pueblo. Y por todos los caminos, se veían grandes procesiones de maridos abandonados, persiguiendo como perros falderos a sus ex esposas. Y quedamos en el pueblo solamente mi esposa y yo. El que se negó a comprar la pócima y la mujer que nunca reclamó nada.

Al mes también se fue Filiberto. No tenía a nadie con quién hacer negocio. Y un comerciante, sin compradores por más que se esmere y sea creativo con la oferta, no tendrá nunca demanda.

 


Copyright©Diego Salzman.  Marzo, 2016

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