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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VIII El personaje

Consigna P 3A partir de la ficha que redactó, escriba una historia breve que tenga al personaje como protagonista. Narrador en tercera persona, adulto, entre 50 y 60 años. (Máx. ½ página).

 


LA EXPOSICION DE THURAS 

 

A mi edad de sesenta años pensé que lo había visto todo. Cuando empezamos a peinar canas, muchos creemos que la sabemos lunga. Y sucede en muchos casos. Uno era el mío.

Por eso, cuando me enteré de la historia de Manuel Cassanello no dudé en creérmela y terminé de entender lo que había visto en esa exposición famosa del curador Benito Thuras.

Resulta ser que Manuel nació en un conventillo de Buenos Aires. Su familia venía de “la vieja Europa” con ese espíritu entusiasta que generan los cambios, propio de los que se instalan en otro país. Además, traían las respetuosas tradiciones de esos pueblos perdidos de la Italia apostólica. No me acuerdo si el poblado se llamaba Orvieto u Orvicchio. Pero no vale la pena perderse en esos pormenores.

En ese linaje uno de los hijos tenía que ser cura. Eso no se negociaba. Y como era costumbre en esas familias nacían muchos herederos al vedar los cuidados de la inmaculada ceremonia de la procreación. Pero esta casta tenía un grave problema. Sólo concebían mujeres. Sin embargo, la suerte les cambió con su último hijo. La llegada de Manuel alegró a sus padres. No obstante, a medida que el niño fue creciendo se fue caracterizando por ser un gran escapista de las ceremonias religiosas y, ni hablar de la sotana. Por el contrario, era un apasionado del arte.  A sus veintidós años ?en 1942?  todavía sólo era un auténtico entusiasta de la pintura. Quería ser famoso para no pasar desapercibido en cualquier reunión social y tener un abanico de mujeres a su alrededor para elegir con quién acostarse cada noche. Atrás, muy atrás, había quedado la ilusión de sus progenitores de que siga la carrera eclesiástica.

Además, Manuel era de esos hombres que lograban que cualquier mujer se obnubile ante su presencia; su cara era protegida por una melenita rubia larga como la que tienen los leones y que le llegaba hasta el cuello, su tez era blanca y suave como un conejo y su aspecto era desalineado, desafiando la pulcritud de los lugares donde frecuentaba.

Conocedor de que el fin justifica los medios, Manuel buscó y encontró trabajo en una imprenta en esa época en que la industria empezaba a tomar impulso. Así fue, que con lo que fue ganando podía vivir sin pasar sobresaltos y de paso le sobraban unos mangos para seguir evolucionando en su arte, pudiéndose comprar pinceles, colores, paletas, todo lo necesario para ir puliéndolo.

Luego de unos años y del tiempo necesario de maduración que requieren los artistas para que su técnica se perfeccione, Manuel sentía la seguridad necesaria para poder empezar a venderlas. Ahora venía lo más difícil: encontrar a los compradores. A pesar de ser un ignoto, sabía que en un futuro no muy lejano se venderían por precios millonarios. Los contemporáneos siempre tardan en reconocer a los “iluminados”.

Una amiga que había conocido en una de esas tantas noches porteñas y que habituaba esos círculos de clase alta donde hay que saber de pintura, literatura y negocios, le recomendó al curador Benito Thuras (el mejor de Buenos Aires).

Y fue. Y fue con toda esa capacidad que tienen los iluminados de saber que un futuro mejor les espera en la inmediatez. Y me lo imaginaba caminando firme, como si cada paso lo afirmara más en sus piernas y lo pusiera en un atril donde pudiera mirar desde arriba a todos alimentado su ego. Como esas personas que creen que la creatividad es un don exclusivo de ellos. Y así llegó al encuentro con el curador.

Thuras se impresionó de cada trabajo que veía y los miraba una y otra vez, como queriendo cerciorarse de que lo que tenía entre sus manos no era una ilusión, sino cuadros reales y listos para ser vendidos. Sin perder tiempo. Porque “negocios son negocios”. Y lo mejor es hacer un buen negocio con un desconocido pintor. Y lo peor es perder tiempo para hacer dinero. Y como todo curador que se adula por descubrir nuevos artistas, le ofreció exponer sus obras repletas de colores inexplorados e indescifrables para el vulgo en un acto que mostraba su cuidadosa y su sincera generosidad. Como recompensa compartirían los beneficios de las ventas. Fue un intercambio justo para los dos. Para uno fama y dinero, y para el otro más fama y más dinero. Como toda exposición contó con invitados de las embajadas, y también políticos, empresarios y damas y caballeros que ostentaban el cargo no oficial de pertenecer al círculo de la cultura. Se sirvió vino y jamón acorde al nivel de los invitados.

Así, los presentes se empezaron a distender y el buen humor marcó el ritmo de la jornada, rasgo necesario para el intercambio comercial; mientras tanto, Manuel no paraba de hablar y acomodar su traje que lucía el brillo indiscutible de las nuevas figuras. Caminaba por una nube y veía cómo las personas miraban sus obras anodadas del viraje que había tomado la pintura.

Después de la hora prevista para que los invitados tengan el tiempo necesario para recorrer la muestra y se vayan encariñando con cada una de las obras, apareció el martillero que daría inicio a la subasta. El momento sublime de todo pintor. Y más para un principiante y futuro emblema de la pintura argentina como lo iba a ser Manuel Cassanello. Pero él se mantenía en la tranquilidad de alguien habituado a convivir con la adrenalina, propio de alguien que había crecido en las penurias. Todos se acomodaron en sus lugares. Todo estaba preparado para empezar. El martillero dio inicio a la subasta. La primera obra correspondía a una torre que simulaba tocar el cielo. Se fue por cincuenta mil. La siguiente era una gran pared donde caminaban cientos de personas reflejando a la muchedumbre que trabaja. El intercambio verbal entre dos compradores interesados duró un poco más y salió por cien mil. Un buen número por ser la segunda.

Todos aplaudían. Todos menos Manuel que lucía la seriedad de quien sabe cuánto había trabajado en cada cuadro. Pero su seriedad no era de incomodidad ni enojo, sino de prestigio. De esos seres fríos que calculan que no emocionarse les da una mayor autoridad a sus obras.

Estaba por arrancar la venta del tercer cuadro cuando hizo su aparición un negrito de escasa estatura, insignificante, y que al presentarse dijo que era Embajador de Botswana y preguntó por la pintura. Se hizo un bullicio típico de los que critican o se burlan del recién aparecido. Como si el que había ingresado fuera un sapo de otro pozo. Manuel explicó que la obra en análisis recorría la brutalidad con la que se trataba a los esclavos en la Buenos Aires del siglo pasado. El embajador escuchó atentamente el discurso y todo el auditorio fue un silencio unánime ante la magnanimidad que el pintor exhibía al describir sus trabajos. Todos aplaudieron. De pie, como no podía ser de otra manera cuando se describe la belleza de una obra con la elegancia que él lo hacía. Manuel agradecía y con la mano derecha hacía el signo inequívoco para que sus nuevos aficionados paren de aplaudir. Salvo el embajador que no lo hacía y quería volver a hablar. El martillero pidió silencio; pero ya se lo notaba nervioso por la demora indebida cuando hay mucha plata de por medio. Y de repente, el africano dijo «¡Es un impostor!». Y repitió para asegurarse que lo escuchen todos. «Es un completo impostor». Nadie entendía la injuria, menos el altercado. Todos coincidían en la preciosidad de lo que veían. Hasta que el hombre empezó a describir que esa era una pintura rupestre africana. Que en cualquier enciclopedia del mundo se la podía visualizar. Que no había que ser un erudito para darse cuenta. Y entonces otro saltó y dijo: «Y aquella obra es típica de Australia. También se la puede ver en cualquier enciclopedia». Y otro gritó con la rabia de quien se siente traicionado «Esto es un engaño. Esa torre es real y existe en mi país». Y así todas las obras fueron cayendo como caen los soldados en una guerra. Sin que nadie pueda asistirlas. Sin que nadie pueda defenderlas. Sin que nadie pueda descifrar por qué siempre hay enemigos a un artista promisorio. El curador pidió prudencia. Y también tranquilidad. Y orden. Y serenidad. Luego, ante un auditorio de conocedores de la pintura, solicitó que era necesario darle una oportunidad a Cassanello y que las obras eran originales, exquisitas y, que en un futuro, valdrían fortunas. Que él lo había visto dibujar y que a diferencia de otros grandes pintores Manuel elegía pintar encerrado en su taller porque creía que la memoria es la verdadera esencia del pintor, y que hacerlo al aire libre era propio de mediocres al tener todos los paisajes a tu disposición. El hombre de Bostwana aceptó el desafío. Y todos siguieron el buen criterio del embajador consintiendo la propuesta del curador. Entre Manuel y el embajador, ya había un antagonismo que todos alentaban, aunque era tendencia que la gran mayoría se puso del lado del africano. Entonces, el diplomático pidió que Cassanello dibuje a un animal cualquiera o a una persona que esté presente, que no sea un paisaje porque todas las obras expuestas eran dibujos calcados de enciclopedias. El pintor se acercó lentamente, caminando con la distinción que lo había hecho en toda la velada, tomó la palabra y dijo ante la multitud: «Pueden creer lo que quieran. Son libres de hacerlo. Quieren ver personas, las tendrán. Todas las que quieran y las veces que sean necesarias. Traigan las obras que están en la otra sala. Pero no me voy a someter a una prueba si soy o no un buen pintor. La única verdad es que ustedes no entienden mi obra. No están a mi altura y, por eso, no entienden mi técnica, ni nunca la entenderán y así por más que dibuje lo que ustedes quieran jamás podrán ver lo que yo pinto». El silencio fue rotundo. Todos quedaron expectantes esperando las obras que no estaban expuestas, dándole la oportunidad que se merecía. El curador insistió en que no era necesario hacer la “prueba” y lo mejor era seguir con las ventas. Que era lo mejor para todos y que no había que perder tiempo. Pero los presentes rechazaron esa propuesta esperando los cuadros.

De repente, uno de los ayudantes del pintor ingresó con los cuadros ocultos. Entre ellos, había un desnudo de una niña de ocho o nueve años, una pareja de un viejo y una niña teniendo sexo, una persona recibiendo una tortura, niños comiendo de la basura, un niño debajo de la sotana de un cura, todos trabajos que reflejaban la creatividad del artista.

El silencio fue mayor. Nadie se animaba a aplaudir ni a reprobar lo que veía. Manuel sabía que todos estaban admirando la calidad de sus trabajos y volvió a esperar el veredicto popular, aunque ahora sí ya saboreaba su victoria. Manuel sabía que su pintura era una superación de todo lo que habían visto antes, una superación de la mediocridad de los pintores conocidos, una superación de la realidad. El desconocido pintor sabía que la Academia lo aceptaría, como ya el público lo había hecho al brindarle ese silencio, símbolo de que se arrodillaban ante un nuevo Maestro de la Pintura.Pero una vieja vomitó el copetín que había comido. Y otra vomitó ante la escena del vómito anterior. Y así fueron vomitando uno tras otro. Y empezaron a resbalar entre los vómitos y el vino derramado y a mancharse sus trajes y vestidos. Los gritos no se hicieron esperar. Tampoco los jamones en la cara del pintor. Nadie dudaba de tirar lo que tenía a mano. Le gritaron degenerado, pederasta, impostor, y Manuel empezó a entender que el veredicto le había negado su calidad artística y que no podía permanecer rodeado entre ignorantes conocedores de la buena pintura. Todos se dieron cuenta de que su nivel cultural era tan ilustre que jamás podrían haber comprado una obra de un embustero. Manuel no se derrumbó de su pedestal. Y se fue por la puerta grande. Como lo había soñado desde joven. Salió caminando como si nada le importara y se volvió a su casa. Se acostó. Sabía que en un futuro lejano sus pinturas serían reconocidas como había pasado a lo largo de la historia. Como le había pasado a los mejores. Siempre a todos los iluminados el reconocimiento les llega después de muerte. Por eso, no se preocupó y se durmió y roncó plácidamente.

Al tiempo me enteré que Manuel Cassanello se había ahorcado. Por suerte para él, había expuesto sus pinturas en el manicomio y todos sus compañeros lo habían aplaudido como a una estrella. Como lo que él siempre quiso ser. Como se lo merecía.

Su psiquiatra me aseguró que murió repleto de felicidad porque prefirió vivir rodeado de seres inteligentes que reconozcan la excelencia de su obra. Y en ese lugar se encontró con muchos otros exitosos escritores, escultores, abogados, todos sublimes e ignotos como él. Así, entre todos hacían grandes subastas y vendían y compraban sus obras por precios inauditos sin regatear y sin dudar, como un intercambio al que no era necesario agregarle el uso del dinero.

 

 

Copyright©Diego Salzman.  Marzo, 2016

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