Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 9 Escriba un enunciado en el que el narrador haga una mirada estereocópica. (Máx. 1 pág.)

 

 

PÓKER DE REINAS

 

Apenas apoyé mis manos en el paño pude comprobar que empezaron a transpirar. Habían pasado quince días desde la última vez que nos enfrentamos las mismas cuatro caras. 

Ellos seguían invitándome a jugar y yo los evadía inventando cualquier excusa, algún compromiso familiar o social que se me ocurría y que tenían la importancia de aquellos a los que uno no podía faltar.

Pero ahí me senté y volví a sentir esa adrenalina cuando Martín empezó a mezclar los mazos, mientras María servía los tragos de whisky y Wendy oficiaba de banquera canjeando el dinero por las fichas. Todo listo para empezar.

Ese día pensaba que me iba a divertir nuevamente con las trolas. Pero antes quería destruirlo a Horacio. No sé porque el negro tenía esa necesidad de pertenencia a nuestro grupo de amigos. Aunque se inventen leyes, ideologías o se escriba en algún manifiesto religioso, nunca seremos todos iguales. Las putitas me decían que no sea tan despectivo. Pero no era eso. Yo lo hacía por su bienestar. Me preocupaba que el negro malgaste su dinero en el juego. Ellos tienen otras necesidades que cubrir antes que el entretenimiento.

Cuando empecé a servir los tragos, intenté que ninguno de los tres me mirase y aproveché para hacerlos bien fuerte. Mi objetivo era que se cansen rápido de jugar al póker. Quería irme rápido a la cama con Martín y evitar la competencia de Wendy. Por suerte, todos empezaron a tomar antes de jugar. Un riesgo que evitaba porque aunque no exista la incompatibilidad entre la bebida y el juego, me abstenía de hacerlo al no tener mucho aguante. Es mentira creer que la mente juega de la misma manera cuando empieza a ser recorrida por la bebida. Le serví primero a Wendy porque cuando tiene plata en la mano es capaz de tomar sin parar ni a respirar. Antes de que termine de prepararles a los otros dos, me pidió que le sirva otro más. Era inevitable que se resista al buen trago y éste era un whisky escocés (de los mejores que se importaban). Ella es de las borrachas que nunca toleran la demora en el llenado de sus copas. Wendy me miraba con la insistencia de sus ojos y apoyó con fiereza el vaso en el paño haciendo ruido con los hielos para que le preste atención. Y yo que quería más que nada en el mundo que atenderla para emborracharla, aceptaba su maltrato con la mejor sonrisa falsa que podía regalarle. Y le servía un vaso tras otro.

¡Qué rico el whisky que trajo Martín! fue lo primero en que pensé mientras juntaba la plata y repartía las fichas. Sabía que me iba a pegar un tortazo esa noche con la bebida. Y María que se demoraba en servirme otro trago. Cuando mi lengua se empalaga, no hay forma de parar de beber hasta quedarme dormida. Era tan memorable juntarnos para jugar en el medio del country. Hasta invitábamos a un criado. El de los Thompson. Aclaremos que Horacio no era un criado normal. Se había ganado la lotería hace un par de años y se vino a vivir en un lotecito cerca del alambrado, al final del country, y hasta pagaba las expensas igual que todos nosotros. Por ese gran culo, abandonó a los Thompson. Creía que había llegado; que había ascendido socialmente. Pero un premio de azar no te da un nuevo posicionamiento. ¡Hay que hacer muchos méritos! Es una burla al recorrido de nuestra élite que se mata “para llegar”. Yo llegué de la peor forma, pero llegué. Una noche de fin de año conocí a un millonario, un pobre tipo que había heredado una fortuna de sus padres, y mis encantos lo hicieron amanecer entre mis tetas. Nunca más me lo pude saqué de encima hasta que lo envenené cuando ya me había asegurado hasta el último centavo de su herencia.

Cuando la borracha terminó de dar las fichas, sabía que Martín no demoraría en repartir las cartas. Miraba a las dos mujeres. Sabía que ellas dos serían presas fáciles para nosotros. Mi rival era él. No podía volver a perder. Y Martín sabía que entre los dos había mucho odio en juego, mucha venganza y, además, mucho respeto mezclados entre el humo de los cigarrillos que no parábamos de encender. Los dos sabíamos el poderío del otro y no íbamos a regalar ninguna partida porque cada triunfo te fortalece y cada derrota te debilita, en la misma proporción. En el póker no existe la suerte, son todos pequeños detalles los que te llevan a la victoria. Conocer al rival es el símbolo inequívoco del triunfo. Estudiar cómo agarra el vaso de wishky, cómo enciende sus cigarrillos, cómo mira las cartas y cómo las acomoda entre sus dedos, cómo se enciende o se apaga su voz en cada situación de triunfo o derrota, respectivamente; es decir, diferentes situaciones en las que hay que analizar cómo responde tu rival a cada una de ellas. El que sabe jugar conoce la fuerza que te da cada ficha que queda en tu pozo y que empieza a roer el cerebro del otro. Cuando ganás te vas convirtiendo en Maradona y cuando perdés sos el peor. Es así, que cuando empezás a perder vas entendiendo que cada vez tenés menos posibilidades de ejecutar las apuestas con la tranquilidad de cuando vas ganando y el otro lo aprovecha y juega con la desesperación del primero. En fin, los buenos jugadores saben cuándo “apurarte”.

Gané la primera mano. ¡Qué feliz me sentía! Ver a los dos hombres entregándome sus cinco mil pesos y a la borracha también, que a esa altura ni se había enterado que había perdido. Mi estrategia de emborracharla para eliminarla de la competencia por Martín estaba dando sus frutos y ya no podía sostener sus brazos en el paño. En cualquier momento, Wendy se iba a ir a acostar en el sillón verde hasta que salga la estrella naranja a empezar un nuevo día. 

Había vuelto a perder. Esta vez, a mano de Horacio. María perdió lo que había ganado anteriormente y la borracha entregó sus últimas fichas, quedándose solamente con el vaso entre sus manos y apretándolo como si estuviera bailando un lento. Wendy se levantó de la mesa, dándome un beso en la boca y se acostó en el sillón. Al instante cayó rendida. Quedábamos María, Horacio y yo en juego. Sé que María no iba a durar más que una o dos manos más, fiel a su estilo de cuidar cada centavo que tenía y tratando de salir siempre derecha en cada partida. 

Cuando empecé a mezclar la nueva mano vi que ambos se sonreían. Me había tocado un póker de reyes. Apostamos el monto inicial de diez mil pesos. Levanté la apuesta a cien mil y los dos aceptaron. Pero María empezó a buscar en su bolso con la tranquilidad de alguien que intenta sacar un atado de puchos. Y comprendí que no se trababa de un rubio. Tampoco de un habano. Se demoraba demasiado. Y con Martín nos mirábamos expectantes. Y ella seguía revolviendo su cartera con nuestra impaciencia en aumento, pero tampoco se apuraba disfrutando de nuestra lógica ansiedad. Al fin, encontró lo que buscaba y saco una libretita. Al abrirla, nos mostró un cheque que firmó y le puso un monto. Pensé que se había quedado sin fichas, pero a vuelo de pájaro vi que todavía tenía como cincuenta lucas. Entonces, cuando terminó de anotar el número, lo dijo en voz alta, en el tono de alguien que ejerce la amnistía de la soberbia del triunfo y la seguridad de un rango militar superior. Apostaba un palito verde. Los dos nos retiramos. Sabíamos que una mujer no podía apostar sin estar segura de ganar.

Las jugadas siguientes nos fuimos alternando el triunfo entre Horacio y yo. María miraba las cartas y se retiraba, perdiendo todas las apuestas iniciales sin importarle en lo absoluto el monto apostado. 

La jugada octava repartimos las cartas y me volvió a tocar un póker (esta vez de reinas). Cada uno hizo el aporte inicial de cincuenta mil lucas y María dobló la apuesta a cien mil. Martín quiso sacarla rápido del juego y elevó el monto a quinientos mil. María lo miró fijo sin pestañear. Me ponía nervioso cuando una persona congelaba sus ojos en el juego y, sin dudar, aceptó. Aceptó como nunca antes lo había hecho. Luego, los dos me miraron simultáneamente. Puse la plata correspondiente y me pidieron cambiar una carta cada uno. En cambio yo no modifiqué el juego que tenía armado y me mantuve con las mismas. Esperé el desenlace como un lobo que se encuentra agazapado a ver a quién de los dos corderitos se come primero. Y Martín apostó un millón. Y dudé. Pero no podía volver a cagarme. Un ganador no puede cagarse tantas veces. Es ley. Y aposté. Y María y su agenda otra vez. Increíblemente, la hembra reventó las apuestas con otro cheque de su libretita de morondanga. Apostó cinco palitos. Martín igualó y yo me retiré, perdiendo todo lo que había ganado parcialmente esa tarde. Había trabajado tanto y esta perra jugaba sin pensar. ¡Cinco palos apostó! Cinco. Cinco. Cinco. Hija de mil putas, como podía apostar cinco palos. Mantenida de mierda. Nunca más jugaría con mujeres. No saben lo que cuesta romperse el lomo.

Me levanté. Ellos se dieron un beso de emoción. Y me fui sin saludarlos.

 

Empecé a caminar observando las tenues luces de todo el country. Miré la casa donde antes vivía, y ya le habían colocado el cartel “en venta”. La había perdido tan sólo hace quince días. Con el nuevo préstamo del buitre ya no la iba a poder recuperar. Mire el lago que atravesaba todo el campo de golf, pensé en mis hijitos y me zambullí. Me sumergí y nadé, nadé y nadé por debajo del agua. Y pensé en el póker de reinas. Y pensé si ellos tenían póker o no. Y me sumergí más abajo hasta que la respiración cesó sin saber que tenían esos dos tortolitos. Pero jamás apostaría cinco palos. Es ley.

 

 

Copyright©Diego Salzman.  Febrero, 2016

Todos los derechos reservados