Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 6 Escriba un enunciado en el que el narrador sea testigo presencial. Incorpore los siguientes personajes: Paulina; hijo de Paulina (aproximadamente 35 años); Juan, el almacenero del barrio. (Máx. 1 pág.)

 

 

En esos tiempos, los habitantes de Matilde sólo tenían ojos para alucinaciones al empezar a sentir la falta de fuerza en sus cuerpos. Si a ello le agregamos que ese verano el sol estaba firme y obstinado, cayendo fulminante como un trueno en las calles de tierra y levantando un leve polvillo pegajoso que sólo se alivianaba dentro de los hogares, nadie dudaría que la naturaleza había coincidido en estallar un arsenal de plagas sobre estas tierras generando todo tipo de pérdidas y escasez de alimentos.

Uno de los episodios que merece la pena contarse de esa época y que era “moneda corriente” es el que ocurrió con Juan, el almacenero.

Por cierto, Juan caminaba por una de las veredas de la calle principal. Iba, entre apurado y tembloroso, tratando de ocultar hacia la pared su cara llena de arrugas de un fastidio inequívoco que lo describía de cuerpo entero. De vivir en la abundancia a vivir en la escasez hay un ejército de malos negocios en el medio, pero éste no era el caso.

Es más, Juan había recibido en herencia la antigua pulpería de su padre y como toda segunda generación le quiso dar su impronta para hacer crecer el negocio, convirtiéndola en el almacén de ramos generales donde todos acudían cuando le faltaba carne, verdura o cualquier alimento no perecedero. Pronto fue el empresario modelo y, como en todo pueblo el infierno hace pie, también empezaron a lloverle las críticas propias de una envidia no pasajera bautizándolo como el mayor explotador de obreros.

Por ello, era imposible que en la calle no lo reconocieran para insultarlo, aún cuando caminara sin el atuendo propio de su prestigio. En ese sentido, parecía raro verlo salir de su fortaleza y sin sus guardaespaldas. Pero ahí iba Juan cuando la vieja Paulina lo vio, a pesar del sombrero y ropa oscura que lucía el almacenero para pasar de incógnito entre la muchedumbre. Ella iba acompañada por su hijo, quien la sostenía para caminar. Se cruzaron de vereda para enfrentarlo. Juan trató de acelerar el paso. Pero el morrudo hijo lo agarró violentamente por la espalda y lo puso de frente, evitando la fuga de aquel.

¿Ya consiguió leche? le preguntó con la amabilidad de alguien que quiere preservar los buenos modales, pero no por mucho tiempo. 

No, Paulina. Usted sabe que la mano está jodida. No hacen envíos, vio. A ese precio los tamberos prefieren tirar la leche. Están esperando para vender. Especulan, vio.

Bueno, siendo así no me va a quedar otra que robármela. La necesito para mis huesos.

No se ponga así, Paulina. Usted sabe que todo se puede arreglar, vio. Podríamos hacer un buen negocio. Le ofrezco diez litros a cambio de su anillo de oro.

El hijo lo miraba con los ojos espléndidos de rabia, mientras Juan le sonreía tímidamente sin perder su estirpe de gran comerciante. A pesar del elevado precio, en época de penuria cualquier costo es inferior a la necesidad y se encaminaron al negocio para realizar el intercambio “generoso” del almacenero. Los seguí, ocultándome en el terreno de sus ambiciones.

Luego, al llegar al depósito, Paulina necesitó de la ayuda de su hijo para evitar caerse de indignación al ver una cantidad exuberante de leche en cajas. Más de lo que podría imaginarse si uno piensa en una crisis y sus consecuencias. Había pallets y más pallets repletos.

Vio, Paulina. Siempre se puede llegar a buen puerto en cualquier negocio. Sólo es cuestión de entender el viejo mecanismo de la oferta y la demanda, tan ajeno a muchos políticos populares.

Usted tiene razón. Le digo más: mis huesos están agradecidos.

Aquí tiene su leche. Elija. Están ordenadas por fecha de vencimiento.

Gracias. ¡Qué amabilidad de su parte! Usted es un caballero, Juan, de esos que no abundan ya. Así, una se va a gusto con la compra  ?la mujer le dio la mano y, en el mismo momento, le hizo una seña a su hijo al sacarse el anillo.

El hombre se acercó a Juan y al ponérselo le dijo: 

Aquí tienes buen hombre. Como dice el dicho, “le queda como anillo al dedo” y a continuación le dijo . Se conservan bien aquí sus leches. Evidentemente, prefiere la sombra en lugar del sol.

Sí, prefiero la frescura de la sombra, hijo. La verdad que el sol está muy fuerte. Todo se echa a perder. ¿No lo crees así? el almacenero reía ante su ocurrencia como buen comerciante que ejerce su ironía en medio de la violencia de la crisis.  


Al otro día, Paulina y su hijo dedicaron sus mejores lágrimas al entierro del almacenero y como buenos negociantes cumplieron con su último deseo: la preferencia de la humedad de la tierra en vez del polvo volando por los aires y bajo el “generoso” sol matildense. Eso sí, negocios son negocios y Juan pudo descansar con el “anillo entre sus dedos”.

 

 

Copyright©Diego Salzman.  Febrero, 2016

Todos los derechos reservados