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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 7 Escriba un enunciado en el que el narrador omnisciente narre desde lo psicológico. (Máx. 1 pág.)

 

 

Un edificio en Buenos Aires es una síntesis perfecta de la sociedad donde se unen todas las clases sociales. Por eso, siempre preferí la mixtura de esos lugares a los barrios donde cada uno vive en una casa diferente sin interactuar con los vecinos.

A cada uno de mis consorcistas los sentía como a un hijo, como a un hermano o como a un padre. Los había visto crecer a cada uno ya que yo había estado desde que se fue poblando la construcción. Desde que llegaron los primeros, una parejita de recién casados que parecía venían cubriéndose sus partes íntimas hasta que llegaron los últimos y que ocuparon el último piso; paradoja del destino fueron los primeros en abandonarnos: un matrimonio de jubilados que murieron con un día de diferencia.

Y así habrán pasado cientos de habitantes por la Torre 1 del Mirador del Lago. Y los conocía a todos, por lo menos le conocía una parte de sus vidas. Salvo a dos. 

Uno de ellos era Marcelo, un hombre de unos cuarenta años que era el más nuevo de todos y que había alquilado el departamento del quinto. Tenía una particularidad que lo distinguía de los otros: vivía dos días en su casa sin salir de ella y se ausentaba por otros dos, así siempre. Me preguntaba en qué lo favorecía ser tan desordenado para andar por la vida así.  Y el otro era Rodrigo, un joven de diecinueve años que había heredado de su tía el octavo piso pero como todo estudiante de medicina era un vampiro que vivía de noche y dormía de día.

Lo primero que recuerdo de aquel día es que a eso de las ocho de la noche llegó Romina, la hija de los abogados del segundo, quien venía con sus apuntes de la facu. Recorría apurada, nerviosa, sin parar de leer y mensajear en su whastapp y con la seducción colegial y angelical que la caracterizaba cada escalón desde la planta baja hasta su departamento. Así subió la irrespetuosa sin tener tiempo ni para saludarme; aclaro que nunca me gustó que una chiquilla me ignore, y menos una hueca. 

En el mismo momento que ella ingresaba, desde mi ventana pude ver un movimiento raro. Alguien entró a su casa, como si la hubiese estado esperando en la escalera entre el segundo y tercer piso. No pude detectar si era una mujer o un hombre porque la oscuridad de la noche había penetrado en el edificio, y era difícil distinguir en esa época en donde el ahorro de energía se había convertido en una cuestión de estado. 

Al rato, pude escuchar gritos que venían desde el mismo departamento. No podía escuchar nada de la conversación que tenían pero sí escuché que una voz femenina, inconfundiblemente la de ella, decía: «Déjame, hijo de puta. Déjame, hijo de puta». Romina en la primera oración hablaba en forma desesperada. Ya en la segunda utilizaba el tono de la rabia y el de la resignación. Ahí me preocupé. Fue el primer momento en que me preocupé. Pero como mi función era la de resguardar la intimidad de cada vecino y estaba habituado a las peleas conyugales, no le di importancia y seguí con mi rutina nocturna.Media hora más tarde, al sacar la basura vi a Marcelo ensangrentado que salía del departamento de Romina y venía hacia mi encuentro. Sudaba y temblaba, como si hubiese visto al diablo. Sus piernas no paraban de moverse y su voz carraspeaba hablándome como un tartamudo. Lo único que pudo decirme y que alcancé a entenderle en esa ensalada de palabras sin una correcta concatenación, era que escuchó gritos y que fue a su auxilio. Que los ladrones lo atacaron con cuchillos, y cuando se fueron, la encontró en el baño. Pero ya estaba fría, sin vida. Su cara miró al piso cuando me pronunció la muerte de la joven, como si lo hubiesen matado a él. Hasta me dieron ganas de abrazarlo y decirle que él había hecho todo lo posible, lo que estaba a su alcance y que no se hiciera problema. Que Dios encontraría al culpable. Que no había sido su culpa. Al final, lo terminé abrazando y me manché de sangre también. Traté de contenerlo, le acariciaba su cabello mientras se apoyó en mi pecho, pero su llanto no paraba. Acto seguido llamé al 911.

A las tres horas, y con la rapidez que nos tiene acostumbrados, llegó la policía. El más gordo traía una cara de fastidio (por la hora seguramente) y el otro, para no ser menos, lo disimulaba e intentó ser más amable conmigo al salir de su expresión habitual de cana. Les expliqué lo que sabía y los acompañé hasta la puerta. No quise entrar y me fui a resguardarme en la tranquilidad de mi departamento. Lo único que les pareció raro fue el porqué de mi remera ensangrentada. Los policías confirmaron que el departamento estaba revuelto. Sus experiencias e instintos les indicaron que los rateros tenían data ?posiblemente de la mucama como me contaron? que los abogados estaban de viaje y que seguramente se habían robado plata o joyas porque todo lo demás quedó ahí. Y lo otro que me dijeron es que escaparon por la ventana porque estaban los vidrios rotos.

 


Al tiempo, el caso tomó notoriedad pública y hasta tuvimos que declarar todos los consorcistas. Había todo tipo de hipótesis pero el programa en la televisión de Paulo Bazán me acusaba a mí. Así, la galaxia entera se declaró en mi contra. Rodrigo atestiguó que no bajó a ayudar porque pensó que era un robo y le dio miedo. Y sí, era muy pibe y de contextura pequeña.Me encarcelaron sin ningún motivo. Estuve mucho tiempo sin ver la luz.

Tantos interrogatorios, imágenes en televisión, notas en los diarios y en las radios, alguna que otra tortura, más los comentarios llenos de malicia y burla de mis compañeros presos me provocaron ira y quise terminar todo. Y lo terminé de la mejor manera. Llamé a mi abogado y al juez del caso y les declaré lo que sabía: «La maté. Era tan linda y la quería violar. Me gustaba. ¿O ustedes nunca tuvieron un desliz con la carne fresca? Fue más fuerte que yo. No pude controlarme» Por suerte,  terminé con ese martirio y, al fin, descansar en la paz de mi celda llena de oscuridad y de tranquilidad.

 


Unos meses después, el fiscal del caso me llamó nuevamente. Aunque me negaba a recibirlo, me intrigó un poco porque ya había dicho toda mi verdad. No quería hablar más del caso. Al final, lo esperé en mi celda.

Llegó a mi espacio y me miraba extasiado, casi con misericordia. Me dijo que había descubierto el enigma del caso Romina y que necesitaba mi relato verídico. Le repetí lo mismo que ya había dicho pero, a contramano de todos los investigadores, me pidió que escribiera el nombre del asesino. Y esa estupidez me sorprendió. Y sólo por el desconcierto que me provocó su rareza, lo hice. A los pocos segundos de escribir la última letra sus muecas de felicidad eran tal que ni el carcelero ni yo entendimos su alegría. Al instante, me contó que las imágenes de la cámara del edificio comprobaron que nadie pudo entrar en las horas del homicidio. O sea, que estaba claro que el asesino vivía ahí. Pero que las veinte puñaladas fueron hechas por un zurdo. Por eso, cuando escribí mi nombre con mi mano derecha fue la confirmación final de que yo no era el homicida. Que lo arruiné todo con mi declaración testimonial. En ese momento, la opinión pública se tranquilizó y entonces era muy difícil cambiar el veredicto popular. Cuando salí de la cárcel, en el barrio y, especialmente, en el edificio todos me miraban con la bronca e indignación que se mira a alguien a quien se detesta. Seguían creyendo que yo era el culpable. Nadie podía creer que ese hombre tan apuesto, correcto y hasta cristiano, podría haber cometido semejante atrocidad de haberla apuñalado tantas veces, de haberla violado después de muerta y de haberla cortado en pedacitos para dejarla amontonada como basura en la palita de la limpieza. En cambio, mi cara perversa y mi soltería eran un combo acorde a lo que los medios y la gente quería.

A mí también debo reconocer que me parecía extraño. Por eso, nuevamente pedí una audiencia con el juez y declaré que no podía vivir con la carga de la culpa en mis hombros y que la única verdad era que yo había sido el autor material del homicidio. 

Al tiempo, Marcelo me visitó a la cárcel y agradeció mi gesto solidario. Para compensarlo, todas las semanas me traía una caja de vinos y una de bombones. Mis dos perdiciones. ¡Qué lindo ser retribuido y que se acuerden de uno! Le decía que no se moleste. Que mi único objetivo siempre fue no alterar la paz del edificio y velar por la tranquilidad y el bienestar de sus integrantes. 

Y así se cerró el caso Romina. Ella muerta, yo convertido en un asesino, los otros consorcistas sanos y salvos y la opinión pública lista para matar a otro inocente.

 

 


Copyright©Diego Salzman.  Febrero, 2016

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