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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 5 Escriba un enunciado en el que el narrador utilice la segunda persona e incorpore los siguientes personajes y acontecimientos: un obituario, una hija que se ha fugado de  casa, vive en una pensión y le escribe a sus padres reprochándoles los injustos castigos de que ha sido víctima cuando adolescente. (Máx. 1 pág.)Recuerde que generalmente el género epistolar o el diario es el más apropiado.

 

 

 

Santa Clara del Mar, 14 de Febrero de 1982.

 

Queridos padres:

Para empezar, quiero aclararles que no les guardo ningún rencor. Cuando de adolescente me fui de su casa, decidí hacerlo ya que no me sentía amada por ustedes y no recibía la comprensión que necesitaba en ese entonces.

Ahora, el tiempo, la distancia y la compañía del Cura Lautaro me han dado esa fuerza que no tuve cuando arriesgué mi vida y me escapé. No digo “de mi casa” porque nunca la sentí así. Mucho menos, cuando empezaron los tiempos de las prohibiciones y castigos. Sin embargo, ahora veo todo diferente, puedo pensar y analizar mi pasado, sin recurrir al miedo y a la miseria que todo lo perturba. Y puedo decirles mi verdad.

Aquellos días sentí la soledad del furibundo; todo eran azotes y más azotes de papá. Nunca una caricia reparadora, ni un abrazo ni un beso. Ni uno solo. Y encima, vivía ese periplo encerrada en mi dormitorio por haber cruzado el límite de lo permitido para ustedes. Me acuerdo que estuve “presa” todo ese verano y, entre flagelos en mi cuerpo, visitas y medicamentos del psiquiatra más las homilías personales del cura Antonio hicieron de mí una piltrafa humana. Me sentía la peor de todas; peor que una bruja perseguida por la Inquisición. Aún así, me costó mucho tomar la decisión de fugarme ya que, a pesar de todo, eran mis padres.

Sé que todos los males para ustedes empezaron el día que me encontraron con Martina haciendo el amor. Al contrario de lo que ustedes decían que estábamos locas y enfermas, nosotros nos amábamos y era un amor valiente para esos tiempos. Sí les reconozco que después conocí el verdadero amor, pero siendo adolescentes era lo que sentíamos.

Claro que era un amor más puro, más cristalino, más limpio, pero al fin amor. Y no hacíamos nada malo. Nada que estuviese alejado de la pureza de un amor prohibido, como cualquier Romeo y Julieta. Pero a ustedes les importaba más el “qué dirán” que mi felicidad. 

Siempre pensé que querían moldearme a su gusto no dejándome desarrollar mi libertad, y las prohibiciones terminan mal. Siempre terminan mal. Cuanto más nos prohíben algo, más insistimos, más queremos vulnerar esas barreras impuestas por proteger la “normalidad” y terminamos haciendo lo opuesto de esa supuesta “normalidad”. 

Por ello, a mí me aburrían sus círculos íntimos de amistades y de supuestos “caballeros” que eran “mi futuro” ¿Quién podría sorprenderme si viene impuesto por alguien? Nunca se dieron cuenta de que no me interesaban los hijos de sus conocidos millonarios, perfectos cabezas huecas donde la vulgaridad era el envoltorio y el relleno. No voy a ahondar en supuestos ejemplos. Ustedes como parte de esos vínculos conocen, y de memoria.

Al principio, pensé que era la equivocada. Uno primero cree que es el equivocado cuando vulnera lo permitido. No obstante, a medida que la calle me hizo suya viví en los lugares en donde menos se imaginan y terminé de crecer y formarme. Estuve en una villa miseria, en un prostíbulo, en la abundancia de una millonaria en el Delta del Tigre siendo su ama de llaves, hasta que caí en lo del Padre Lautaro en la Parroquia de este pueblo.  Con él termino mi aprendizaje. 

Al fin y para terminar, pude comprender que el amor no es heterosexual ni homosexual. Es el encuentro de dos personas sin denominaciones, sin calificaciones, sin rótulos. Sólo amor. Amor y más amor. Tan simple a lo largo de la historia y tan fuerte que trasciende la vida de cada uno. En ese sentido, el Padre me dijo una frase que la llevo siempre conmigo: «La eternidad no es vivir después de la muerte, es decir, llegar al Cielo. La eternidad es quebrar las fronteras de tu cuerpo y que ocupes el corazón de otro. Por eso, es el amor el que te da la eternidad». Eso es el amor, algo que quizás ustedes nunca entenderán. Algo que trasciende cualquier “normalidad” o “anormalidad” y círculos de conveniencia. 

Ahora ya saben dónde encontrarme. Sé que me vendrán a buscar y, por ello, estoy preparada: no me separo de mi pastillita por si “derriban” mi puerta.

A pesar de todo, los entiendo y me gustaría poder abrazarlos de nuevo. Sabrán elegir: entre su hija viva o muerta.

 

Con afecto,

María de los Milagros Tardivo

 

 

Copyright©Diego Salzman.  Febrero, 2016

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