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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 3 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista del narrador en tercera persona, visión detrás u omnisciente. (Máximo 1 pág.)

 

 

EL REGRESO DE NINA


Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecíamos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: "Las nuestras ya se reunieron". "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Al tiempo, nos hicimos adultos, muy diferentes y nuestros intereses también. Ella prefería el cambio; por eso, eligió estudiar bellas artes y siguió su camino alejándose de mí. Y yo, el orden; no modificar nada de lo que me rodeaba y mi destino estuvo ligado al tambo de mi padre. 

Y así, Paulina se fue del pueblo buscando esos planes que siempre me había contado: de trascender, de no pasar como una más por la vida.

Con el correr de los años, le había perdido el rastro, o me sugerí perdérselo, porque las vacas necesitan tiempo y dedicación. 

Al tiempo, la olvidé. Igual, averiguaba cómo le iba, a través de un amigo en común, de algún pariente o de alguien que la conociera, hasta que se hizo famosa y la empezamos a leer en las revistas de la farándula, a escucharla en la radio o a verla en la   televisión. En su fugaz carrera, había sido premiada innumerables veces como la mejor actriz de teatro de la Argentina. Sin embargo, en una entrevista dijo que quería presentar su obra en el pueblito que la había visto crecer, ese era su sueño. 

Y un día llegó a cumplirlo. Lo hacía para poder mirarnos por encima a todos. Ella sabía que no era necesario. Pero en realidad todos pensábamos que no iba a triunfar, y que “volver” fue una venganza metódicamente organizada, como una estratega que preparó la batalla final de una guerra. 

Entonces, el pueblo se revolucionó. Nos juntamos para recibirla. Es más, me acuerdo cada detalle como si lo estuviera viviendo ahora. Los parlantes indicaban los kilómetros que faltaban para su llegada. Por cierto, ella no quiso venir con el resto de los actores, sino hacerlo en un Ford A descapotable, de esos que usan los presidentes cuando llegan a una localidad y saludan eufóricos a ambas veredas alternativamente, como si trajeran la modernidad y el trabajo. Así, Paulina se sentía como el gigante de Gulliver que camina entre enanos.

Después, cuando ella se instaló en el hotel “El amanecer”, volvió la paz nuevamente a nuestras calles de tierra, no sin antes firmar cientos de autógrafos y sacarse fotos con cada pordiosero cholulo, hombre o mujer, que le rendía pleitesía como si tratase de una “enviada divina”.

La obra que representaban era “La Gaviota” de Chéjov, que trataba sobre el fracaso espiritual de diferentes personajes de la Rusia feudal y la falta de motivaciones que tenían para  modificar la sociedad feudal en la que vivían, tiempo antes de la Revolución Rusa.

Todos habíamos leído la trama de la obra en el folleto que te dan a la entrada del teatro. Paulina actuaba de Nina; la ingenua actriz que quería ser famosa y que, además, era hija de un terrateniente. De modo que todos estábamos expectantes.

En el primer acto, entró Nina, que era la actriz del espectáculo de Trevlep (hacía de director de una obra e hijo de una actriz famosa en “La Gaviota”), y todos quedamos obnubilados ante su belleza y glamour. Ella no pisaba el parquet, lo acariciaba como una bailarina de danzas con sus zapatos de tacón altos. Pensábamos que se iba a caer en cualquier momento, hasta que acostumbramos la vista a su andar. El caso es que desde el palco donde estaba tenía un panorama de todos los habitantes del pueblo, porque ese día el pueblo entero fue al teatro, y todos estaban igual de maravillados. Porque no era lo mismo verla en televisión que ahí, a tan sólo escasos metros. Al contrario, era una escultura, pero tallada por un conjunto de artistas, donde cada uno ponía la mano más hábil, el perfume más sublime, las pieles más espectaculares, la peluca excelsa, la vestimenta más atractiva y sugerente, para hacer “la mujer perfecta”, a la que no le falte seducción, sensualidad, dulzura y destreza salvaje.  Si en realidad había existido Venus, Nina no tenía nada que envidiarle.Incluso, hasta Trevlep se impresionó. Como si nunca la hubiera visto en las tablas. Nadie aplaudió y nadie se levantó con su entrada triunfal. A lo sumo, se escuchó ese “oh” pronunciado, casi misterioso y casi silencioso a la vez, que las facciones de Nina percibieron como algo totalmente natural producir ese hechizo, ese eclipse en cada uno de los presentes. Luego, caminó cinco pasos hasta ponerse enfrente de Trevlep, pero no parecieron cinco segundos, porque sino no podría haber mirado a toda la sala para verificar lo que pasaba. Y todo el recinto reaccionó igual con su ingreso, desde el más viejo al más pequeño, que dejó de joder con ese sonido molesto que tienen los envoltorios de  caramelos, y que, antes, ni la autoritaria madre pudo hacer que pare.

Hasta que de repente Nina debía hablar, por eso, Trevlep le hacía señas disimuladamente.  Y Nina no hablaba. Al principio, pensábamos que era parte de la obra. Que había que marcar en forma pronunciada ese silencio. Pero después una que estaba al lado mío, una que quería aparentar elegancia utilizando un sombrero de copa elevada y de color negro (en la noche, usar sombrero es de ridícula, siempre lo pensé) decía: «Tiene que hablar». Y su voz empezó a repiquetear en mi cabeza. Y todos se empezaron a dar cuenta de que tenía que hablar. Entonces, esos segundos se habían convertido en un martirio para Trevlep, quien la empezó a apurar y a quien se le empezaron a notar sus extremidades nerviosas. Muy nerviosas, como una marioneta.

Seguidamente, Nina empezó a gesticular, señalando su boca. Luego, un gordo que estaba en la fila de atrás, en donde siempre se es más valiente, empezó a reírse. Todos se dieron vuelta enojados por la intolerancia. Pero cuando volvieron a mirar el escenario, ya no era el gordo el que solo se reía, había diez que ya se reían. Inmediatamente, cincuenta. De pronto, la obra de Chéjov era un papelón. La actriz que no hablaba y Trevlep que se enojaba. Y los otros actores tratando de no mostrar, lo que no se podía ocultar. Al final, todo el teatro terminó riéndose como si se tratase de una comedia.

Hasta que Nina salió corriendo. Al instante, y como un acto reflejo, apareció el director diciéndonos con amabilidad que la obra se suspendía por quince minutos. Que no fueron quince, sino una hora. Más tarde, apareció el mismo director compungido diciendo que se postergaba hasta el otro día por cuestiones técnicas.  

Al día siguiente, nos enteramos que Paulina había cancelado su actuación. 

Finalmente, la estrella que tanto había querido mostrarse en sus pagos trascendió. Pero por haber realizado el episodio más vergonzoso de la historia de nuestro sereno pueblo y que un actor puede tener: hacer un silencio sepulcral en plena obra. Lo trágico del caso es que ella no volvió a hablar más. Se quedó muda para siempre. Dicen las malas lenguas que ese fue el verdadero motivo de su suicidio posterior.

 

 

 

Copyright©Diego Salzman.  Febrero, 2016

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