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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL)  Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

 Consigna sugerencia: Primero leer detenidamente el punto “Estrategias discursivas: decisiones del escritor”. Con estos conceptos, escribir la consigna ocho, suprimiendo el texto “En la década…”, buscar otra parafilia y relatar una historia. (Extensión: entre 1 ½ y 2 carillas).


Se sentía perdido, confundido. No sabía en qué punto su obsesión había traspasado todos los límites. Nunca había llegado tan lejos. Hasta ahora su deseo había sido satisfecho tan sólo con un acto simple y natural, cotidiano en la vida de cada persona: dormir. Pero llegó al punto en que este hecho natural ya no era suficiente para él. El verdadero placer lo obtenía al ser él quien provocara ese sueño apacible y sereno. De cualquier forma posible. Necesitaba controlar hasta ese acto tan simple y fisiológico para alcanzar su “nirvana”.
Su obsesión había empezado muchos años atrás. De la manera más simple y tonta. Una noche, de madrugada, volvía de trabajar en el tren de las tres. De pronto se dio cuenta de que sólo quedaban él y otro hombre en el vagón desierto. Al ver al hombre dormido, con la boca entreabierta, emitiendo sonidos tan fuertes que parecían emular al ruido hecho por una vieja locomotora, algo cambió en él. Sintió un estremecimiento inusual, raro pero placentero. Y de pronto sobrevino el deseo de masturbarse. No pudo contenerse y, a pesar de que eran sólo dos hombres en un vagón vacío, sintió algo de pudor y corrió al baño. Cuando pudo recomponerse, volvió al vagón para encontrar al hombre ya despierto , a punto de bajarse en la próxima estación. Se sintió aturdido. ¿Qué le estaba pasando si a él le gustaban las mujeres? Mucho. Demasiado…
Y la secuencia se repetía de lunes a viernes. Evidentemente ese hombre también trabajaba hasta tarde y muchas veces compartían el vagón. Y muchas veces sentía el mismo estremecimiento al verlo dormido, con la boca entreabierta. Y la secuencia se repetía. Corría al baño y daba rienda suelta a sus sensaciones…
Se sentía perdido, confundido. No sabía en qué punto su obsesión había traspasado todos los límites. Nunca había llegado tan lejos. Tal vez, si hubiese pedido ayuda a tiempo, ahora no estaría esposado, esperando a que el fiscal le tomara declaración.
Pasó que se asustó de sí mismo y decidió cambiar de medio de transporte. En colectivo tardaría más en llegar, pero al menos dejaría de ver a ese hombre que lo excitaba tanto. Pero esa noche pudo darse cuenta de que lo que lo excitaba no era el hombre, sino el hecho de que durmiera. Esa noche, se topó con otra persona que, como él, volvía a casa tarde, cansada y a quien el sueño había vencido en un incómodo asiento de colectivo. Y otra vez surgió ese deseo incontrolable. Pero en el colectivo no había baño al que correr. Cuando no pudo aguantar más, liberó sus instintos frente a la mujer que yacía dormida, tal vez soñando con algo más placentero que lo que vería si abriera los ojos en ese momento.
Y así empezó a aceptar su extraño deseo. En la semana, alternaba los medios de transporte público y se sentía pleno. Los fines de semana, recorría estaciones, plazas, parques. Siempre encontraba a alguien durmiendo y así podía dar rienda suelta a sus instintos.
Pero como todo, esta nueva y excitante conducta comenzó a volverse rutinaria. Sentía que no era lo mismo ver gente durmiendo, necesitaba ser él quien provocara ese sueño. Y tuvo la idea de “inducirlo” con algún fármaco. Así lo hizo, drogando indigentes y prostitutas. Y lo hacía de noche, porque se sentía seguro, o tal vez porque ese extraño deseo había surgido una noche, cuando volvía de trabajar, en el tren…
Y llegó el día en que drogar a sus “víctimas” ya no era suficiente. Necesitaba que fueran testigos involuntarios de su lujuria. ¿Pero cómo hacerlo? Se enteró de una droga que hace que la persona no pueda reaccionar pero sí sentir todo lo que pasa a su alrededor. En la calle le decían “Burundanga”, los médicos la llamaban “escopolamina”. Se esforzó por conseguirla y cuando lo hizo, creyó tocar el cielo con las manos. Ahora sí iba a alcanzar su clímax...
Armado con su "polvo mágico" decidió ir a una bailanta. Sentía que para su experimento necesitaba una mujer, cuánto más ingenua, mejor. Allí conoció a una empleada doméstica, recién llegada del interior. Ingenua, portadora de esa confianza que da vivir en un pueblito de pocos habitantes, donde todos se conocen y hasta, si se indaga un poco, son casi parientes.
La sedujo, la deslumbró con su aire de tipo de mundo. La invitó a tomar una gaseosa y en un descuido de ella, hizo su jugada. La droga no tardó en hacer efecto. Se ofreció a acompañarla a la pensión. Pero en vez de hacerlo, la llevó a una plaza. La recostó detrás de unos arbustos y cuando iba a cumplir con su ritual, algo cambió… Decidió que esa chica no sólo debía ser espectadora sino también participar. Y la violó.
Estaba tan confiado que no recordó que al conocerla le había dado su nombre y su teléfono. Y fue esa confianza la que lo traicionó…
Se sentía perdido, confundido. No sabía en qué punto su obsesión había traspasado todos los límites. Nunca había llegado tan lejos. Tal vez, si hubiese pedido ayuda a tiempo, ahora no estaría de pie, frente al juez escuchando que se lo acusara de hipnofilia, y siendo enviado a pasar una larga estadía en un neuropsiquiátrico...


Copyright©Mar de alas. Enero, 2015
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