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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 2 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista de un narrador en tercera persona, visión con o cuasi omnisciente. (Máximo 1 pág.)

 

 

Fragmento


Tengo el defecto de distraerme cuando las conversaciones se prolongan alrededor de un tema que me parece agotado.A Diana le gustaba hablar de sí misma, pero disimulaba esta disculpable tendencia disfrazando sus experiencias personales en teorías colectivas e irrefutables.

Historia de un amor, en Crónicas del amor, de Silvina Bullrich

 


Tengo el defecto de distraerme cuando las conversaciones se prolongan alrededor de un tema que me parece agotado.

A Diana le gustaba hablar de sí misma, pero disimulaba esta disculpable tendencia disfrazando sus experiencias personales en teorías colectivas e irrefutables.

Eso tenía de malo Diana. Lo cual, en algún punto, podría ser acertado si se buscan hipótesis que pudieran corroborarse posteriormente. No era que me aburría con ella, sino que ella siempre buscaba el artilugio correspondiente para tener razón. Y tener siempre la razón puede ser entretenido para el que la tiene, pero también puede ser muy tedioso para quien participa como acompañante.

En una de nuestras tantas citas, nos encontrábamos caminando en la Rue de Rivoli (nombre que se le diera a esa calle por una victoria de Napoleón Bonaparte en Austria) hacia la Place de la Concorde —antes llamada la Plaza de la Revolución—. Nuestra discordia de ese día era si había estado bien o mal que se ejecutaran tantos tipos después de la Revolución Francesa. Allí, se había instaurado la guillotina y se estimaba que se habían ejecutado más de mil personas. Ella decía que «el fin no debía justificar los medios», y yo la contradecía. Así, todos los días una nueva. Me había habituado a vivir con  nuestras discrepancias diarias.

También, ese día, quiso contarme de su primera novela, y que deseaba que la ayudara, como su corrector y orientador. En pleno retiro de la literatura, y en pleno éxtasis de mi inmediato divorcio, me entregué a sus piernas y a la seducción de sus obscenidades, a las que me había desacostumbrado después de treinta años de matrimonio; para ella fue como darle un caramelo a un niño, con el bagaje de libertinaje que tenía a sus 37 años.

Entonces, me sentía un enfermo, que salía de un estado vegetativo después de haber pasado años en el claustro de la rutina del matrimonio, y en lo que menos quería pensar era en la escritura de su novela. Mis últimas obras gozaban de esa facilidad marketinera de venta que traen los títulos de escritores consagrados y también gozaban de la falta de brillo para equilibrar mi ego literario. Por eso, en mi interior, sabía que me había convertido en un engranaje más del mercado literario. Sabía que había abandonado todas las luchas de mi rebeldía, y sabía que sólo quería vivir rodeado del éxtasis entre el oro, los premios y los cruceros en mis últimos días.

En la pluma de Diana existía esa codicia por conocer el secreto; o sea, aprender el paladar de los reconocidos escritores para elegir el ambiente especial e inolvidable que tienen los protagonistas de cada novela romántica. Me acuerdo como si fuera hoy. Su ficción estaba ambientada en la París de postguerra y la recorríamos desde el norte al sur, desde el este al oeste, como si fuera un crucigrama, y así, ella creía que resolvería ese enigma que la tenía alterada. Le decía que no tenía que escribir pensando de antemano lo que ella quería como escenario central de la novela, sino que su relato fluya, que el arte siempre le termina ganando a la razón, y que escriba con la esencialidad de su ser, que ahí encontraría el lugar mágico que tanto deseaba. Y que en última instancia, que experimentase hacer una novela sin escenarios, que ocultara las descripciones innecesarias, que en la transgresión de las fronteras, se encuentra el lenguaje literario. Y ella, terca como toda principiante, contradecía mis opiniones. Ese día terminamos en la cama, como tantos otros.

Al tiempo, también terminamos la relación. Ella empezó a cerrarme sus piernas, limitando nuestro tiempo a la escritura de su novela y mi objetivo con ella no era precisamente ese. Los últimos días de esa relación me agotaron. Siempre con el mismo tema, relegando lo que me enloquecía de ella; se volvió irritable, empezando a consumir antidepresivos porque no la ayudaba, y sin bañarse y sin maquillaje era una larva de cucaracha.Luego de un año de nuestra separación, ella publicó su novela, la leí y era un bodrio. Contaba nuestra historia y lo peor de todo, era que se había equivocado del lugar donde nos habíamos conocido o, peor aún, al mismo tiempo que estaba conmigo, se cogía a otro tipo de una «verga descomunal», lo que me convertía en un real o ficcional cornudo. Como siempre ella tenía la razón, y encontraba el artilugio perfecto en cualquier polémica, preferí no llamarla para sacarme esa duda machista que tenía y opté por archivar el mamotreto en la biblioteca de libros descartables.

 

 


Copyright©Diego Salzman.  Enero, 2016

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