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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento, Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 1 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista de un narrador en tercera persona, visión por detrás u omnisciente. (Máximo 1 pág.)

 

Fragmento


Aquella mañana el sol caía a plomo sobre las casas de adobe y paja. Una de las carretas cargada de duraznos se detuvo en un rancho poco cuidado que había cerca del arroyo Medrano. El rancho tenía una sola ventana desde la que se veían algunas mesas y bancos rústicos. Sobre la puerta, en el frente, en un cartel pintado a mano se leía "Pulpería Las palomitas".

 


LA VERDAD DEL CAMUFLADO

 

Aquella mañana el sol caía a plomo sobre las casas de adobe y paja. El rancho tenía una sola ventana desde la que se veía una mesa con cuatro troncos que hacían de sillas. Sobre la puerta, en el frente, en un cartel pintado a mano se leía "Pulpería Las palomitas".

 

Parecía mentira que después de tantas idas y vueltas, persecuciones, emboscadas, escaramuzas y pistas falsas, ahí, donde no había más que un aparador rústico hecho con cañas, un congelador oxidado, una garrafa con una olla engrasada, una chimenea y un fogón, yacían los cuerpos de Cristian Guanca y Víctor Ramos. Tanto humo y tanto polvo había corrido por la bota santafesina que parecía hasta cómico que allí, en ese sitio de Cayastá, estaban los dos prófugos más buscados de la Argentina del Siglo XXI.

En esas tierras de Garay, de tobas y de mocovíes, cada costero es conocido por sus hazañas. Así, a Rubén lo asociaban con la pesca y su hito mayor era haber atrapado la raya más grande de los bañados del río Coronda (había salido en la tapa del Diario Las Dos Orillas con esa sonrisa abierta, típica expresión de pescador cuando atrapa una pieza de grandes proporciones). Igual, él no estaba conforme. Siempre iba por más.
Para cargarlo, sus detractores y amigos le decían “el camuflado”. Era una burla hacia su pésimo desempeño en la caza, práctica que había abandonado hace un par de años cuando se le escapó un carpincho, casi muerto de sus trampas caseras.
Rubén apoyó su cabeza en sus dos manos, y se dejó caer, agotado, sobre la mesa, como si se le hubiesen pasado décadas de su vida en esos segundos. Tenía las pupilas casi cerradas, pero no dejaba de mirar alternativamente el cuadro de esa raya gigante en una de las paredes y los dos cuerpos bañados en sangre y barro en el piso de tierra apisonada.
Luego, se relajó por fin, al prender un cigarro, de esos que se preparan con papel y hojas sueltas de tabaco. Pensó en sus vecinos (“los yuyeros” hermanos Ramírez), quienes siempre tenían anécdotas para contar todas las noches de pulperías que él organizaba cuando ardía la parrilla. Pensó en la cantidad de veces que el comisario “el orejurro” Kuchen relató que había cazado guazunchos y aguarás guazú, y lo narraba siempre con algún detalle nuevo, para agregarle ese matiz diferente que logra captar la atención hasta del turista más egocéntrico. Pensó en “la urraca” Basile, capataz de la Estancia “La Quinqueña”, que había visto al chupacabras en plena acción devoradora. Pensó en tantos otros mentirosos. Pero lo que más deseaba era verles la cara a sus vecinos, dueños de la verdad y de los mejores cuentos, “los yuyeros” Ramírez. Sólo decía: «Cuando vean el noticiero». Rubén siempre había soñado, por años, con encontrar algo superador, algo que permita oler el perfume de la rabia en el rostro de sus vecinos. Los quería ir a buscar para conocerles las facciones más hermosas, las de la derrota.
No obstante, no sabía cómo reaccionar. Le caían gotas de sus manos como si fuera el rocío de la mañana, su frente se acicalaba de rayas, sus mejillas se coloreaban, y sus ojos estaban fijos, como si fueran de vidrio, en los cuerpos.
Los primeros instantes de cualquier descubrimiento, invento científico o avistaje de algún territorio desconocido, siempre dan lugar a incertidumbre, a aquella sensación que sólo tienen los que saben que quedarán en la historia, los que tocados por la varita, al realizarse en lo que hacen, creen que vencerán al paso del tiempo, a la muerte, a la eternidad. Así sentía Rubén.
La noche anterior fue una como todas las habituales, con la diferencia que la luna parecía que se derretía al calor del río y este lucía amenazante por la crecida. Por eso, casi no tenía que caminar para ir a recoger la red, tarea que realizaba todas las noches, sin la adrenalina de las anécdotas. Sin embargo, tenía un presentimiento. Esa noche podía ser la que tanto había esperado y buscado. Percibía esa sensación, porque el sonido de las chicharras, el canto de los sapos y el movimiento de las víboras, no era el mismo al que estaba acostumbrado. Tenía aceitado esos ruidos, porque si bien no podía ni siquiera leer un título en el noticioso, sí era capaz de darse cuenta de cada susurro de la isla.
El “show” de los prófugos lo tenía todo el día alienado a la radio y a la televisión, y mucho más cuando se enteró que estaban por la zona. Sabía que los iba a enfrentar y se preparó para ello. Esa tarde vio a los helicópteros, vio a la chica eufórica que saludó a los delincuentes y se hizo famosa, vio a los policías en ojotas que no podían alcanzarlos, todo lo vio, y se rió de las continuas torpezas de esos polizontes amateurs. Hasta que se cansó, apagó todo y esperó que se hiciera de noche. A eso de las ocho terminaba la vida en las islas.
Después, se despertó a la madrugada, alrededor de las cuatro, y salió a recorrer su camino, como si fuera una cautelosa hormiga que busca abastecerse de comida para el invierno, y los encontró ahí, en sus caseras y destartaladas trampas para carpinchos, inmovilizados, sin poder usar sus armas, sin posibilidad de llamar a cualquier malandra que los pudiera socorrer. Fue un deleite para “el camuflado” y, al fin, se dio el gusto de sacudir con un sapucai esas tierras, y se apagaron las pocas luces de la zona. La isla enmudeció; habían activado la señal de socorro o de eventos extraordinarios.
Volvió a mirar a los dos cuerpos, después de haber repasado en esos instantes, su victoria. Hasta que, de repente y sin previo aviso, entraron los uniformados.
Tenía miedo. Y pensar le daba fuerzas. Y pensó en todo lo que no hizo. Pensó que quizás hubiese sido mejor avisar a alguien que él los había encontrado; pero no tenía teléfono. Pensó que lo ideal hubiese sido enterrar los cuerpos para cobrar la recompensa. Y pensó, y siguió pensando… pero ya no tenía más tiempo de pensar.
Una con ojos rojizos, quizás pasada de copas o de falopa, con rostro masculino, y que resultó ser la jefa del operativo, dio la orden y lo mataron. Rubén ya no podría soñar ni pensar nunca más.
«No me maten. No hice nada. Sólo soy un pescador. Sólo díganle a lo Ramire que los encontré solito. Ellos…», fueron sus últimas palabras, según lo comentado por uno de los canas que vulneró el secreto de sumario.
Después, la crónica del diario (la voz oficial), contó que los prófugos mataron al pobre diablo, quien les dio de comer y beber agua a los prófugos, y que la policía al escuchar el disparo de ellos, lo intentó salvar, y al llegar al rancho ya era tarde.
Así se fue Rubén, “el camuflado”, sin poder contarle al mundo, que él también tenía una anécdota por contar.

Copyright©Diego Salzman.  Enero, 2016
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