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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Soy lunes

Me llamó el lunes una amiga de toda la vida, nos vemos lo más seguido que podemos, entre los horarios y la distancia intentamos hacernos espacio en la semana para vernos. Entre su “novio” y mis “espacios” logramos coincidir por suerte, mínimo, una vez a la semana.

Me cruzo el Centro entero, (gracias a dios en auto), con tal de que charlemos un par de horas cena mediante. Ella me espera con la comida casi lista (o casi comprada), con una sonrisa y el abrazo de siempre.
Cominos una pizzas riquísimas… caseras… la salsa, la masa, todo… todo casero. Le sacamos el cuero a todo el mundo, ¡le dimos masacre hasta a los muertos!... ¡Que éste, que esto! ¡Que aquél, el otro! ¡Que pásame otra porción de pizza! Y que bla, bla, bla. Por supuesto que la noche no arrancó con la pizza directo, ¡no! Arrancamos con unas papas fritas sabor kétchup (recomendadas por su almacenero, claro), un par de vasos de coca cola y dale que dale.
—¡Ya esta lista la pizza! (me dijo ella) y como buen comensal que soy no dejé la entrada, sino que la combiné con el plato principal.
Entre tanto que hablamos, (cosas que no da para que detalle ya que de hacerlo se convertiría en algo así como un relato socio-económico-porno), me contó un sueño que tuvo… hace unos días. El sueño era algo así como una expresión de su sexo, un sueño con muchas escaleras, muchas puntas de edificios, muchos dientes, mucho detalle que refiere a lo sexual en sueños.
Resulta que después de un cuento un tanto extraño, (como suelen ser los sueños), aparece un bicho atado de pies en la puerta de su casa donde vivía de niña. El bicho estaba colgado de las patas al otro lado de la puerta de su ex casa, ella al verlo cubre detalles del mismo y lo describe.
—El bicho era horrible, daba miedo, era un asco, era de color verde, pero no era un verde fluor, ni manzana… ¡no! ¡no! ¡no! era un verde color CARNE PODRIDA.
—Viste cuando la carne se pudre? —me dice—.
—¡SI! —le digo entusiasmado—.
—Bueno, ese color —me dice—.
(continúa contando muy sueltita)
—El Bicho tenía muy mal olor y se encontraba muerto con sus manos atadas y su boca cocida con un hilo grueso, muy grueso.
—¿Qué te fumaste antes de irte a dormir? —le dije—.
—Entonces viene mi hermana —cuenta ella— y me dice que le corte los hilos de la boca, pero en lugar de cortarle los hilos de la boca le corto los hilos de las manos… y ¿qué hace el muy hijo de puta? —dice ella con un énfasis importante—.
—¡Me muerde! —me dice—.
—Hablando con mi analista —cuenta ella— llegamos a la conclusión de que mi relación con el sexo es… así así y asa (no vamos a entrar en detalles ya que ahora se viene lo realmente importante).
—Y vos! (continua ella) mordiéndome venís a marcarme (en forma de bicho, con mal olor y de aspecto podrido claro) que por más que yo no quiera que me digas algunas cosas te doy lugar a que lo hagas ya que si bien no te saco los hilos de la boca te corto lo de las manos como para que vos te los quites y hables de esos temas que yo no quiero hablar.


Tomate el café que se te enfría (me dice).
—Se me heló el corazón hija de puta y ¿vos me sugerís que no deje enfriar el café? (le contesté).

“Nos conocemos hace años, años de verdad, por supuesto que lo primero que hice fue pegar una carcajada, decirle que era una hija de puta y tratar de hacerla sentir lo suficientemente mal como para que cuando se vaya este fin de semana largo a MAR DE LAS PAMPAS me traiga algo”
Siendo casi las 02:30 a.m. me dispongo a retirarme.
_Tirá desodorante, hija de puta, cuando ¡me voy! (le dije) por si te dejo ¡olor a carne podrída!
—Era un sueño, ¡tonto! (me contesta muy sonriente), el olor es porque vos sos fanático de los perfumes, ¿o te olvidaste de lo ultimo que te regale para el día del amigo?
—Que, ¿por qué tengo olor? Y te notifico que me queda ¡muy poco! (le conteste).
Caminamos hasta el ascensor, vive en un octavo piso por lo cual las escaleras no son una opción, me abrió la puerta de calle, empezó a sonar esa chicharra de mierda que tienen los edificios modernos para avisar que la puerta esta abierta, me abrazó un poco más de lo de costumbre y me dijo:
—Te quiero, ¡tontis!
—Y yo a vos (le contesté).
Me subí al auto, sabiendo que tenía que cruzarme todo el centro nuevamente con el fin de volver a casa. Mientras la veía saludarme a través del espejo retrovisor pensaba … No siempre lo que uno amigo tiene para decir es muy cómodo para quien lo recibe, pero si supieras que no me importaría ser un bicho aún más asqueroso, con el fin de que no cometas los mismo errores de siempre, lo seria sin ofenderme.
Al fin de cuentas, hace un tiempo atrás, vos fuiste una paloma que me cagó el auto segundos después de que lo sacara del microondas de la cocina de casa.

 

V. A.