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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Solsticio de verano

Un monótono sonido del reloj de pared la desconcentra en el tiempo de la espera. Un torrente de estímulos internos la hace feliz. Sentada en su sillón de pana -colocado con medida estrategia- mira hacia el portarretrato con la fotografía de ambos que reposa sobre una pequeña mesita que había acomodado como si se tratara de un altar pagano. Puede verlo desde todas las perspectivas en las que ella se ubica. Disfruta horas observando, como desde una teatral butaca, los acontecimientos de la obra que pronto van a ser representados.
El aura de la foto habla del maravilloso amor entre ambos.

Otra de sus costumbres oficia de ritual (dicen que los ritos ofrecen un marco de seguridad) que consiste en lo que ella llama el “método de la puntualidad”. Se trata de regresar presurosamente a su casa, luego de cerrar su Galería de Arte, para esperar la presencia de Nadir. Obviamente, él no siempre llega. Ella lo intuye muchas veces pero nadie puede reprocharle que ella no estaba a la hora señalada.
Entre ambos, nunca se pusieron a conversar si uno u otro había ingresado muy tarde o muy temprano en sus respectivas vidas. Mejor dejarlo así: sin preguntas, ni respuestas inconducentes. Cuando Julia lo conoció, él ya había decidido lo que muchos hombres consideran que jamás debe romperse: el contrato matrimonial. Ella aceptaba las reglas del juego. Por otra parte, aquél día en que lo vio entre el público de la Galería, Julia tampoco era una mujer tan joven y bella como para exigir demasiado. Le bastaba tenerlo el tiempo que la vida le ofrecía y deslumbrarse con el porte de hombre mundano y decidido que evocaba la imagen de su padre.
“Nadir, tomás algo o vamos al “refugio”?”, pregunta entre solícita y cuidadosa.
Ambos saben que las copas quedarán a medio terminar. Tomar el último sorbo del placer no está en el fondo de las copas.
El “refugio” de ambos es permanecer entre las sábanas siempre dispuestas a ofrecer el calor que necesitan para sortear con regocijo un día más de una relación que saben que más temprano que tarde se bifurcará.
Cuando el ardor que los abrasa se extingue, y él se queda meditando con la mirada en el cielo raso, Julia lo observa como aquel que mira una efigie perfecta y eterna. Cuántas veces deseó que Nadir muriera a su lado aunque el dolor la quebrara. Su inteligencia de mujer la tenía advertida: todos los hombres casados mueren inexorablemente en la cama de sus esposas.
Nostalgia, almibarada con erotismo. Detenía y fijaba ese breve tiempo en el que lo contemplaba a Nadir. Solamente una opinión sexista puede acusar a las mujeres de la inutilidad de persistir en sostener que el amor es para siempre. A ninguna le cabe tal error de cálculo. Muchas lo pueden extender en la prole, la que oficia de placebo. Julia sabe que la posibilidad de tener hijos con Nadir nunca será un plan compartido.
Es un amor que fluctúa entre el solsticio de verano y el deseo mágico de convertir en eterno lo que tiene certificado de defunción anticipado.
Julia guarda en un estuche una esperanza, como asegura a todos los que la quieren escuchar.
El estuche contiene una llave. Su padre se la había regalado cuando ella promediaba los cuarenta. Es una metáfora, como él le escribió en unas breves líneas manuscritas: “Querida mía, esta llave de oro que te entrego es una metáfora. Es la llave simbólica de la Galería de Arte que tanto me costó armarla de lo bello para obsequiártela. En una de sus caras, hice grabar la palabra solsticio que significa “sol por un momento”. Te dejo completar el grabado cuando consideres que puedes agregar “de verano” o “de invierno”. Mi deseo, para cuando yo ya no esté, es que puedas grabar “solsticio de verano”; que, como sabrás, comienza ofreciendo el día más largo –el sol ilumina durante más tiempo, su calor y su luz es un tierno privilegio-, y la noche es la más corta del año. La oscuridad no se transforma en la emisaria del miedo y la angustia, es demasiado breve para enviarnos sus fantasmas. Entonces así sabré que has sido feliz. Te ama. Tu padre.”
El deseo -o la ingenuidad de los padres- muchas veces hace que sus hijos apuren demasiadas esperanzas en los conjuros, manteniendo durante un largo tiempo la creencia casi sagrada en estos inútiles obsequios. Inutilidad que el tiempo se encarga de confirmar.
Hasta la fecha, Julia no completó la frase. Conserva esperanzas de grabar la frase que deseaba su padre…y ella, también.
"Nadir, ¿todavía estás acá?", preguntó Julia en voz muy queda mientras pasaba sus temblorosas manos por el orillo de las blancas sábanas.
En medio del sopor de la fiebre y el que produce la vejez misma, Julia alcanzó a escuchar un “sí, amor, estoy como siempre a tu lado”.
El sonido del monitoreo de su corazón, espasmódico en los ancianos, perturba el silencio de la habitación del hospital y su atroz soledad. El olor a la muerte, que muchos niegan pero existe, se esparce por el aire.
Esa noche, quizás la más crítica desde su internación, Julia dio regocijo a su corazón. Sintió las manos de él acariciándola como cuando eran mucho más jóvenes. Escuchó, repetidas veces, la frase “te amo mucho y estoy a tu lado”.
No recordaba que alguna vez Nadir se hubiera expresado con tanta vehemencia.
El pudor de ella, ajustado a la medida en que las carnes se aflojan y se autocensuran de ser amadas, le impusieron el límite al sexo; pero no se privó de oír la respiración excitada del deseo de él. Era un premio suficiente.
-Nadir, te puedo pedir algo?, interrogó arrastrando las palabras.
Y prosiguió:
-En el estuche que está en la mesita de luz me quedó pendiente grabar “solsticio de verano”, es una promesa incumplida a mi padre.
-Ya lo hice días atrás, amor mío.
-Gracias, Nadir, contestó ella, cerrando con esas palabras un largo capítulo de su vida.
Él, con afecto, le cierra los ojos. Esquivó la tentación de dejar a la vista de todos el reflejo de felicidad que Julia tenía en la mirada. Rezó por esa alma que partía feliz.
Preparó en su mente la posible rendición de su acto poco profesional ante sus superiores, pensó en el inevitable juicio moral de sus colegas y en el enfrentamiento con la Justicia. En sus pensamientos estaba convencido de que nada tenía para reprocharse. Julia había sido su paciente predilecta desde que era muy jovencita. Él había tratado de alivianar durante años toda la sintomatología que la conflictiva relación con Nadir le provocaba.
El tiempo quizás ordene cada cosa en su lugar. Lo cierto es que el médico de la anciana que acaba de morir, según el prejuicio de todos los testigos del hospital, asumió la potestad con la soberbia de trocar la nostalgia y el abandono en días placenteros antes de la inevitable muerte.
Dicen que manipuló drogas experimentales para mantenerla viva el tiempo justo y necesario que le permitiera soñar (o alucinar) que Nadir había regresado luego de varios años o que jamás había abandonado a su amante. Se habló de morfina, de Polvo de Angel, de LSD… El silencio fue toda respuesta del médico a cualquier interrogatorio.
Negó los cargos de mala praxis, rechazó el apodo de “Dr. Muerte” (nada más lejano a ese personaje apresado en 1998). Su alegato ante el Jurado que pronto resolvería su sentencia, fue una declaración que dejó por escrito en el expediente: "Me quedo con el “gracias” de la anciana, que mi falta de vanidad no atribuirá a que se dirigió a mi persona. Modestamente, mi intención fue devolverle a su amante antes de que se enfrente con la oquedad de las tinieblas y el ruido ensordecedor de la soledad, si es que hay algo existe después de la muerte. Nada más agrego. No me siento culpable, quedo en manos de vuestras limitadas mentes, las que sólo se atienen a la letra de las leyes de los hombres, sin considerar las impías leyes de la vida que nos arrojan a los brazos de la infelicidad."

 

G. M.