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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Silencio

Pensar en alguien estando muy enojado y decir “Ojalá que se muera,” no es en serio, es una forma de decir, ¿no?

Bueno, yo una vez dudé de esa afirmación.

Todo comenzó una mañana de sábado, cuando las tías Elena y Mercedes llegaron a la casa de la abuela, y todos los que estábamos allí, las otras tías, mamá, mi hermana Mechi y yo, nos quedamos en la galería para recibirlas.

Venían con las caras serias y con una caja muy grande que adentro tenía unos remedios para la abuela. Yo nunca había visto unos frascos de remedio tan grandes. Sin decir nada, tía Mercedes entró a su cuarto y los metió debajo de su cama.
Tía Elena murmuró algo que no entendí y tía Ana se puso a llorar. Mamá me llevó de la mano para la cocina de la abuela.
Desde ese día, la abuela no se levantó más de la cama.
Cada vez que íbamos a su casa a visitarla y yo quería verla, mamá me decía: “Un ratito nada más, no la molestes que la abuela tiene que descansar”.  Entonces entraba, le daba un beso y salía, así todas las veces.
Si había arroz con leche o compota de manzanas, que preparaba tía Mercedes y que a mí tanto me gustaban, no me dejaban ni probarlos porque lo habían hecho para la abuela.
Cuando trajeron la silla de ruedas, yo intenté subirme para saber cómo era andar ahí arriba y mamá me paró en seco: “¡Bajate de ahí, no ves que eso es de la abuela!”
Y entonces ir de la abuela se volvió feo. Todos estaban serios, se miraban entre ellos, me retaban y nadie jugaba conmigo. Encima, la abuela estaba en la cama.
Un día, sin que nadie me vea, entré a su cuarto, me senté en su cama y le dije: “Vos, abuela, al final sos una tonta”. Ella, con su cara viejita, largó una carcajada y me dijo: “¿Por qué me decís eso?” Y después, sin enojarse ni esperar mi respuesta, me siguió hablando de otra cosa. ¡Cuánto hacía que no escuchaba a nadie reírse!
Un viernes a la noche, mamá atendió el teléfono de casa, solo alcanzó a decir “hola” y me quedé mirándola, porque no habló más hasta que cortó. Después preparó mi ropa y me llevaron a lo de mi tía paterna, Nelly. Todos los demás se fueron: mamá, papá y mis hermanas. Muchas otras veces por ser la más chiquita me había quedado afuera de lo divertido. Así que pensando eso me dormí enojada.
Al otro día, creía que me irían a buscar cuando me levantara, pero no. Le pregunté a tía Nelly y me dijo: “Están todos en lo de tu abuela, ya van venir”. Pero ¿todos quiénes?, ¿los primos? ¿Todos los tíos? ¿Qué me estaba perdiendo ahora?
Sentada en la cama de la tía Nelly, enojadísima, pensé fuerte en la abuela y dije para adentro: “Todo es por tu culpa. Ojalá que te mueras”. Sí, tan furiosa estaba.
A la noche por fin volvieron a buscarme. Me puse contenta cuando los vi, pero nadie estaba contento.
Cuando llegamos a casa, mi hermana Vivi, la mayor, se sentó, me puso frente a ella y mirándome los ojos me dijo: “La abuela se fue al cielo”.
¡Mamita querida! ¿La mandé al cielo? ¿Alguien sabrá?
Como mi hermana después de darme la noticia me abrazó, me di cuenta de que no sabía nada. Y pasaron los días y todos estaban tranquilos. Tristes, pero tranquilos. Nadie sabía nada.

Finalmente, (y con alivio) terminé por pensar que yo no había tenido nada que ver. Cada vez que volvía a su casa, me daba cuenta de cuánto la extrañaba. Un día de esos, estando su jardín, miré al cielo y le dije: “Mirá, abuela, que no era en serio lo que pensé, ¿eh?”. En ese momento escuché una carcajada dentro de la casa y me di vuelta. ¿Sería tía Mercedes, tía Elena, mamá? Contenta, me levanté y salí corriendo para ver. ¡Cuánto hacía que no escuchaba a nadie reírse!

 

Marilú