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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

RANAS SIN LENGUA

“Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola,
en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.”
Adela a su hermana  Martirio.
La Casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca

Fui yo la que la delató. Fui yo la que desató toda esta tragedia. Ella creía que yo era la hermana que más la quería, y puede ser, pero también la odiaba. La admiraba y por ende la envidiaba… me parecía espantoso que no le importara nada, todo su desparpajo… y me hubiera encantado ser como ella. Mi hermana menor era el espejo donde yo veía reflejadas todas mis miserias, mis bajezas, mis cobardías.

La crueldad de la época nos oprimía tanto. Era imposible imaginarse un mundo alegre, un mundo de oportunidades tras los muros que nos cercaban. Cuando nuestro padre murió, mi madre decretó ocho años de luto. Aun sin luto de por medio, nuestro destino hubiera sido el mismo: encierro, sombras, silencio, obediencia, soledad. Nos criamos bajo el dominio demoledor de nuestra madre… “Hilo y aguja para las hembras; látigo y mula para el varón”, una de sus frases preferidas. ¡Qué manera de imponerse siempre!… en su porte, en su presencia, en su voz, en su decir, en su ausencia.
Cinco hermanas, cinco mujeres sin hombre, cinco vidas revolviéndose en una hoguera de intrigas, de envidias, de resentimiento, de resignación. Cuerpos quietos, oscurecidos, de carnes cada vez más blandas envueltos en trapos negros. Ni pensar, ni decir y mucho menos, sentir. Nos fuimos transformando en seres reprimidos, de furia contenida, de miradas turbias, de bocas contraídas. Y en el caldero de nuestros silencios espesos cada una fue cocinando su propia rebelión.
Mi madre creía que nadie podría con ella. Estaba segura de que su vigilancia lo podía todo. Hubo indicios, quizás en lugares profundos donde ella no podía llegar… o no quería ver. Era tal su convencimiento de que sus hijas teníamos una respiración tranquila, de que todo estaba en su lugar, de que nada la doblegaría… mas no tenía idea de la fuerza que ejerce un hombre entre mujeres solas.
Nosotras tampoco lo imaginábamos y, quizás sin querer o sin saberlo, nos dejamos llevar por las sensaciones tan reconfortantes que brinda el deseo de lograr algo. En nuestro revoltijo interior, sin embargo, lejos de sentimientos mágicos y salvadores, germinaban pasiones mezquinas, tortuosas que poco podían aportar a nuestros corazones ansiosos pero desahuciados. Especialmente al mío.
La mayor de mis hermanas se había entregado a un hombre que sólo quería su dinero. La menor lo había hecho a un hombre que la quería pero que sólo podía darle un amor oculto y marginal. Yo no había tenido el coraje de entregarme a nadie, simplemente me dediqué a envenenarme con la osadía de la más pequeña. Yo quería que él me quisiera, se enamorara de mí, pero no hacía nada y él nunca supo de mi existencia.
Esa noche que la vi llegar con el cabello revuelto y las faldas alborotadas, supe que nada de eso me iba a ocurrir nunca jamás. Mi rostro nunca tendría el brillo ni la belleza que se dejaba ver en el de mi hermana. Mi piel jamás exudaría la humedad del placer. A mis reproches y amenazas respondió con la seguridad que da el sentirse plena luego de un momento de felicidad. Ella lo había tenido; yo no, y nunca lo lograría.
Con el corazón lleno de una fuerza tan mala, que sin quererlo yo, me ahogaba, llamé a mi madre y le conté todo. La delaté y luego le mentí cuando le hice creer que su amante había muerto… y ella no claudicó. El impulso del amor la llevo a tomar la única decisión posible: irse con él. Entonces comprendí que si la vida se vive y se siente, es imposible frenarla. ¡Cómo me hubiera gustado ser como ella!
Cuando vi a mi hermana menor ahorcada, colgando de una soga, hermosa y complacida, imaginé mi muerte tan lúgubre y negra como mi vida, sin resplandor alguno… Y me acordé de las locas y sabias palabras de mi abuela: “… él es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar, porque vosotras sois granos de trigo… no, granos de trigo, no…. ¡Ranas sin lengua!”.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014
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