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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Que sea ya

El fallecimiento de un par, de alguien de la misma edad, con quien se compartió la infancia, la adolescencia, el estudio y lo primero de todo en la vida, causa conmoción; al menos a mí. Tengo cincuenta y pocos años, y María José es la tercera de mis compañeras de colegio que muere. Miro una foto de los sesenta, el típico retrato de grado, todas las alumnas en el patio repartidas en dos hileras: las paradas atrás, las sentadas adelante y las maestras a los lados. María José está abajo en el medio y yo a su derecha. ¡Qué graciosa!, bajita, chiquita, muy flaquita, con su pelo negro azabache, corte paje… excelente para los deportes, bastante buena alumna, no de las mejores, pero muy buena, muy alegre y divertida.
No fuimos grandes amigas, pero siempre nos caímos bien; me gustaba su manera, me parecía equilibrada, una chica inteligente, buena onda. Querible. De esas personas que da gusto compartir momentos. Más que mona sobresalía por su elegancia, tenía una figura armoniosa y vestía muy bien. Trabajó durante todo su vida como secretaria, no se casó, no tuvo hijos y nunca se le conoció una pareja estable… de jovencita tuvo novios y salía mucho.
La encontraron muerta. No fue un accidente, ni estaba enferma, ni se suicidó, ni la mataron. Se acostó a dormir y nunca más se levantó. El despertador sonó a las seis y diez de la mañana como todos los días. Susy, la empleada durante más de doce años, llegaba a las nueve. Ese día entró y con sólo poner la llave se dio cuenta que María José estaba en el departamento. No le extrañó que estuviera; era algo que podía suceder, no era para nada común, pero podía ser. Susy vio que la puerta del cuarto estaba entornada, así que decidió comenzar la limpieza por el living. Se dirigió a la cocina, puso el agua a calentar para hacerse un mate. “La señora no fue a trabajar”, escribió un mensaje de texto a su hija.

Oyó una música que venía  del cuarto (después supo que era el celular) y luego parar. Al rato, de nuevo la misma melodía y otra vez silencio. Susy comenzó a dudar. Se acercó hasta la habitación, entró y vio a María José en la cama, boca arriba, con los ojos cerrados, como dormida.
–Señora –llamó despacio, –Señora… Señora… ¡Señora!... señora María José… ¡por favor!... ¿qué le pasa?...
En los últimos casi cuarenta años, desde que nos graduamos, nos hemos reunido todas las compañeras, regularmente, una o dos veces al año. Al principio, éramos las veinticuatro que nos recibimos y al transcurrir el tiempo algunas dejaron de venir, otras comenzaron a hacerlo más esporádicamente y somos la mitad las que no nos perdemos las “estudiantinas”, tal como hemos bautizado a nuestros encuentros. Y María José siempre estuvo, yo que también soy de asistencia casi perfecta me animo a decir que nunca faltó.
Algo era diferente en ella… siendo todas muy parecidas, ella era distinta. Se fue a vivir sola a los veintipico, cuando ninguna chica lo hacía. Allá cuando transitábamos los maravillosos treinta y el tema que nos competía a todas era los pañales, los bebés, la papilla, los colegios, ella nos contaba de viajes, libros, salidas y candidatos. Más tarde, cuando varias de nosotras comenzamos con las separaciones y divorcios, ella seguía viajando, leyendo, trabajando y nos mostraba que las mujeres pueden solas. Y, sanamente, la envidiábamos… “No me envidien”, decía, “a mí me hubiera encantado formar una familia, tener hijos… este cuento de las mujeres independientes y autosuficientes no es sinónimo de que una hace lo quiere”.
En la primera estudiantina sin ella, no hicimos más que recordarla.
–Siempre tenía la frase, la palabra o la anécdota justa para darte una respuesta –explicó Ale– usaba la escena de una película o al párrafo de un libro o a la historia de alguien para dar ejemplos…”nunca nadie nos va a querer como lo hace una madre”… lo dijo en el entierro de su mamá… fue tremendo porque se paró delante de todos para dedicarle unas palabras… estoica, tan segura y desvalida al mismo tiempo…
–Lee Donde el corazón te lleve, de Sussana Tamaro –contó Laura que le había recomendado– es un libro que enseña a vivir, me dijo… y sí, tal cual, lo tengo siempre en mi mesa de luz… En otra oportunidad, me aconsejó que siempre tuviera alguna planta en la casa… decía que oxigenaban los ambientes… Realmente, era una mina rebuena onda, muy generosa y siempre dispuesta a darte una mano.
–Nosotras con Carmen, en estos últimos años, hemos viajado un montón con ella –comenzó su relato Quela– y era un verdadero placer… se ocupaba de todo, todo, todo… era como una hermana… discutíamos bastante pero también nos reíamos un montón… la extraño tanto…
–¡No puedo creer que no esté! –exclamó Carmen con la voz quebrada– ¡¿por qué pasan estas cosas?!... Hablé con ella ese mismo día a la tarde y estaba espléndida… ¿cómo puede ser que alguien ponga el despertador, se acueste a dormir y muera?... ¿La cotidianeidad te lleva a la muerte?… Con María José las hicimos todas… ¡estábamos juntas desde los diez años! A Fernando, mi marido, lo conocí en el Buquebus a Punta del Este y estaba ella… “Este es el hombre”. Me lo dijo con una convicción tal… con tanto corazón que, por supuesto, no dudé un segundo. Fue testigo de mi casamiento, lloró conmigo la muerte de mi primer hijo y lloramos juntas de emoción cuando nacieron mis otros chicos… y tomábamos sol, y hablábamos y viajábamos y también nos puteamos en algunos momentos… nunca se quejó de nada… era fuerte, a veces implacable…
–A mí me llama mucho la atención la manera en la que murió –dijo Inés–. No sé… es raro… ella era rara…  
Ante este comentario, ninguna agregó nada más. No diría rara, era una persona reservada de bajo perfil. Por supuesto, y seguramente por esto mismo, se tejían historias por detrás; especialmente de su vida sentimental. Que había estado mucho tiempo saliendo con un tipo casado mucho más grande… también se dijo que había sufrido un gran desencanto amoroso y, de alguna manera, había hecho la cruz a los hombres. Como viajaba mucho con amigas y con sus sobrinas, se murmuraba que le gustaban las mujeres… Yo la vi hace unos cuantos años, tendríamos cuarenta, con alguien mucho más joven caminando por la calle… él la llevaba de la cintura y en un momento se besaron… María José siempre contaba anécdotas graciosas sobre hombres con los que había salido, que le habían presentado o que la habían encarado. Convengamos que era una buena candidata. Pero nunca habló de alguna relación más seria.
“Cuando las cosas no van más hay que soltarlas… Las dos manos tienen que estar libres para poder asir una nueva oportunidad”. “¿Por qué nunca me casé?... Porque yo quería formar una familia, tener hijos; yo no quería tan sólo casarme…”. “Fui muy feliz hasta que terminó… y lo sigo siendo…”. “La mejor convivencia que se puede tener es con uno mismo… a partir de ahí todo funciona bien”.
–Su mejor talento fue saber vivir, disfrutar de la vida –me dijo su hermana en el entierro. Sus sobrinos estaban desolados; María José era todo para ellos. Amigas, amigos, compañeros de trabajo, jefes, personas a la que había ayudado… Francisco, el portero, Susy, todos desconcertados. Mujer mundana, mujer misteriosa, mujer solitaria, mujer sabia, mujer callada, mujer leal, mujer incierta, mujer alegre, mujer dura… La vida de muchos no será la misma sin ella.
¿Por qué desaparece una mujer joven, querida, con buena vibra? ¿Por qué murió María José? ¿Se quedó dormida para siempre? ¿Sufrió, tuvo algún dolor? ¿Supo que iba a morir? ¿A quién dedicó su último pensamiento? ¿Se dejó ir? ¿Qué habrá sentido? Mientras más preguntas, menos respuestas.
Cuando su hermana y sus sobrinos levantaron el departamento, encontraron dentro de un libro de su biblioteca, una nota. No tenía fecha, ni firma, sin embargo reconocieron su letra. El libro, El Príncipe, de Maquiavelo, estaba bastante desvencijado, por esto y por el estado del papel, supusieron que había sido escrito unos diez o quince años atrás.
“No le tengo miedo a la muerte, es un acto tan natural como nacer, es lo único seguro que tenemos en el futuro. Le temo a vivir en agonía, a las enfermedades, a tener que esperar que llegue. Cuando me toque, que sea ya. Lo mejor que me puede pasar es acostarme a dormir y no volver a despertar…”
Y así fue.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2013