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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Punto y Banca

Laines padecía de insomnio, intentaba cada noche pactar con el esquivo sueño. Horas nocturnas en vigilia, que pesaban como trenes de carga. Leía para abizcarse y, finalmente, intentar caer exhausto.

La pieza de la pensión —pobremente decorada— tenía un silloncito apolillado y una cama descolada que retumbaba en sus oídos un insoportable “gni, gni, gni”, (“Maldita cama, ¡la puta madre!”, rumiaba.). No tenía una mesita de luz (¡un lujo hubiera sido!); menos aún, un velador. ¿Su libro de compañía?: “A punto de reventar”, de Bernando Kordon. Hojeaba sus páginas sin concentración.

Hacía largo tiempo que el cansancio le irritaba su vista. ¡Imposible leer! La mortecina luz de la lamparita que colgaba del techo (¿40 Watt?, se preguntaba) tampoco lo ayudaba a conciliar su sueño. Mucho trabajo intentar desenroscarla y quedar a oscuras.

Noches enteras, insomne. Llegaba de trabajar, comía un frugal sándwich comprado en el trayecto, y recomenzaba el viaje en “trenes de carga”.

Un día (nadie puede precisar cuándo), sus vecinos del pensionado creyeron que había recibido visitas. Varias noches percibieron lo mismo. Cuchicheaban en el estrecho pasillo, pergeñando qué ocurría dentro de aquella pieza de inquilinato.

Comenzaron a sospechar que algo no andaba bien. Decidieron “tomar el toro por las astas” y reclamarle a Dimal, el encargado de la pensión, que silencie a Laines. Una y otra vez, Dimal se paraba frente a la puerta, dispuesto a ingresar con su llave maestra. Dudaba y pronto regresaba a su pieza.

Una noche, sin más, lo que antes había sido una especie de cuchicheo pronto se transformó en gritos. Entonces, tomó la decisión —tantas veces postergada—, e ingresó a la pieza del inquilino “más famoso”. Laines yacía en su cama, boca arriba, y de forma desgarradora le gritaba a la lamparita: “Apagate, te dije, ¡carajo!, apagate, porque te voy a reventar a trompadas”.

Por estos tiempos, Laines descansa y duerme todo el día, en una limpia cama de un ignoto hospital de salud mental. Confinado, solo, sin visitas. Ya no lee “A punto de reventar”, hace rato que el punto se transformó en banca; “reventó” su cerebro, tal como lo había intuido que ocurriría en esas largas noches de “trenes de carga”.

Dicen que algunos domingos se lo oye silbar bajito el tango Desencuentro, y que se queda repitiendo en una voz apenas perceptible: “ni el tiro del final / te va a salir.”.

 

G.M.