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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

PAYADA TUMBERA


Pa’ nadie es traición poner un denuncio
si hay delito y la justa ley se desacata.
Pero clavar filoso el cuchillo que mata
por la espalda y sin hacer ningún anuncio,
eso sí de seguro es acción traicionera
como bien lo canta esta payada tumbera.

Esperó, esperó y esperó. Sabía que el día, el momento, el brevísimo instante que necesitaba llegaría. Fue tan largo el tiempo, fue tanta la concentración, fue tanta la convicción, fue tanta la ilusión de que llegara ese segundo.

“Juro por la vida de la vieja que lo lograré… ¡lo juro!... Ese enano, mal hecho, traicionero y asqueroso como su asquerosa guitarra, me las van a pagar… Así me lleve la vida en esto, lo voy a hacer, lo voy matar, lo voy a hacer picadillo… La venganza me sale por las tripas, por los poros… No importa lo que tenga que hacer, lo que tenga sufrir, lo que tenga que padecer… ¡Delatarme!, ¡por favor!... ¡Hijo de una perra!.. De chango era tan feo, tan horrible verlo, que lo tenían escondido en los fondos pa’ que nadie lo viera… Su única compañía era una guitarra que en medio de las soledades y de las oscuridades un día encontró tirada… La rasgueaba con destreza el turrito y sacaba buenos sonidos… y también la utilizaba para traicionar como lo hizo conmigo… ¡Qué payada ni ocho cuartos! Palabras y sonidos acusadores que me llevaron a fugarme primero, al destierro después y finalmente al infierno de la tumba en vida…”
Necesitaba sólo un rato para cumplir su cometido. Astutamente burló las rejas del encierro y comenzó su venganza. Afilado el cuchillo lo escondió bajo el abrigo y se largó por las calles iluminadas por la luna, dobló esquinas y el viento le fue trayendo los sonidos de la guitarra. Cuando lo hubo reconocido, esperó agazapado detrás de un árbol… lo miró de lejos y presintió los momentos previos de una muerte ajena…
“¡Qué poco te queda!... estás condenado… a mí nadie me delata y mucho menos tu envidia de ser mal formado… Sólo yo sé que vas a morir y ahora… yo soy el dueño de tu vida y el hacedor de tu muerte… y, ¡no me arrepiento!... ¡quiero ver tu cara de espanto cuando mi daga se entierre en tu carne y tu sangre envenenada brote a chorros!... Quiero que me dediques tu último suspiro…”
Respiró hondo y, sin más, avanzó sacando provecho del impulso y la fuerza que da un odio enardecido. En un umbral apartado guitarreaba el traidor rodeado de un público que lo atendía. Como un energúmeno, empuñando el cuchillo en lo alto y sin decir ni una palabra, se abrió camino a empujones entre los oyentes. Cuando lo tuvo a menos de un metro, no le dio tiempo a nada. De una puñalada certera, asestada con violencia en medio del pecho, apagó para siempre los sonidos, las voces y los cantos del delator, de su guitarra y de su payada tumbera.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014
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