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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Papá Noel

Ya casi es la hora. Los sonidos de las copas. Los besos de los tíos. El pan dulce abierto. Dos copas derramadas sobre el mantel con dibujos de arbolitos y trineos. Las nueces partidas, las garrapiñadas, los confites, las lentejas de chocolate. Las luces del arbolito a full y un calor insoportable.

Para mí, un vaso de Coca y un helado de frutilla.


En el cielo, muchas luces de colores. Más arriba, los fuegos artificiales. Muchos, muchos. Por todos lados. El Dandy ladrando, asustado.


Pero ¿y los regalos? Nada por aquí, nada por allá.


Mamá y la abuela con los platos sucios, los vasos, las botellas vacías ¡cuántas! Copas vacías por todos lados.


Las tías y los tíos bailan, corren, saltan, arman el trencito, desordenados, transpirados, como enloquecidos. Tarantelas, pasos dobles, algo de cumbia, un tanguito y varias milongas.


Junto a mis primos, subimos con mi tía hacia la terraza para ver si lo veíamos llegar.


—¡Ya debe estar viniendo! ¡Corramos, vamos, vamos rápido que si no, no lo vamos a ver!


Risitas nerviosas, miradas expectantes, labios apretados, ojos bien abiertos y nuestras manos inquietas. Un poco de miedo que crecía a cada instante. Más fuegos artificiales. Petardos estruendosos. —¡Allá! ¡por allá! ¡vi la puntita de la capa, sí, sí, lo vi!— .


Corrimos hacia la escalera, tropezamos, nos empujamos, reímos nerviosamente, y gritamos mucho “¡Papá Noel, Papá Noel!”.


Abajo, aplausos, gritos y de pronto él. : “¡Sí, Papá Noel!”. Enorme, gordo. Tan grande, tan gordo y tan rojo. Con un enorme gorro, rojo también. Mucha barba blanca, blanquísima. Ojos pequeños, cómplices, como conocidos y cercanos.


—¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad! —repetía una y otra vez—: ¡Feliz Navidad!


Se nos acercó. Con sus enormes manos gordas nos tocaba el pelo. Más risitas nerviosas, caritas de susto, un poco de miedo y el llanto de mi primita más pequeña. Los ladridos del Dandy, los ruidos de petardos y cohetes, enloquecedor, ensordecedor.


Una bolsa enorme, roja, llena de regalos, paquetes y golosinas.


Nos acercamos, nos tropezamos y nos mezclamos entre papeles, moños y tarjetitas.


—¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! — sonrió y creí conocerlo desde siempre, eternamente, mágicamente.


Alzó su manaza, la agitó acaloradamente y salió de pronto, tan rápido como entró.


Fantásticos cochecitos, elegantes y soberbias muñecas, una auténtica pelota de fútbol, y libros con magníficas ilustraciones coronaron aquella sorprendente Nochebuena.


La muñeca de patas largas que me tocara en suerte aún me mira melancólica y triste desde algún rincón de mis recuerdos.


Los sonidos, los olores y los sabores de aquella velada, los atesoro intactos.


Laura