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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

No soy

Lo único que se conseguirá diciendo siempre
la verdad es ser siempre descubierto.
Oscar Wilde

Necesitan de mi relato para armar una trama patológica. No para curarme, menos todavía para consolarme. Si yo me siento dueño de mi pequeño universo ¿para qué debo escribir?

Les resulto una buena muestra de laboratorio para intentar transformar en científico lo que hasta ahora tienen como hipótesis. Un médico, nacido en Freiberg, movido por una cierta intención de estudiar la condición humana con rigor científico, está haciendo estragos en vuestras mentes. Su poder y saber está apoyado sobre pilares erróneos: sus investigaciones son pobres intentos para satisfacer su curiosidad de principios de siglo.
Un cartelito me coloca en la geografía y me advierte: “Sala de Observación de Alienados”. Estoy parado en la sinrazón. Este es un sitio de exclusión al que me expulsaron desde que mi última detención desbarató vuestros razonamientos sobre mi obsesión sexual.
Sé que es un ardid. Necesitan que con palabras escritas -que rotularán como “Testimonio de R. S.”- dé cuenta del origen de una conducta que ya han juzgado de antemano fuera de “las buenas maneras”, “alejada de la uniformidad”, “perversión sexual”, “extraña a las convenciones”.
Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho. Mi vergüenza se construyó por la mirada de los Otros, y que por sentir culpa me he convencido que lo mío es una “enfermedad” como siempre repito.
Más bello era aquel tiempo en que deslumbrado miro a mi madre peinarse todas las noches sus largos cabellos con meditada morosidad. Los acomoda hacia uno de sus hombros, caen  lujuriosos sobre uno de sus senos y…comienzo a acariciarlos… con su cepillo. Desde el pequeño espacio que su puerta me deja entrever, mis ojos son el cepillo mismo tocándola desde la nuca hasta sus pechos. Miro fijamente su mirada en el espejo. Por algunos instantes me parece que en un costado de su boca se insinúa una lasciva sonrisa dirigida a mí en la oscuridad. El candil de su tocador se va consumiendo pero ella y yo estamos sumergidos en el rito. Me quedo estático y extasiado hasta que, como todas las noches, ella gira su rostro y no sé cómo, adivina que estoy escondido detrás de la puerta de su cuarto. Empiezan los golpes en mi cuerpo…muchas otras veces me castiga con esa vara dolorosa que lacera mis desnudas piernas.
Nunca descubrí dónde la ocultaba durante el día. Me alucinaba pensando que esa vara cobraba vida cuando olía el calor del sexo en mi cuerpo.
Jamás me permitió explicarle que su opulenta cabellera es la representación de una fuerza vital. Sus cabellos eran una superior potestad. Todo lo que me alejara de ellos me golpeaba como fracaso y desnudez y me sentía arrojado hacia la sensación de perder esa fuerza primitiva que me impulsaba a vivir.
De niño ya seguía a las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que me adivinasen por qué las estaba siguiendo.
En Berlín fui detenido por primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas. En Bremen, alcancé el último tranvía antes de ser encontrado. Sin embargo, tratando de sortear la mala suerte, fui detenido por segunda vez en Hamburgo. Los transbordos de ciudad en ciudad, de tranvía en tranvía, me permitían ver miles de rubias trenzas que iban y venían. Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino. Me siento como esos cazadores que de tanto mirar las presas dejan de sentir temor.
Mi “parafilia fetichista” –como leí que diagnosticaron en mi historia clínica- no goza de buena fama en diversas ciudades, mucho menos aún en las hipótesis que se urden en Viena.
Me gradué en Ingeniería como parte de un último intento por superar esta fijación que rechazaban los Otros. Razonaba que una profesión de estructuras rígidas de pensamiento -con límites precisos en los que uno se debe mover- calmaría mi instinto de desborde, de descontrol, de fijación. Diseñar estructuras, hacer cálculos, organizar proyectos… Durante el tiempo que me abocaba a mi trabajo: sofocaba mi ansiedad. Concluyo que nunca puso freno a mi deseo.
Doctor, todo esto que leerá y analizará desde su rígida y convencional razón científica no me va a quitar el profundo placer que habiendo cortado cabellos, me voy a la cama y estoy besando los lindos cabellos; los aprieto a las mejillas y las narices y estoy gustando el rico olor de los cabellos. Acostándome los tengo sobre la almohada besándolos, y entonces vienen los movimientos del cuerpo y después soy muy feliz. Sí, es sexo. Desde mi lógica de la sinrazón, el deseo sexual es una energía y una fuerza que me sostiene. Desde vuestra mirada todos Uds. quieren colocar mi sexualidad “dentro de las normas sociales”, y yo, con mi pertinaz comportamiento, no les cuadro en ningún registro de sus manuales médicos.
Todos Uds. tomaron la decisión de traerme a esta Sala aquel día que confesé a las autoridades que había sido el culpable de cortar un mechón de aquella hermosa cabellera adolescente, G.M. fue mi último acecho como Dalila; nunca me dio la talla para ser Sansón.
Los he desbordado y solamente atinan a excluirme –recluyéndome- como a los locos.
En lo que a mí respecta, no me interesan vuestros diagnósticos, sólo pienso en el momento de acostarme y dormir sobre suaves cabelleras.
 

Atte., R. S.
Berlín, 1908

 

G.M.