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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

"No sabe lo que quiere pero..."

Mi amadísima esposa Porcia:


Lamento haberte causado tanto dolor. Me han dicho que caíste desfalleciente mientras yo permanecía en el Foro. Debes reponerte y leer estas líneas que te convencerán que Roma debe estar por encima de todo y de todos. A ti no te excluyo de este deber moral y político, menos aún siendo la esposa de un pretor de Roma.

 

Me acusan de haber abandonado la virtud, atraído por la voluptas. Me lastima pensar que comparan mi brazo ejecutor con las ideas de Cayo Casio. En mi puñal descansaba la directriz de cerrar una etapa de Roma. César era como las especies que deben extinguirse para dar paso a otras: adaptadas a los tiempos que corren. Roma y todos sus dominios bajo los cascos militares de César se han resquebrajado bajo nuestros pies. El Cíclope, de megalómano ojo, debía ingresar en el mundo de los mitos heroicos sobre los que descansan los pueblos.


Proseguirán insistiendo en que formé parte del grupo de los conjurados. Lo niego. Todos ellos sorbieron con su asesinato su propio egoísmo y resentimiento político. Mi conjura fue personal y solitaria: sólo creo en la perdurabilidad de Roma; un hombre, cualquier hombre —hasta César mismo— es insignificante ante nuestra República. Cada hendidura que abrí en su cuerpo con mi puñal, representó para mí acabar con lo que ya era innecesario. Mi falta de vanidad y soberbia impedirá que me arrogue la intención de salvar a Roma. Solamente actué como Perseo, cortando la cabeza a la Gorgona: demasiados tentáculos no pueden abarcar todo el orbe. César había llegado demasiado lejos.


Casio, Catón…Cicerón mismo, deben ser desechados como instigadores o mentores de mi “tiranicidio”. La hetería de Casio con la pretensión de que me abstraiga de “las caricias y los favores del tirano”, jamás fueron escuchados por mí. Mi mano ejecutora “prosigue según virtud”. A todo el resto de la res publica le dejo la inútil especulación sobre mi acto. Me adhiero, sí, a lo que César decía sobre mí: “no sabe lo que quiere pero lo quiere intensamente”.


Quienes han visto Farsalia —y yo combatí allí para las huestes de Pompeyo— no podrían albergar la más mínima esperanza de un resurgimiento de la libertas. En ese enfrentamiento, a pesar de la exoneración de César a mi persona, comprendí que Roma y sus instituciones serían aplastadas tarde o temprano.


Han colocado en boca de César, cuando asesté mi puñalada en su ingle, una frase que no existió: “¡tú también, hijo mío!”. La versión es falaz. Si en verdad alguna frase hubiera pronunciado, habría sido: “¡hijo mío, por fortuna has sido tú!”. Él sabía que su muerte era necesaria si Roma estaba en su corazón. Ambos fuimos necesarios a la historia: yo debía ser el ejecutor; él, el ejecutado, para cerrar las heridas abiertas y las posibles gangrenas. Sin pretender ser cínico, afirmo que debíamos ser partícipes necesarios para cerrar la era cesariana.


César supo todo desde la noche anterior en casa de Marco Lépido. Cuando a cada uno le preguntaron cómo prefería morir, él respondió: “subitam et celerum”. Se podría, amada mía, todavía dudarsin vanidad de que ambos no éramos necesarios a la historia de nuestra amadísima Roma.


Tu amado esposo,


Marco Junio Brutus, pretor de Roma.


Liliana G.