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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Ni aquí ni allá

La lluvia cae sin cesar en esta tarde de octubre. Estás apoyada contra la ventana con la mirada perdida. “¿Cuándo parará?”, pensás. Un cielo tan negro que parece que nunca más va a asomar el sol. El sonido de su respiración a través del tubo de oxígeno es lo único que se oye en la habitación. Y sigue lloviendo.
Los libros apilados en su mesa luz… lo esperabas llegar y prepararse; en cuanto se encendía la lámpara de pie, te acercabas hasta la arcada de la sala y te sentabas en el suelo. Luego, lo mirabas acomodarse en su sillón estilo inglés y controlabas en silencio cada uno de los ritos que iba cumpliendo. Se calzaba sus anteojos, tomaba el libro, lo abría donde estaba marcado con el señalador de cuero que había sido de tu abuelo, y retrocedía una hoja antes de seguir avanzando en la lectura. Dejaba descansar sus piernas en el apoya pies, con sus dedos de la mano izquierda jugueteaba con su oreja y con la otra mano tomaba el libro por la parte inferior en forma de abanico. Te parecía que era tan feliz cuando leía. Sigilosamente te acercabas. A veces te sentaba en su falda y te pedía que no abrieras la boca hasta que él te avisara y vos finalmente te quedabas dormida acurrucada en su pecho.

“Papi, se te cayó el libro… ¡Pa!, el libro… ¡Papá!...”. ¡Qué joven él y qué niña vos!... Todos corrían, estaban asustados. Alguien te levantó, te llevó a tu cuarto y te dejó ahí llorando. Preguntaste tantas cosas a tanta gente y nadie te dio ni una sola respuesta. Nadie sabía y él casi no volvió a hablar. Las cosas son así… y ¡ya!
“Mientras lata su corazón…”, había dicho el médico. Vos llegabas del colegio y corrías hasta su cama, apoyabas tu oído en su pecho. Latía, y los delirios de la enfermedad comenzaron a aparecer… y vos lo acompañabas. Quedaste atrapada en su agonía sin fin. Pasaron los días, los meses, los años… su piel cada vez más gris, su olor cada vez más rancio. Te sentabas junto a su cama y leías, a veces para vos y otras para él. Un día lograste arrancarle una sonrisa “recitando” las rimas de Becquer. Y a partir de entonces esa poesía melosa, melancólica y hasta cursi, fue tu conexión… las oscuras golondrinas que colgaban sus nidos en los balcones y apedreaban el cristal de las ventanas…y las tupidas madreselvas que escalaban la tapia de los jardines…  Y latía.
Detrás de esa inmutabilidad desesperante, estás segura de que él libra batallas encarnizadas ya sea para volver o para partir.  Pero no puede, está atrapado en una franja como la de Gaza –así lo grafica siempre tu hermana–, no está aquí ni allá. Yacente: posición injusta, inútil, estúpida. Moribundo: estado ridículo, angustiante, patético. Te espanta la soledad que debe sentir quien está en un lugar que nadie habita. En algún momento de lucidez –muy escasos, pero los pocos que tuvo fueron tan certeros como escalofriantes–, un día, cuando lo ayudabas a comer, te tomó por la muñeca y, sin más, te dijo: “¡Qué difícil es morir, m’hijita!”. 
Te duele el cuerpo, intentás estirarte un poco. Tomás un libro de Cortázar, que quedó tirado en la cama, y volvés hacia la ventana. Nunca más volvió a leer, pero siempre quisiste que estuviera rodeado de libros. Muchas veces lo viste quedarse dormido abrazado a alguno, como lo hacen los niños con un osito o muñeco. De repente, un pájaro pega contra el vidrio, te asustás y el cuarto queda en total silencio. Girás violentamente, no más burbujas de oxígeno, te acercas, hasta pareciera que está sonriendo. “¡Qué bueno!, al fin paró de llover…”.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2013