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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Morir en mayo

El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte,

cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo. J. L. Borges

 

Cuando abrí los ojos no pude más que compadecerme de mí misma. En un instante supe que ya todo estaba echado. Mi suerte y mi desgracia se habían encontrado, definitivamente.

 

Las luces llegaban vagas y difusas, y la brisa helada contribuía a entumecer aún más mis piernas, heridas, lastimadas, doloridas.  Allí estaban, apenas a unos pasos, las luces de la casa de mi tía. Los olores se mezclaban: tierra, barro, sangre y pastizales con sabrosos misterios culinarios. Inalcanzables.


Esa misma mañana nos hablamos y la oí feliz, excitada y contenta. Tenía mucho para contarme. No podía hacerlo por teléfono. Me esperaba a cenar. Prometió prepárame mi postre favorito. Prometí quererla, un poco más.


Desde temprano rondaba en mi cabeza la idea de llamarlo, y casi lo hago. Tal vez más tarde. “Sí, cuando salga de la fábrica lo llamo”.
Toda la mañana soportando a la gorda. Esa mina que se cree que por ser la encargada es la dueña de todo. “Un día de estos me va a escuchar y va a tener que aguantar que le cante una cuantas”.


Por suerte, en el comedor estaban las chicas, siempre alegres y chistosas que todo le hacen pasar a una. Rosita contó que esta vez va en serio y que fijaron fecha con Ramón. Él es tan bueno y ella tan agradable que no pude más que festejar a los gritos por tanta alegría.


—¿Y vos? ¿Te arreglaste con el fulano? —dijo la Marta— Mirá que si no lo agarrás vos, se lo queda otra.


No pude más que sonrojarme y titubear la respuesta —No, todavía no. Tal vez lo llame esta tarde, no sé, vamos a ver.


El solo hecho de imaginar su voz, lograba chispazos en mi alma y, para qué negarlo, mucha incertidumbre. ¿Habrá pensado en mí todo este tiempo? ¿Tendrá ya una nueva novia?


Cacho me contó que lo vio la otra noche, caminando por la avenida, solo, con su perrito, y que se le acercó y le preguntó por mí. Me mandó un beso. Un beso… Casi me desmayo.


—Hoy no voy con ustedes a la salida, voy a tomar el 79 a San Vicente. Me esperan en la casa de mi tía.


Aún con la sirena sonando, fiché y en un tris ya estaba en la calle. Pasé por lo de doña Elena y le pedí dos pesos de esas galletas que son tan ricas para el mate. Si llego temprano, vamos a poder matear un rato, seguramente. Al llegar a la esquina tuve que correr para lograr subir al colectivo, que se llenó, como todos a esta hora. Hora pico que le dicen.


No imagino qué será lo que tiene la tía para contarme. No quiso adelantarme nada, pero qué contenta se la oía esta mañana.


Por fin me siento. El viaje es largo y los pies no son ajenos. A mi lado, el muchacho que ya estaba sentado me observa, me recorre con su mirada. Logra inquietarme. Lo miro. No lo conozco.


Casi adormecida, reconozco la esquina y de un salto llego a la puerta para no pasarme.


—Disculpe ¿qué calle es esta? —me increpa el muchacho que saltó detrás de mí también hacia la puerta —Lorenzini —le indico— Gracias, aquí tengo que bajar también—dijo.


Ya está anocheciendo. Aún tengo que caminar 10 cuadras y cruzar la estación. “¡Qué temprano anochece en otoño!”.  
La gente va llegando a sus casas, y las calles se observan desoladas.


Al cruzar una calle, me pareció ver a alguien ocultarse detrás de un árbol. Apuro el paso. Ahora siento sus pisadas demasiado cerca.

Decididamente corro. Inicio una carrera sin siquiera voltear mi cabeza para no perder tiempo en el movimiento. Confirmo que sus pasos, ya sin disimulo, se han lanzado en mi misma dirección.


Ya casi en el descampado previo a la estación del tren, distingo la casa de mi tía y sus pasos se sienten aún mas cerca. Respiro agitadamente. Tomo aire a bocanadas. Consigo dar dos trancos que me ayudan a trepar el terraplén cuando siento su aliento y sus manos alcanzando mi cartera. Caímos ambos. Desde el suelo forcejeamos y pude reconocer su rostro en aquél que me inquietaba en el viaje. Su mirada, sin verme, me traspasó el alma, al igual que su navaja lo hacía en mi vientre y en mis costillas repetidas veces.


Grité… o creí hacerlo. Pero a la vez supe que mi silencio se fundía con el frío paisaje de mayo.


Sin ninguna posibilidad de hacerlo, quise moverme, pero el fuego que emanaba de mis heridas, paralizaba mi voluntad, calentaban mis ojos y enrojecía mi vista, con la que apenas distinguía sombras y un movimiento como que estaba siendo arrastrada. Ya sobre las vías, pensé en el beso y recordé que no lo había llamado.


Quise resistir a la penumbra que invadía mis sentidos desesperadamente.


Pero mi suerte estaba echada y el tren, a lo lejos, me invitaba a un eterno e irremediable viaje.


Laura de la Peña