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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Mes Petites

Mes Petites
Después de almorzar, como es su costumbre, se echa en su lit de repos a leer el diario. Es miércoles –recuerda– hoy vienen mes petites a tomar el té. Martina y Josefina, son las nietas que Mamen –como la llaman todos– recibe una vez por semana y las tres disfrutan muchísimo de estos encuentros. Las primas tienen la misma edad, son compañeras de colegio y también son muy amigas.
Carmen Rivarola de Ortíz Guerrico, tiene 78 años y habita un precioso departamento sobre la avenida Libertador, donde se mudó una década atrás, después de la muerte de su marido, en compañía de su fiel servidora Adela. Nacida en el seno de una familia acomodada, esta mujer alta, delgada, distinguida e irreverentemente elegante ha tenido una vida plena y llena de oportunidades que sólo unos pocos pueden acceder.
Sin embargo, no todo ha sido color de rosas para ella: sufrió la pérdida de su madre y de su única hermana el mismo año con una diferencia de pocos meses antes de cumplir sus quince. Jugando al polo, muere su hijo Martín a los veinte años y, tiempo después, fallece de un paro cardíaco en medio del campo, su adorado Manucho, compañero de siempre. “Dios así lo ha querido”, se le ha oído decir con devota resignación cristiana.
–Adela, yo creo que podemos poner la mesita de arrimo en el balcón así aprovechamos estos días maravillosos de marzo.
–Por supuesto, Madame, eso mismo había pensado yo. Ya tengo en el horno cocinando la torta de chocolate que tanto le gusta a Martina y está preparado el budín de naranjas que le encanta a Josefina… ¡Ah! Y no se olvide de preguntarles cómo les fue en el examen que rendían hoy.
–¿Cuál examen, querida?
–¿No era algo de historia?... usted les estuvo explicando la semana pasada…
–¡Mais oui! La revolución francesa. Merci, Adela, no sé qué haría sin vos, siempre tan pendiente de todo y de todos… Me imagino que te habrás ocupado de comprar las bebidas que toman las chicas, ¿no?
–Sí, Madame, por supuesto, en unos minutos voy a poner la mesa.
–Por las dudas, prepará té suficiente porque Martina a veces toma. Ahora yo voy a cambiarme, por favor, avisame cuando lleguen las niñas.
Ya en el cuarto, entra a su vestidor desde donde sale un suave aroma a vainilla –su fragancia favorita- y sin pensarlo mucho elige un pantalón tostado, un suéter de hilo de cuello alto al tono y unos zapatos negros, con muy poco taco que hacen juego con el cinto de cuero del mismo color. A lo lejos oye la voz de Adela que la llama; las niñas deben haber llegado, dice para su adentro.

–¡Alo! ¡Alo! ¿cómo están mes petites? –entra a la sala saludando mientras recibe un beso de cada una.
–Hola, Mamen, sorry que llegamos un poco tarde, pero el bondi no llegaba más –dijo Martina algo agitada.
–Cuando es así, la llaman a Adela que ella les manda un auto a buscarlas…
–Si mamá se entera que nos mandás a buscar en un taxi, nos mata… no te preocupes que está todo bien –acota Josefina.
Bon, allez, allez, que ya está el té –la abuela guía a sus nietas hacia el balcón. Una vez sentadas, Mamen les pregunta cómo les fue en el examen.
–A mí maso, me tocó el tema más difícil, en cambio Jo tuvo una suerte bárbara… igual estoy rebien con la nota, me tendría que sacar un uno para llevármela y ni ahí… zafo seguro.
–C’est bien, pero, ¿no será, Martina, que, según me contaron, hay un pretendiente que no te deja estudiar?
–¡Mamen!, prete… ¿qué?... ¡Nada que ver!...
–Mmmm, me parece que a mi petite, alguien le robó el corazón… En mi época se decía pretendiente o fiancé… ¿cómo es ahora… novio?...
Interviene Josefina aclarando que no se dice novio… ahora es estar saliendo con alguien.
–Mamen, hagamos un pacto, te cuento un toque, pero please, no le decís a nadie, ¿dale?
D’accord, cheriela bouche fermée.
Tímidamente, Martina, comienza su relato: “es un chico relindo, va al Saint James School y lo conocí en un partido de hockey. Él nos estaba mirando porque su hermana jugaba en el equipo contrario… termina el partido y siempre las que ganan invitan a las otras al bar y tipo que hablamos y tomamos agua. Bau estaba con unos amigos y se mandaron al bar y justo, Pili Zárate conocía a uno de los chicos y, bueno, se pusieron a hablar. Nosotras en un principio, nada que ver, hasta que”…
–Bueno, Martu, –interrumpe Josefina– no es que nosotras nada que ver, a vos te encantó desde el primer momento igual que Agus que estaba a full con Joaco…
–Esperá un toque, Jo, dejame que estoy contando yo. Además, no es que me fascinó en cuanto lo vi… dejame que siga…bueno, en un momento, tipo que quedó al lado mío y medio que nos pusimos a hablar. A mí me daba no sé qué, porque él estaba todo perfectito y yo después de jugar un partido estaba sucia, rechivada, con el pelo horrible. Me pidió el número de móvil, se lo di y al principio medio que chateábamos…
–Ajá, ça va –intervino Mamen– decime algo querida, ¿cómo es esto de escribirse por los teléfonos?... ¿no es algo un tanto impersonal?... Yo creo que debería haber un poco de galanteo, ¿no?...
–Lo que pasa, Mamen, es que nos estamos conociendo…
–Y ¿cómo creen que se conocen las personas?... a ver digan… se supone que hablando, mirándose a los ojos… y esto, mes petites, no tiene que ver con las épocas… ¿cómo saben lo que la otra persona siente si no se ven? Yo entiendo todo esto de los mensajes, del chat, del facebook, del e-mail, es muy cómodo, muy divertido, están comunicados todo el tiempo, pero, ¿saben lo que realmente le pasa al otro?
Esta vez es Josefina la que toma la palabra. Todo bien, Mamen, pero ahora es así. No es como en la época de mamá que no existía el celu, y ella nos cuenta que se quedaba pegada al teléfono esperando a que papá la llamara para salir y cuando los teléfonos no andaban se quería matar. ¿No es mucho mejor ahora que te pueden ubicar en todo momento?… y cuando conocés a alguien, le das tu celu o el mail y estás on line al toque.
–Comprendo perfectamente, todo ha cambiado mucho… contame cómo se llama tu amigo.
–Bautista Anchorena –respondió Martina.
–¡Oh la la!, ¿no será hijo de Carlos María Anchorena?
–Ni idea, Mamen.
–Pero, Martina, hija, ¿cómo no sabés quiénes son los padres? ¿su madre cómo se llama?
–No lo sé… todavía no hablamos de tipo nuestros padres y esas cosas…
–Pichona, y vos, –por Josefina– ¿cómo van tus cosas… hay algún galán en vista?
–No, Mamen, nada que ver –contesta algo molesta.
Sorry que me meta –dice su prima –pero si no tiene es porque ella no quiere… no sabés Mamen la cantidad de chicos que mueren por Jo…
–¡No digas pavadas, please!
–¿Perdón?, no son pavadas… lo que pasa es que vos no le das bola a nadie… pero hay un montón de tipos a full con ella, Mamen, te juro…
–¡Basta, Martu! No le creas, Mamen…
–Yo creo que Martina tiene razón… debe haber pilas de jovencitos haciendo cola para cortejarte querida, pero bueno también es cierto que si todavía no hay alguno que te guste, no tenés por qué obligarte a que eso suceda…
–Después le voy a decir a Adela que el budín está buenísimo –dijo Josefina cambiando radicalmente de tema.
Oui, oui, díganle algo que a ella le encanta.
El sol comienza a caer y la visita llega a su fin. Las chicas se despiden de su abuela y por la hora, aceptan que Adela les pida un auto para volver a sus casas. Mamen se ocupa de llamar a cada una de sus nueras para avisarles que las chicas ya dejaron su casa.
Como todas las noches le pide a Adela que le prepare un plato de frutas –en invierno cambia por sopa– y que se lo lleve al escritorio. Mientras come sonríe, seguramente recordando pedacitos de la conversación que tuvo con sus nietas. Prende un rato la televisión, busca algún noticiero, apenas si lo mira y apaga. Se acerca hasta la cocina, le da las buenas noches a Adela. Ya en su habitación y lista para meterse a la cama, abre un cajón de su mesa de luz, saca el misal, busca las fotos de Manucho y Tincho, las toma de entre las hojas, con profunda emoción las aprieta fuerte contra su pecho, reza un Padre Nuestro, les da un beso a cada uno y murmura: “A demain, mes cheries”.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014