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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Malas noticias

“Sí, resulta que me estaba engañando y no te imaginás de la forma en que me enteré”. Mezcla los dos colores temiendo por el menjunje de incierto resultado que está preparando. (Me está por contar el momento que se enteró que es cornuda del cual tengo, al menos, tres versiones). “Yo llegué a casa y estaba la puerta con el pasador por dentro, lo cual es raro, porque a esa hora no hay nadie en casa”. Mira de refilón el color del cabello de la señora que está al lado y ruega que la mezcla sea la adecuada. (Y, sí. La última en enterarse siempre es la esposa, eso es un hecho, igual me tengo que hacer la sorprendida). “Me viene a abrir Albert y me pregunta <<¿Qué hacés acá?>> Claro, yo tenía que volver del trabajo tres horas más tarde”. Empieza a colocar la pasta con la pinceleta y se encomienda a la virgen. El dueño no está, y mintió cuando dijo que tenía anotado el tono que tenía que preparar. (Pobre infeliz, como si ésta hubiese sido la primera vez que el marido la cuernea, ¿hasta cuándo se aguanta una cosa así?) “Y ahí le digo <<abrime, Albert, dale que estoy descompuesta, por eso vine antes>>. Y todavía le comenté <<¡qué raro vos a esta hora!, pensé que estabas en el estudio, si sabía te decía que me vayas a buscar con el auto>>. Mirá si seré estúpida”. Respira tranquilo porque la mezcla va cubriendo los distintos mechones, huele como tiene que oler, se ve como se tiene que ver y así sigue adelante. (¡Pobre Estela! En la propia casa y todo, hay que estar también…). Quiere pensar que lo que sus ojos ven no es cierto: la pasta sobre el cabello estaba tomando un color verdoso. Siente que el corazón le estalla en la garganta y se afloja el cuello de la camisa. “Entré a casa, Albert estaba blanco, como si le estuviera por bajar la presión y me atajó <<mirá hay una chica de mi trabajo, que vino a revisar unos contratos>>, pero la voz le temblaba tanto y estaba tan nervioso que ahí me di cuenta”. (¿Sabrá ya que esta chica es la hija de uno de los dueños del estudio y que él como no da puntada sin hilo se la levantó calculando cada movimiento para que lo terminen haciendo socio?). No le queda otra que pedirle a la señora que mejor vayan para el sector de lavado, que el color no está tomando bien. “Y bueno, entonces la chica que se estaba acomodando la ropa y estaba colorada como un tomate, empezamos a discutir todos, se pudrió todo, no sé ni qué dije o hice, la verdad”. (¡Por Dios, Estela, tenés el pelo verde!) Y el grito se escuchó en toda la peluquería.

Marilú Ferro

Copyright Marilú Ferro. Julio 2013