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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Las traiciones permitidas

Salir a tomar algo con su prima Gisela era asomarse a un mundo oscuro, a un abismo insondable que le daba miedo. Nunca habían sido amigas íntimas pero la suma de soledades terminaba, a veces, por arreglar un encuentro que siempre esperaba divertido pero que inevitablemente le dejaba un sabor amargo.

Cuarentona y con muchos hombres, generalmente más de uno a la vez, denostaba la vida en pareja y afirmaba ser feliz como estaba: “el sexo sin amor es mucho más satisfactorio que estar atada a alguien”, decía desprejuiciada y sonriente pero sus ojos decían otra cosa. Era como una compulsión, no podía dejar de coquetear con cuanto macho se cruzara en su camino: compañeros de trabajo, novios de amigas, jefes, el mozo que las atendía en el restaurant; todos eran sometidos a la prueba de su seducción y cuando lograba que se engancharan con sus frases de doble sentido, se sentía satisfecha. Y cuando eso fallaba no dudaba en emplear armas más atrevidas como un contorneo provocativo de caderas o una mirada gatuna. Y si aún así la víctima ocasional no respondía, no dudaba en declarar: “este es puto”.
Carcajada fácil y ruidosa, vivía haciendo comentarios divertidos en Facebook sobre su vida feliz y sin problemas y se enorgullecía de tener casi doscientos amigos en esa red social. Sin embargo, llegaba el fin de semana y debía afanarse en buscar en su agenda, nombre tras nombre, a alguien disponible para compartir un rato o aunque sea para charlar una hora por teléfono.
Nunca supo si la oscuridad de su mirada se debía al color de sus ojos o a las traiciones y misterios que intentaba ocultar. Y esa oscuridad se reflejaba en su cabello, en los tonos que elegía para vestirse y hasta en los comentarios sarcásticos que hacía sobre la vida de los demás, mucho más mediocre que la suya, claro.
Su objetivo era sentirse bien y para ello no escatimaba excesos. Siempre se la veía fumando cigarrillo tras cigarrillo o exagerando el consumo de alcohol, hasta en las reuniones laborales. Incluso recurría a la marihuana con bastante regularidad y a las pastillas para adelgazar, para dormir, para no estar cansada, para no deprimirse. “Pastillas para no soñar, como dice Sabina”, le explicó cierta vez.
Y no tenía dudas: si era para su beneficio, todo valía. Nunca la vio arrepentirse por robarle el novio a una amiga. Nunca la vio titubear ante la posibilidad de pasar una noche con una ex pareja si su actual novio salía con amigos y ella se quedaba sola. “Por las dudas, mirá si éste se fue con otra y no con los amigos; yo tengo que tener mi banco de suplentes”, reía.
Sus finanzas eran un desastre: tarjetas colapsadas, créditos personales para tapar deudas, préstamos de amigas que tardaba meses en devolver. Nunca supo en qué gastaba la plata: no tenía casa propia, usaba ropa descartada por amigas que habían adelgazado, no salía mucho. Pero la plata se le esfumaba.
No supo que fue de su vida. No la volvió a ver desde que una de sus permitidas traiciones le tocó. Supone que debe seguir buscando por el mundo la paz o el amor que nunca tuvo o que no supo conservar. Ya ni siquiera le preocupa.


Victoria Nasisi