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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Las hamacas voladoras

(Recreación del cuento Las hamacas voladoras de Miguel Briante)

Las hamacas ya van bastante rápido. El pibe que las maneja alguna vez explicó que el máximo de velocidad lo alcanzan cuando llegan al punto diez y ya están en el punto seis de velocidad. La vieja gorda del sombrero está un poco asustada, se le nota en la cara, tiene los ojos semicerrados, no sé si por el reflejo del sol que le molesta o por el miedo que le causa no poder apoyar los pies sobre la tierra.

El viento sobre la cara causa una sensación de libertad indescriptible, la que siempre siente la rubiecita que abre los abrazos como si quisiera abrazar la ciudad. Su cabello vuela en todas direcciones y brilla, no parece importarle el despeinarse ni el verse desaliñada, su corta edad aún le permite estos placeres sin preocuparse por los más mínimos detalles que la muestren perfecta. El brillo de sus ojos, su piel tersa, los colores de sus mejillas son indicadores de juventud y frescura; su temeridad y falta de preocupación ante el peligro, también.
La vieja siente envidia: sus cachetes tiemblan con el movimiento de las hamacas y se ven viejos y arrugados. “Quisiera tener la edad de esta chiquita”, piensa. E intenta por todos los medios que su sombrero floreado, a tono con su vestido azul, no se vuele. Pero el viento, como la naturaleza toda, se muestra cruel con ella y se lo quita. Sus rulos teñidos, antes tan prolijamente acomodados bajo el pedazo de tela, se desparraman en todas direcciones. “¡Mierda!”, exclama, sin poder contener su furia. “Parezco una vedetonga retirada queriendo parecer una adolescente”.
Comparar a las únicas dos mujeres que están haciendo uso del juego puede ser un entretenimiento despiadado. La jovencita adorable y la mujer gastada que añora volver a ser lo que fue. El pibe que mueve los engranajes de las hamacas aumentando la velocidad ni siquiera las registra. El hombre mayor que se encarga de vender los boletos las mira desde abajo, sin ser conciente de la frustración que la vieja experimenta al sentirse observada.
“El mundo contra mí, así no lo voy a atraer nunca”, piensa la mujer. Hace varias semanas que se acerca a la boletería con la intención de atraer la mirada del bigotudo que atiende obsequioso a los clientes. El pibe que maneja las hamacas la viene observando, domingo tras domingo y ha avisado al boletero de la presencia de la posible candidata. Pero recién este domingo, la gorda se animó a vestirse con sus mejores galas, a maquillarse, quizás en exceso, a calarse el ridículo sombrero floreado y a treparse a una de las hamacas voladoras con el objeto de ser mirada, tal como ella quiere.
No obtiene el resultado esperado y eso la enoja. La enoja el paso del tiempo, la inevitable comparación con la joven despreocupada, el viento que la despoja de su sombrero y la luz terrible del sol que deja en evidencia sus arrugas, sus kilos de más, su maquillaje exagerado, su pelo teñido. Su estrategia, cuidadosamente planeada se ve arruinada por la presencia de una niña sonriente que atrae las miradas de todos los presentes.
“Quisiera salir volando con este aparato, lo único que me falta es que cuando quiera bajarme, se me atore el culo gordo”, masculla en voz baja. El sonido de la música del parque y la vista inmensa de la ciudad desde la altura en la que se encuentra le son indiferentes. Cada vuelta es una mirada obligada hacia donde está ubicado el boletero y cada mirada le devuelve la imagen de un tonto embelesado, pendiente de la jovencita espléndida.
“Viejo verde y baboso, evidentemente es poco para mí”, se consuela. Y cuando las hamacas se detienen, recompone su orgullo herido y se baja indiferente, caminando con la cabeza alta, decidida a no salir más un domingo en busca de una aventura que parece que a su edad ya le es esquiva.

Victoria Nasisi


Copyright Victoria Nasisi. Octubre 2012