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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Las hamacas voladoras

Algo le hizo cambiar el gesto, sintió un leve mareo y pensó que se estaba moviendo algo fuerte. Su cabello rubio comenzó a flamearle y cuando tenía el viento de costado parecía incrustársele en la cara. Las personas que estaban abajo, especialmente su madre que ella había tomado como un punto de referencia, empezaron a borronearse. Había tenido que esperar a cumplir los diez años para poder subir a las sillas que vuelan, como ella las llamaba. Su madre le permitía acudir a casi todos los juegos del parque y uno de los prohibidos era justamente el de las hamacas, el que más le gustaba. Imaginaba que la sensación de volar sería única y quería experimentarla. Su madre le había dicho que iba a poder subir cuando tuviera diez años. Fue así que esperó pacientemente y cada vez que iban al parque ella se paraba tras la baranda y observaba fascinada las sillas elevarse y volar una y otra vez.
Cuando lo miraba de abajo le parecía que las hamacas no iban tan veloces y que la gente disfrutaba de esa sensación de  estar suspendida en el aire. Porque era eso, imaginaba que podría flotar… pero esto no tenía nada que ver con aquel parecer, lejos de causarle placer comenzó a invadirla cierto temor. La vieja que tenía adelante dejó de sostenerse el sombrero con la mano para apretarlo contra su pecho y oía al gordo que iba en la silla de atrás que profería unos sonidos raros, como si gruñera. Antes de subir vio que el viejo que siempre manejaba la palanca se quedó en la boletería… “¿será por eso que esto gira más rápido de lo que imaginaba?”, se preguntó algo preocupada.

Ahora su pelo, como una mata compacta, se sacudía de un lado al otro sin control alguno. Ya no le importaba su apariencia, su atención estaba centrada en medir la extraordinaria velocidad que iban tomando las hamacas. Del susto pasó al miedo cuando notó un nuevo respingo. Tuvo la sensación que iba a chocar con la silla de adelante y que el gordo que tenía detrás terminaría encima de ella. Pudo distinguir algún movimiento en la boletería, como si el señor saliera y se pusiera a hacer señas. También oyó un leve crujido en la base central de donde cuelgan las hamacas. Todo esto la llevó a un estado de casi pánico.
Esto ya es suficiente… ¡por favor que pare!, rogó para sus adentros cuando su silla pegó un nuevo y violentísimo envión. Sintió que las cadenas llegaban a ponerse de manera casi horizontal en un girar casi paralelo al piso.  Lo que hasta hacía unos instantes eran puntos representando las personas que estaban abajo, pasó a ser una gran mancha uniforme. El gordo a sus espaldas no paraba de gritar improperios. El manchón abajo era cada vez más grande y las voces llegaban cada vez más fuerte. Se oía como un motor a punto de estallar y se sentía que la tensión de las cadenas podía romperse en cualquier momento.
Un poco más y el desastre total. Las cadenas se enredaban entre sí. El mismo demonio se había adueñado de la palanca. Movimientos totalmente descontrolados, gritos cargados de angustia y desesperación. Su cadena no pudo más, cedió y la silla salió disparada. Pareció derrapar en el aire. El estómago quería salírsele por la boca. Los ojos muy apretados. Los sonidos iban transformándose en ecos lejanos. Y volvían. Un zumbido, cada vez más cerca, cada vez más fuerte. Antes del estallido final aquella carcajada fatal.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014