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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

La verruga detrás de la oreja izquierda

El relato de Tardewski sobre lo que le había contado Bartolomé Marconi, no hizo más que confirmar que quien fracasa sólo ayuda a fracasar.
Volví al hotel tratando de entender y de meterme en el espíritu de Marconi, de un seudo poeta que, según nos contara él mismo a mí y a Tardewski, soñaba sus poemas y se alcoholizaba para escribirlos. Tardewski lo catalogaba: una especie de personaje local. “Roberto Arlt escribe como el culo”, había afirmado Marconi durante una discusión que habíamos mantenido un rato antes. Es quizás en este punto donde me di cuenta la tragedia de lo que es caer en manos de personas como Marconi que se piensan que son váyase a saber qué y no pueden ver más allá, se estancan en la superficie de creer que alguien escribe mal, el gran Arlt según su escasa visón, porque su pluma no es pulcra y prolija. Corazones avaros, que como el perro del Hortelano no comen ni dejan comer.
Estimado Marconi:
Para decir las cosas, en ocasiones, es mejor tomar una hoja y volcar en ella los pensamientos y sentimientos que siempre estarán mejor expresados a decirlos cara a cara. De las tantas cartas que recibís, seguramente, no sea ésta la que más esperes y lo digo en todos los sentidos. No creo que sea de tu agrado, no es el tipo de correspondencia que estás habituado a recibir y, mucho menos, será fuente de inspiración para tu producción poética. “¿Qué querrá decirme este tipo?”, es lo que te estarás preguntando…
Voy a comenzar con un pensamiento del polaco Stanislaw Lem: ”Un sueño sólo puede triunfar sobre la realidad si se le da la oportunidad” y aquí voy… He tomado conocimiento de tu detestable, indigno y repudiable accionar frente a la supremacía reconocida del arte ajeno. Esa mujer que te deslumbró con las cartas que te enviaba por su perfección literaria no merecía de ninguna manera, que la convencieras de su insensatez de intentar dedicarse a la literatura. Tanto llamó tu atención la belleza de su escritura que fue a la única que respondiste de todas las cartas que te mandan. Sin embargo, aunque lejos de alentarla no hiciste más que menoscabarla, te contestó. Y fuiste más allá.

Una tarde, algo borracho y bajo los influjos de los cuartetos de Beethoven que te ponen en un estado de ánimo particular y queriendo alguna vez escribir algo que al leerse suene como esa gran melodía (y nunca lograrás), quisiste conocerla. La hiciste ir hasta tu casa para, luego de cuatro horas, terminar diciéndole que lo mejor era que continuara bordando manteles.

La describís como una mujer feísima, un monstruo. Ella se reconoce como tal y te habla de su vida que define: “tan abominable como mi cuerpo”. Convencida de que la literatura sólo puede construirse con la trama de la vida, presiente que nunca podrá dedicarse a ser escritora, lo cual vos ratificás con total impunidad y sin la mínima piedad. Todo esto, Marconi, lo sostenés porque si una sola frase escrita por esta mujer se hubiera publicado, vos, “señor poeta”, nunca más hubieras escrito ni un verso. No sé si corresponde o no que yo esté repudiando tus actos pero no puedo hacer oídos sordos ante tanta mezquindad, sordidez… ¡Por Dios, cuánta necedad!.. (el más irreparable de todos los vicios, según Baudelaire), que no permite que esta mujer muestre su belleza. Pero, claro, es una belleza oculta, reprimida que hay que ayudar a destapar y con tipos como vos no se puede contar. “La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”, dice el Maestro Borges…   Ni sueños, ni literatura, ni oportunidad para quien tiene la desgracia de pasar por el tamiz de los fracasados como dice nuestro amigo en común y coterráneo de Lem, Tardewski.
A esta altura ya te habrás dado cuenta de por qué elegí escribirte en lugar de decirte todo esto en la cara, ¿no?... ¡Eso!, sí para evitar que perdieras la dentadura. Vos, tus sonetos, tu mediocridad y tus fracasos se pueden ir bien a la mierda.
Emilio

Cuando nos dirigíamos al club donde me había relatado la historia de Marconi y la mujer monstruo, Tardewski me había confesado, elaborando más un discurso filosófico que otra cosa, su fascinación por los fracasados. Personas con muchos dones, describía, que no explotan esas virtudes sino que las destruyen. Él sentía inclinación por este tipo de personas, especialmente los que circulaban en los ambientes intelectuales. Relataba Tardewski que cuando era joven, en Polonia, él se acercaba a este tipo de personajes porque los veía como si fueran sabios. Me habló de un hombre eternizado en la universidad, que había abandonado los estudios de matemáticas faltándole poco para graduarse, que había dejado a su novia plantada en el altar, que no veía mérito especial en realizar nada. Una noche, contó, se encontraban los dos en un bar. Tardewski mostró interés por una mujer que estaba sentada en la barra. ¿Se ha fijado en su oreja izquierda?, dice Tardewski que le preguntó su amigo. ¿Oreja?, sólo veo sus hermosos ojos azules, sus cabellos rubios, un rostro precioso, respondió a su acompañante. Pues, mire la verruga detrás de su oreja. El conocimiento destructivo, concluyó Tardewski. Grandes saboteadores del ímpetu de los demás.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014