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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

La Llorona

Andrea y Roxana eran amigas inseparables, pasaban prácticamente todo el día juntas, yendo de un lado a otro, de un juego a otro, de una ilusión a otra. Hasta que entrada la tardecita sucedía lo que no deseaban, sus madres las llamaban una y mil veces hasta que al fin lograban separarlas y que cada una volviera a su casa. Claro, la casa de ambas estaba en la misma cuadra, y hasta en la misma vereda, ni siquiera había que cruzar la calle. Y era así que iban y venían todo el día. Imagínense, en un pequeño pueblo del interior, y hace casi 30 años atrás, no era raro ver a chicos de 4 ó 5 años andando solos.

En las mañanas pasaban de jugar a la maestra a saltar a la soga. Por la siesta todo había que hacerlo en silencio, para no despertar a nadie, era un momento sagrado. Obviamente Andrea y Roxana odiaban la siesta, y más cuando sus madres las obligaban a dormir, ¡era lo peor!, por eso siempre pergeñaban algo para poder quedarse juntas y evitar dormir, por supuesto sin hacer ningún ruido.
Por aquel entonces los días pasaban sin más, pasando, sin apuro, pasaban los veranos con sus carnavales y los inviernos con sus fríos y sus lluvias.
Andrea y Roxana solían viajar con su imaginación muy lejos del pueblo, hacia lugares extraños, con nombres extraños, que no figuraban en ningún mapa. De vez en cuando se veía interrumpido ese viaje con un grito de "¡a comerrrrr!" o "¡a bañarseeee!", pero después el viaje siempre seguía.
Como en todo pueblo, en éste también había muchas leyendas, o cosas que decía la gente que se iban transmitiendo de generación en generación, siempre agregando algo al relato para hacerlo más interesante. La cuestión era que nadie sabía qué era y qué no era verdad.
Andrea y Roxana no estaban ajenas a esta situación y vivían a diario un hecho que les llamaba poderosamente la atención e infundía en ellas un gran misterio. Durante el verano, como los días eran más largos, las dejaban jugar hasta más tarde, hasta esa hora justa en que el sol se ponía por detrás de los árboles y ya no se distinguían las casas del otro lado de la estación. Justo en ese momento, cuando ya estaba oscuro y los miedos de la noche acechaban a los niños, justo ahí, se escuchaba el "¡hora de ir adentro!", era el llamado inevitable, inoportuno en más de una ocasión, al que le seguía un "¡hagan caso o viene la llorona!". La "llorona", el misterio más grande y más extraño que Andrea y Roxana hayan conocido, a pesar de su corta edad, estaban totalmente expectantes y ansiosas por descubrir que habría de cierto en eso de "la llorona". Hasta que una de esas tardecitas, jugando a la mancha en la vereda, mientras hacían caso omiso al grito de sus madres que las llamaban, sucedió...
De repente brotó de la nada ese misterioso y desgarrado llanto, las niñas quedaron paralizadas, sus miradas se cruzaron en una mezcla de miedo e incertidumbre, no era su imaginación, ese llanto lejano y triste flotaba en el silencio del pueblo, apenas pudieron llegar adentro de la casa, parecía como si una fuerza extraña no las dejara caminar.
El sol despertó al día siguiente como todas las mañanas, las amigas aún no podían creer lo ocurrido la noche anterior, ¿era una leyenda con la que sus madres las asustaban o realmente existía el llanto de aquella mujer?  Quién podría saberlo...
Y llegó de nuevo la tarde y cayó el sol, y otra vez la nochecita avisó que era hora de ir adentro... y de nuevo se escuchó ese llanto extraño, lejano pero nítido.
Y así, cada tarde de ese verano, a la hora justa en que el sol se ponía por detrás de los árboles, el misterioso llanto se escuchaba, avisando que era hora de volver a casa. Andrea y Roxana jamás olvidarán ese sonido, quizás porque marcó una etapa de su infancia, o quizás simplemente porque nunca pudieron explicarse si era real o sólo era parte de su inmensa imaginación.


A. P.