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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

La hora de la siesta

El aire caliente de la siesta sofoca, casi no deja respirar. Las calles del pueblo, como siempre a esta hora, se ven y escuchan desiertas: nadie es tan imprudente como para alejarse de la piadosa sombra y del aire fresco de los ventiladores que ronronean en cada una de las casas.

Sin embargo, allí está ella. Camina apurada, con la vista fija en la esquina que parece lejana, haciendo resonar sus tacones sobre el empedrado que se percibe tembloroso por el efecto del calor. Una musculosa roja, ajustada y húmeda por la transpiración se mueve sobre su pecho agitado. El cabello, que cae sobre su espalda, también está algo mojado y desgreñado.
Intranquila, cada tanto eleva su mirada hacia las ventanas de las casas que la rodean, como buscando testigos indeseados de su prisa y de su ansiedad. Cada vez que confirma que nadie la está observando, que todos los postigos están cerrados para intentar evitar que el estío entre en los hogares, respira un poco más serena.
Pero es evidente que algo la altera. Sus manos están vacías, no lleva cartera, ni teléfono móvil, tampoco algo de dinero que indique que se dirige a hacer alguna compra urgente. Va hacia algo o hacia alguien que la inquieta, que no ha dejado que tome una siesta fresca como todo el pueblo está haciendo, que la obliga a transpirar y mirar a su alrededor, casi aterrada. Parece que llegar a esa esquina es un destino inexorable al que se dirige sin tener otra opción.


Victoria Nasisi