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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

La ciudad telaraña

Si queréis creerme, bien. Ahora os diré cómo es Ottavia, ciudad telaraña, que apresa a sus habitantes cual insectos y no los deja partir.
No sé bien si esta pequeña ciudad atrapa por el calor pegajoso que se desprende del río que bordea su avenida principal o por algún antiguo hechizo promulgado por su fundadora, que tenía como único objeto en la vida construir una urbe donde todo gire a su alrededor.

La plazoleta principal, un círculo perfecto. De él se desprenden las callecitas polvorientas, determinando diagonales que se entrecruzan con caminos perpendiculares, una y otra vez. Cuenta la leyenda que el arquitecto que diseñó su plano padecía aracnofobia y que intentó, a través de su obra, terminar con su vergonzante temor.
El sofocante aire que se aplasta sobre las casas del poblado no permite respirar con facilidad. Si observáis a los moradores de Ottavia con detenimiento, podréis detectar signos del fastidio que el clima les causa: hombres que desabrochan el primer botón de la camisa, trocando elegancia por alivio; jóvenes que intentan, a través del uso de vestidos livianos y de colores claros, huir de los rayos solares; matronas jadeantes, con síntomas similares a los del asma pero sólo causados por la crueldad del aire caliente.
Estoy convencido de que es una ciudad desde hace siglos dormida por un encantamiento. Las ventanas y puertas de sus casas siempre permanecen cerradas, intentando actuar de barrera ante el calor, el polvo y los mosquitos. Tarea inútil, los tres males de Ottavia parecen invencibles.
Sólo parece haber vida en tres puntos del lugar: en el mercado, muy temprano cuando las mujeres despliegan su colorido y sus charlas mientras acumulan provisiones y la tan urgente agua; en la única escuela del pueblo, donde niños acalorados luchan con el sopor y con las matemáticas, a cual más endiablado. Y en la vieja iglesia, claro, pero sólo los domingos, cuando el temor a ser tildados de herejes o pecadores, lleva a todos los fieles a inclinarse ante un Cristo de madera que parece burlarse de su padecer.
De mis intercambios con los octavianos he obtenido una frase en común: “nuestro destino es vivir y morir en la telaraña, nadie puede escapar de ella”, repiten. Según sus relatos, en todas las generaciones hubo jóvenes que intentaron rebelarse ante ese mandato. Algunos se marcharon a poblados vecinos a intentar torcer la fortuna, los más animosos y pudientes viajaron hacia provincias alejadas e incluso a algún lugar del extranjero.
Ninguna estrategia da resultado. El extraño conjuro de las casitas blancas, las calles tapizadas de polvo y el sopor siempre los trae de regreso. Una novia que espera, unos padres ancianos que reclaman, una posibilidad cierta de ejercer un oficio entre gente de confianza… nunca falta el motivo para retornar. Y cada uno de ellos, además, reconoce que un sentimiento confuso y muy difícil de soportar se instaló en su alma cuando dejaron la telaraña.
Así que ya sabéis, si nacisteis en Ottavia, no intentéis despegar.


Victoria Nasisi


Copyright Victoria Nasisi. Octubre 2012.