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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

La cama

Tocan el timbre y mamá sale corriendo con los ojos llenos de lágrimas. Entra la tía, en realidad no es mi tía, es la prima de mi mamá, pero siempre le dije tía y para mí es como mi segunda mamá. A veces quisiera que fuera ella mi mamá y no mi mamá real. Las vacaciones en su casa en la pileta de lona, especialmente armada para mí, era la mejor época del año. Me consentía dándome todos los gustos. Sus hijos eran grandes así que yo era la preferida. Me escondo detrás de la puerta. No corro como otras veces a abrazarla. Nos vemos seguido, ella vive casa de por medio con mi tío, con mis primos, con su papá, don Tito lo llaman todos, para mí es el “tío Tito”.
Él ya está muy viejito,  muy simpático no es. A mi no eso no me importa, porque nunca está con nosotros, siempre está sentado frente a la ventana del comedor, quieto y mirando fijo para afuera, habla poco y cuando habla su voz suena poco amigable, así que yo no me acerco.

Las escucho hablar:

—¿Qué pasó?, pregunta mamá.
—¡Se murió, se murió! ¡Está quieto, sentado en su silla!, grita desconsolada mi tía.
Mamá la abraza fuerte, es indudable que se quieren mucho.
Mamá me llama, me dice que cierre la puerta, que ya vuelve. Obedezco sin preguntar y espío por la ventana. Salen corriendo.  Otra vez no saludo a mi tía. No me gusta verla llorar. ¿Quién se habrá muerto? Aunque si hablan de quieto y sentado en la silla, seguro que es el tío Tito. Pero él siempre está quieto. No sé, mejor espero a que vuelva mamá. Papá no está, se fue a trabajar, sino le preguntaría a él, capaz que sabe quien se murió.
Mamá vuelve al rato, pero sola; la tía no está con ella. Tiene los ojos rojos de tanto llorar, no pregunto nada. Ella tampoco me dice  nada.
A la tarde mi mamá se pone un vestido negro, muy negro, nunca se lo vi puesto. Papá se pone su traje, también negro, y a mí, me visten con mi ropa de salir, la que me pongo para ir a ver a mis abuelos. No es negro, es blanco con un moño rosa en la cintura.
Salimos, vamos hacia la casa de la tía, pero como tengo una sensación algo rara no corro como hago siempre, además mamá me agarra fuerte la mano, tan fuerte que casi duele.
La puerta está entreabierta y un olor muy fuerte a flores sale de la casa. En el comedor, donde siempre nos juntamos a comer, está lleno de grandes ramos de flores. Mamá después me explicó que no son ramos, que son coronas. Igual no entendí mucho, para qué poner flores a las coronas. Aunque no se parecen a las coronas que llevan los reyes,  no me quedó claro pero prefiero no seguir preguntando.
Mamá no me suelta, hay mucha gente. A algunos los conozco: son gente del barrio, otros no. Me extraña no ver a mis abuelos, pero claro ellos no quieren a la tía Clara, siempre discuten cuando nos juntamos por ese tema, y cuentan historias viejas de peleas y desencuentros. Nunca se ponen de acuerdo. Parece que la tía Clara hizo algo muy malo que mis abuelos no la pueden perdonar. Menos mal que nosotros sí, porque sino no la podría ver más y eso me haría sentir muy mal.  Seguimos caminando por la casa, mamá y papá saludan y la gente murmura frases  como “lo siento mucho”, “era un buen hombre”, y otras más que no llego a escuchar con claridad. Casi voy escondida atrás de mamá, es mejor que no me vean, no sé qué decir ni qué hacer. Mejor dicho no sé todavía qué pasa.
Llegamos a la pieza de la tía, es la última que da a la galería cubierta. Y entonces me quedo petrificada, en la cama donde tantas veces la tía me leyó cuentos y poesías está acostado el tío Tito. Está muy quieto, mucho más quieto que en la silla frente a la ventana del comedor. Mi tía está al lado suyo, también vestida de negro y secando sus lágrimas con un pañuelo blanco, tan blanco como la cara de mi tío.
Mamá y la tía otra vez se abrazan llorando.
—Pobrecito, no es justo, dice mi tía.
—A todos nos llega, Clara, es la vida.
Mientras ellas siguen hablando, me acerco lentamente a la cama. Está muerto. Mamá me ve y  me obliga a darle un beso, me levanta y a regañadientes beso la frente fría. Sí, está muerto, sus manos están cruzadas sobre el pecho,  están frías, me doy cuenta porque las toco sin querer con mis piernas cuando mi mamá me levanta. "Despedite nena", dice mi tía entre lágrimas; lo hago, le digo: “chau”, aunque sé que no me va a contestar.
Cuando mamá me baja, salgo corriendo, me abrazo a la pierna de papá y en silencio prometo nunca más acostarme en la cama de la tía Clara. A ver si yo también me quedo quieta y blanca, a ver si yo también me muero.


EMMA