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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Justo a tiempo

Voy en la cinta transportadora con mi maletín de mano, revisando por enésima vez los mensajes en el celular. Nada. No es posible. ¿Qué pasa, no funciona? Insisto. La misma suerte.

 

Por los altavoces informan la partida del vuelo 626 de Lufthansa. Apuro el paso, controlo los tickets…  Los berrinches de una niña realmente logran distraerme: su madre no consigue desprenderle un juguete arrebatado de un escaparate.


—Disculpe, ¿Lufthansa 626 es por esta puerta?, (y de inmediato lo recuerdo. “SE RUEGA ABORDAR A LA BREVEDAD POR PUERTA 8”. Sin escuchar la respuesta, observo el indicador: PUERTA 16 / GATE 16. Pude registrar la mirada compasiva de la señorita y percibir sus palabras desvaneciéndose detrás de mí. Miro el reloj e imploro que no funcione, que se detenga).


Compitiendo ferozmente con el tiempo y sin aliento, alcanzo el objetivo.


“Señorita, el vuelo ya se encuentra en la cabecera con orden de despegue. Tendrá que abordar el próximo” me indica el comisario de abordo. Lo miro sin verlo. Me mira. Obligada por su cortesía retomo su mirada y me detengo en ella. Mi corazón se paraliza y con él, la inercia de mis movimientos. Todo se desvanece, se esfuma. Me desvanezco.


Oigo voces. Distingo algunas palabras. Su voz me recupera. Sus brazos me incorporan. Todavía desorientada reviso los mensajes de mi celular: ‘Siento mucho lo de anoche. No te vayas. Por favor, no te vayas’.


Aún sin tono en mis mejillas, pude hablar y tranquilizar al amable comisario: —Gracias a Dios he llegado a tiempo— pensé.


Todos siguen muy preocupados por mí. Parece que está viniendo el servicio médico y algunos enfermeros. Algunos vienen corriendo.


Nuevamente, intento incorporarme para decirles que ya me estoy recuperando, que no debieran preocuparse. Pero siguen muy alarmados, y por sus gestos puedo deducir que algo no anda bien.


¿Lo habré soñado? Reviso nuevamente mis mensajes. Raro, el celular parece apagado, pero veo su mensaje claramente ‘Siento mucho lo de anoche. No te vayas. Por favor, no te vayas’. Ahí estaba, tan real y tan confuso.


Bueno, debe ser la debilidad, no estoy bien todavía. Seguramente, alguna descompensación pasajera.


El caso es que sigue habiendo mucho movimiento en derredor mío, y no logro calmarlos. Lo intento, claro. Pero no lo logro.


— ¡Oxigeno! ¡Páseme el oxigeno!— indicó el médico al enfermero --¿Cómo sucedió?
—Fue de repente, doctor. Vino corriendo, retrasada y ¡zas! se desmayó.— describió escuetamente el comisario.


De repente, y a toda prisa, vamos todos corriendo, sujetos a la camilla que se desplaza por momentos a gran velocidad por los interminables pasillos de la terminal. Es raro, pero estoy corriendo, parezco ya recuperada. Sin embargo no logro ver bien a quién estamos trasladando.


El celular ¿está sonando? Sí, lo siento. Lo busco, pero no lo veo. En realidad todo lo que veo es medio sombrío y a la vez destellante. Por momentos, los destellos me enceguecen y no distingo bien.


Sin embargo, sigo corriendo, sujeta a una camilla, sin saber a quién trasladan. Hay gritos y pedidos de paso. Percibo algunos llantos. Empiezo a preocuparme e intento alcanzar el celular.


Me miro las manos y no las tengo. Puedo ver a través de ellas, pero sé que están.


Otro grito aún mas fuerte y todos se detienen. Me detengo.


Sé que debo concentrarme y ayudar en esto. Todos me necesitan. Todos están haciendo un gran esfuerzo.


—¡Vamos! ¡Vamos!  ¡Otra vez! — y repiten las maniobras de un masaje cardíaco.


Un fuego me recorre todo el cuerpo y se enciende mi mirada. Solo veo confusión y llantos. Pero esta vez alguien me toma de la mano. Al fin alguien me toma de la mano, y siento claramente su abrigo y contención —¡Al fin! Justo a tiempo.

 

Laura