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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Instructivo de supervivencia

Arénguese al abrir sus ojitos en la mañana. Recuerde que Ud. es un soldado de esta injusta guerra cotidiana. Como quien no quiere la cosa, susurre a su pie derecho —con actitud convincente, ¡nunca dude!— que él debe ser el primero en apoyarse en el piso. No porque Ud. sea un cobarde, pero por si la suerte existe, mejor es estimularla. Nunca piense Ud. en lo absurdo de este comienzo, consuélese diciendo que por algún lado se debe empezar el trazo.

Arrójese a la calle —tenga en cuenta que es una metáfora — y si otea en su camino algún sujeto que se ríe, mírelo de frente y calcule con precisión su edad (no le tomará más de 10 segundos). Si considera que no supera los 8 años, despreocúpese: no ponga en marcha la envidia; tarde o temprano también se sentirá como Ud.

Abstráigase de la mirada del otro, no se pregunte nunca si lo está tomando por tonto o está insultando su inteligencia, la mayoría de las veces lo estará haciendo. No deje caer su autoestima por esta nimiedad, recurra mentalmente a la frase “la idiotez es consustancial al ser humano”, como si fuera una fórmula mágica de conjuro.

Es muy importante que deseche de cuajo algún incipiente proyecto de vida (cercano o lejano). Ni en un acto de arrojo se proponga alguna utopía, que sin pasarle a Ud. un memo le han extendido un certificado de defunción a los sueños. Tenga presente que cualquiera de sus deseos se le puede hacer añicos en su propia cara y a muy corto plazo. Preserve lo que en el envase de su cuerpo viene por unidad: 1 corazón y 1 cerebro, los debe conservar en estado de hibernación para huir rápidamente a la izquierda o la derecha —según alguno de estos órganos se lo indique—, para no caer con sus pobres huesos en una psicosis irreversible, en una pertinaz mitomanía (recursos no descartables para escapar de la realidad) o en la dependencia de una nutrida batería de ofertas en psicofármacos. Esta caída en personaje obnubilado cotidiano, Ud. la podrá revertir (si el coraje lo ayuda y no se deja dominar por el miedo recurrente que lo asalta cada mañana) con el sustituto de tisanas de hierbas homeopáticas ancestrales que disten no menos de tres generaciones hacia atrás. Como este brebaje es bastante improbable que lo consiga, recurra a actividades alternativas que lo colmarán de pies a cabeza. La mejor de ellas: leer un buen libro. Esto producirá en Ud. dos importantes efectos secundarios, no interesa el orden para el caso: 1) ingresará en el mundo de la ficción, alternativa más que saludable para escapar de la realidad; 2) se comprará (por el tiempo perentorio que dure la lectura) otra vida; obviamente, cópiela del argumento o de algún personaje que lo seduzca. Bajo estas circunstancias nadie lo demandará reclamando derecho de autor. En una palabra, ficcionalice su vida para huir del pasmo cotidiano. Y… si surte efecto, permítase reírse de sí mismo y de sus desgracias. Aunque le parezca una paradoja, sentirá que está a upa de la cordura, alejado un ratito de la locura (¡valga la rima consonante!).

Otra sugerencia es que no lea ningún diario. Juzgue con criterio crítico que no contiene ningún “saber”, sólo el propósito de convertirlo en devoto o en enemigo del gobierno de turno. Resístase a su canto de sirenas, a su “sopa de letras”, y sea objetivo: Ud. no es Odiseo y no regresará a ¡Itaca!

Si aún persiste en Ud. esa sensación de que su equilibrio psicológico y/o psiquiátrico se quebrará a la vuelta de la esquina, apele al último recurso para sobrevivir: ¡¡¡rece mucho!!! No importa si su rezo obedece a una compulsión, Dios no lo notará, hace tiempo que, en su “infinita sabiduría”, decidió no dedicarse a causas perdidas.

Estimado lector, si mi instructivo no le alcanza, estoy dispuesto a recibir sus sugerencias.


Gloria P.