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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Herencia de amor

“A esos viejitos lindos que andan

repartiendo amor por todos lados”

 

Todos, o casi todos, esperaban que el abuelo Inocencio falleciera.


No lo anhelaban por un acto de compasión hacia el Tata, que desde dos meses atrás estaba postrado en una cama y que —según los médicos— estaba en un estado que vivía más allá que acá, sino por la herencia de campos, vacas, caballos, tractores y quién sabe cuántas cosas más.

 

 

El tío Yoyo era el más entusiasmado, ya tenía todos sus planes armados, pensados y listos para ser ejecutados. Sería, según sus propias palabras, <<el nuevo rey de la agricultura>>; en cambio el tío Bocha, ingeniero desempleado y mantenido por la buena voluntad y amor del abuelo, calculadora en mano, dividía en partes iguales los bienes del vivo que aún no estaba muerto; de los planes de mamá, prefiero no hablar por una cuestión de respeto.

 

Ya era tarde, y como siempre sucedió durante esos dos meses en que sufrí por el abuelo, me dejaron solo en la habitación, haciendo la tarea del colegio y con la misión de avisarles en forma urgente si se desencadenaba el tan ansiado deceso del susodicho. Como todas las noches, me acurrucaba despacito en el pecho del abuelo; me gustaba sentir el tímido latido de su corazón que gritaba que estaba vivo.

 

Y me abrazó…


Y me miró…


Y lloró…


Y se despidió…


Y ya no respiró más…


Y me dejó la herencia que más quería…


Y la vida continuó.

 

 

Facundo Torres