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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

En el dia del padre...

 Domingo, día del padre, arranco pensando en esto y no por la tele ni nada de eso, sino por el olor a asado que salía de los fondos linderos de mi depto. Mi viejo solía hacer asado todos los domingos, o al menos la mayoría, pero en el día del padre era casi una obligación para él. Los domingos del día del padre eran generalmente iguales, solo variaban en si estábamos peleados o no, !jejeje! Por supuesto, también variaba el regalo y la emoción con la que se lo daba. Podía haberme gastado 300 mangos en su regalo, pero se lo daba con cara de orto como diciendo “todo bien, pero estoy ¡re caliente con vos!”… cosas que uno suele hacer para expresar que a pesar de la emoción de las cuestiones festivas sociales uno sigue  firme en su enojo. ¡Carajo mierda!

Volviendo a la realidad, no tengo padre, no tengo quien me haga un asado, ni siquiera tengo una parrilla y ya hace mucho tiempo que casi no como carne.

 

 

Agarré una pechuga -que me quedo por ahí en el freezer- y, entretanto, encontré una morcilla vasca, la que no solía faltar en los asados de mi papá, ya que sabía que era la que a mí me gustaba. Prendí el horno y ¡a esperar que se cocine!
Después de casi una hora me dispuse a comer, mientras iba para el horno con unas ganas terribles de ver una hermosa pechuga dorada a punto y lista para comer suena el teléfono. Resultó ser que era Naty que me pedía por favor si la podía llevar a la clínica ya que la Porota (Eva Victoria, mi ahijada) estaba haciendo lo segundo (o sea, caca) muy blandita. Resultó ser que Aldo, el papá, estaba afiebrado e intentaba evitar que estén juntos, la Porota y él, por las dudas de algún contagio (la nena solo tiene 6 días de vida).
Le respondí que sí, que no había problema, que iba a comer y salía, que me bancara ya que a pesar de ser las 3 de la tarde aun no había comido, me dijo que no había apuro y que ni bien pudiera pasara por ella.
Volví camino al horno y mi imaginación una vez más se parecía poco a la realidad, ya que el suculento pollo dorado que esperaba sacar, junto con su acompañamiento, no era más que una pechuga pegajosa y rosada con una pinta de a medio hervir que era incomible. Con toda la furia le di un par de mordiscos a la morcilla y me dispuse a vendar mi patita ya que era hora de salir.
Las pasé a buscar y de ahí nos fuimos a la clínica. Llegamos, nos atendieron por guardia de pediatría y fue todo normal, lo de la caca está bien, que era normal que fuera blanda, no pasaba nada, pero está un poco amarilla (dice la pediatra) le vamos a hacer un estudio de bilis. ¡Genial! Nos fumamos toda la tarde en la clínica con el culo en la mano por miedo a los resultados, como no puede ser de otra manera, después de eso la empezamos a ver amarilla y bla bla… en definitiva … tardaron un montón en hacerle los análisis, hasta que se los hicieron y después de eso esperar el resultado. Naty para variar estaba desbordada, así que la mandé al auto a estar tranqui con la Porota.
El tema es que mientras ella se quedó en el auto era yo el que esperaba el resultado de la bilis, después de ahí había que llevar a neo el resultado y que nos digan si la internaban para lámpara o no. Bueno, el punto es que yo hice ese tramite, (jejeje), solito, porque para que iba a ir a buscar a Naty al auto si en definitiva podía tomar yo el resultado y decirle cuales eran los pasos a seguir. ¡Perfecto! Después de casi hora y media los análisis listos y de ahí a neo… y presentarlos… y esperar el resultado, solo… en caso de que sea un buen resultado seria bárbaro porque yo le llevaría la buena noticia, pero ¿si eran no tan buenos? ¿Si me decían que la tenían que internar? ¿Cómo se lo decía a Naty para que vaya con la nena, del auto hasta neo, sin morir de un ataque de histeria? Y ¿quedarnos internados? Y ¿Naty llorando, diciendo que se queda en la clínica hasta que la nena salga? Y ver como se llevan a la nena, así como así, para hacerle lámpara. ¡Me puse histérico de escuchar como lloraba cuando le sacaban sangre! ¡Tiene 6 días de vida!, e ¿iba a tener que hacerme el guapo con eso?… ¡SI!
En definitiva llegué a neo con el resultado, toqué timbre y salió la doctora.
“–¡Hola papá!”, me dice la doctora-, le di los resultados y cerró la puerta delante de mi cara (no tenía la necesidad de aclarar en ese momento que yo no era el padre). Ahí tomé conciencia de esto que decía anteriormente… era yo el que tenía que llevar la noticia hasta el auto… ¡Dios!, qué situación de mierda.
Por supuesto, me encomendé a los míos de siempre, allá por lo alto, pidiendo que sea lo que tenga que ser, pero que nos de energía para afrontarlo, tanto a nosotros como a la pequeña Porota.
Y ¿cómo se lo digo? Si bien es algo muy común y normal en los recién nacidos, pero ¡cómo se lo explico a Natalia! ¿Cómo te fumas eso sin sentir un nudo en las pelotas? No dejaba de pensar en eso… pero una vez más, tomé aire profundo y me paré frente a la puerta (como quien se siente un papá). Dos segundos o tres millones de horas pasaron en ese momento… no tengo idea del tiempo hasta que se volvió a abrir ese viejo portón gris de neo.
“-¡Listo, papa!”, me dice la doctora, no le vamos a hacer Lumita (o lumini, o algo así)
Por supuesto no sé nada de bilis, ni de lámparas, ni de niños, ni de ¡nada de eso!
“– ¿Qué quiere decir eso?”, pregunté.
“– Que no es necesario que se quede internada, está todo normal.”
¡¡Woww!! Lo que te genera una buena noticia en el momento más esperado, me volvió el alma al cuerpo, me volvió el latido y se rompió el escudo que venía armando.
Se me llenaron los ojos de lagrimas y la tranquilidad hizo que me pusiera a hacer las típicas preguntas estúpidas tales como “¿entonces está todo bien?”. “¿Entonces nos vamos tranquilos?” “¿Entonces no queda internada?”…y después de una serie consecutivas de “SIS” le dije “-Disculpame… yo no soy el padre, soy el padrino, a la madre la mande para el auto porque estaba muy nerviosa y te aclaro esto porque seguramente ella va a venir a que le digas lo mismo vos a ella ya que no va a estar tranquila si no habla con vos.”
“-¡Disculpame, vos!”, me dice la doctora, “yo acá no estoy para dar partes médicos, si le dije que viniera por acá es para que no ande dando vueltas por la clínica con la gorda, si no le alcanza con lo que vos le transmitís que vaya a la guardia con los resultados y que se lo digan en la guardia.”
¡¡Aha!! Yo puedo ser muy querendón y podría estar muy contento, con mis ojos llorosos, inclusive, pero tampoco para que esta conchuda me trate así… y cuando me disponía a responderle de una forma poco amigable, apelando a su sensibilidad, tirándole algo así como “¿vos sos madre? ¿No podés entenderla?”… ella me sonrió, después de cagarme a pedos… ¡me sonrió!
En ese momento, me di cuenta que la “conchuda” no era tan conchuda, era puntual, directa y algo de sensibilidad tenia. Después de todo la conchuda no era tan conchuda y si lo era, qué importaba. No dejaba de haberme dado una excelente noticia.
A pesar del mal trato le expliqué que no íbamos a volver a molestarla y que le agradecía por la respuesta, aunque ella no la había curado de nada fue ella la que me dio la noticia, por lo que, podía ser, al menos por hoy, algo más que una conchuda.
Me di la vuelta con la respuesta en la mente, mi renguera (porque sigo rengo) parecía estar curada, por unos segundos, claro, ya que después de 3 pasos de emoción tuve que aminorar la marcha y retomar el ritmo de rengo que vengo llevando.
Caminé hasta el auto con un pucho en la boca… ¡el pucho de la gloriaa! Le golpée el vidrio a Naty para que me abriera y antes subir le dije “Está todo bien, ¡la nena se viene con nosotros!”
Naty termino de llorar lo que le faltaba, entre mocos y llantos me beso una vez más, como se besan los amigos cuando viven un momento muy tenso… nos pusimos contentos y volvimos a casa.
No soy padre, y eso es públicamente sabido, pero hoy puedo imaginar -tal vez de alguna manera- lo que significa serlo, en una parte muuuuy pequeña, pero me di una idea de lo que puede ser esperar una noticia de tu bebé, de tu hijo, de ese ser que depende de uno en su totalidad y que uno tanto puede amar, con días de vida, con años de vida.
Hoy en el día del padre me puse en los zapatos de un papá y entendí en parte lo que puede significar serlo.
Si bien papá yo no tengo, porque hace un par de años tuvo que partir, hoy entendí en parte mi función en su vida. Siempre algo falta, siempre algo a uno le queda por reclamar… pero si de algo estoy seguro es que todos, absolutamente todos los padres, de la manera que fuera, pasaron por un momento como el que yo hoy. Asi que “viejo, que mis gracias te lleguen hasta allá arriba, perdón por el susto ya que de seguro alguno hubo, te amo y ¡feliz día!”

 

V. A.