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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Emilio Renzi

Querido Bartolomé:


Le he dado vueltas a un asunto, que confieso desde un principio no supe como abordar, ya que debo cometer una infidencia.
Pero no tengo otra alternativa más que hacerte saber que sé de tu reprochable conducta para con una mujer que te hiciera llegar sus escritos regularmente.
Sé también que todos y cada uno de ellos te ha parecido de excelente calidad y de refinado gusto, y que amparándote en una falsedad tan atroz como despiadada, has incentivado vivamente a que deponga su actitud en pos de continuar con el bordado de manteles, tarea a la que se dedica en un pueblo de las afueras de Concordia.
Sabrá Dios qué motivos te han llevado a desalentar tan brutalmente a quien se atreviera a expresarse, como vos y como yo, en estas artes. ¿El miedo tal vez? ¿Pero a qué? ¿A competir con otro buen escritor? A eso ya estás acostumbrado. ¿O es acaso que te tortura el hecho que se trate casualmente de una mujer?
¿Cómo has podido amedrentarla de esa forma y con un argumento tal vil?
Confieso que sigo aún muy desconcertado.
Por qué la saña, ¿no? ¡Que un escritor construye su obra solo sobre su propia vida! ¡Por favor! No lo creías ni a los 16 años.

Sé que coincidimos, aunque te moleste saber que lo sé, que todos, escritores y no, intelectuales o albañiles, nos inventamos historias y fantaseamos con ellas.
Y de sobra sabés, que para nosotros, los novelistas y cuentistas, nuestra imaginación es la materia prima, el nacimiento de la cosa, la ebullición de nuestros tormentos, de nuestros más inconfesables delirios. Esa es la parte de mayor belleza en nuestra profesión. En ese milagroso momento, absoluto, infinito y a veces tan fugaz,  es que conocimos el verdadero significado de la palabra libertad.
Nunca seremos más libres que cuando nos recreamos en nuestra imaginación, lo confesemos o no, los escribamos o no. Ah, claro, escribirlas es otro tema, dirás. Cierto. Escriben los que pueden hacerlo, eso sí que no es algo común a todas las personas (y no sé qué te explico a vos, que conocés de sobra el ‘metié’, pero justamente ahí es donde radica mi confusión y mi desconcierto).
Repito, todos nos inventamos historias sobre las que escribimos. Todas las historias que escribimos son producto de nuestra imaginación, incluso las que creemos escribir como autobiográficas. Al contarnos a nosotros mismos la que creemos nuestra propia experiencia, siempre le agregamos algo, corregido, cambiado, imaginado, deseado, y a partir de allí construimos la historia de una vida a la que le ha pasado algo por lo que, luego, merezca ser contada. ¿Te acordás como defendías esa posición aquella noche que compartimos la nuestro desvelo junto a Volodia?
¡Hasta coincidimos en que las historias de las personas son siempre las mismas! Concluimos, que las personas creen vivir historias distintas, pero viven siempre la misma historia, interpretada siempre de un modo diferente.
Y vos mismo dijiste que ‘la vida de cada persona es una sucesión de hechos, enlazados  al azar, e interpretados libremente por cada uno de nosotros. Esa es la genialidad que nos hace diferentes. Allí radica la esencial diferencia’.
Qué golpe ha resultado para mí conocer tu proceder con esa señora.
No te juzgo, no podría hacerlo. Entendeme bien, por favor.
Lo que me impulsa a escribir esta carta, es la necesidad de conocer las razones, los motivos que te llevaron a tal acción. Debe haberlos, estoy seguro.

Emilio

 


Querido Emilio:


¡Que bocón resultó este Tardewski!
Quisiera ante todo llevarte tranquilidad y aclararte que todo, todo lo relatado por Tardewski, no ha sucedido en realidad. No ha mentido, pero nada de lo contado es cierto.
No existe tal mujer, ni menos hubo un encuentro que me permitiera semejante desplante.
Sé que no he obrado de una forma coherente, y mucho menos elegante, pero salió así. 
Tenía pensado sincerarme con el polaco, pero ya ves, aún no lo he hecho.

Verás. Hace algo más de diez años, jugando con la escritura y explorando más allá de mis limitaciones, con la desfachatez que produce la insolente juventud, escribí una serie de relatos eróticos, que, para serte sincero, no terminaron de gustarme nunca, pero no me animé a destruirlos ni a deshacerme de ellos.
Así que, los ensobré uno a uno, separadamente, les coloqué a todos mi propia dirección y, como si fuera un juego, le pedí a mi novia de entonces que si al cabo de unos años yo no se los reclamaba, me los enviara por correo con cierta regularidad. Clarita se llamaba. No llegamos demasiado lejos, pero ha cumplido su palabra y le estoy realmente agradecido.
Hace apenas unos meses, comencé a recibir secuencialmente aquellos desconcertantes relatos. De puño y letra, escritos con el arrebato que da la edad del pavo, pero increíblemente redactados, soberbios, majestuosos, y no pude reconocerme en ellos. Necesité inventarme un punto de apoyo donde reconstruir la historia, reconstruirme tal vez, o crear otra.
Los releo todo el tiempo. Realmente me parecen buenos, raros, cargados de simbolismos y de una pureza que sigo desconociendo como propia.
Tengo muchas ganas de publicarlos, pero no con mi nombre, ya que no condice ni con mi estilo ni con el género de mi pluma.
La idea era que Tardewski picara y me los pidiera, pero no ha pasado. Aunque confieso, tenía pensado volver sobre el tema para provocar su curiosidad nuevamente.
Quería conocer de a poco la impresión de ustedes y, luego de conocer la verdad, me aconsejaran.
Ya ves, me he portado como un niño.

Pero quedate tranquilo que aún soy un caballero y jamás obraría de ese modo y menos con una dama.

Bartolomé

 

Laura


Copyright Laura. Noviembre 2012