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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

El Viejo

(Recreación del cuento Las hamacas voladoras de Miguel Briante)


Viejo. Hoy se vio realmente viejo. Ya casi sin remedio. Había notado que su cara se reflejaba vieja, ajada, quebrada, casi muerta. Ese espejo miserable, como todo lo que lo rodeaba, le devolvió la imagen de la muerte. Una muerte hacia la que iba inexorablemente. Su cara se había consumido. Ese rostro ya no le decía nada. Por un segundo esforzó su memoria para recordarse, recobrarse a sí mismo. Hace tanto ya de su última sonrisa. ¿Cuándo fue? ¿La noche de su cumpleaños? ¿Pero cuál? Sesenta, setenta… tal vez solo cincuenta. Da lo mismo. Este infeliz espejo no lo ha registrado. Esta pieza oscura y maloliente solo alberga noches de hambre, miseria, frío.
Desde que llegó el pibe, sus horas estuvieron acompañadas. No él. Tanto trabajo para nada. Estos pibes son unos desagradecidos. Uno se desloma para sacarlos de la mierda pero no hay caso. Son mulas. Rocas demasiado duras de pulir.

Antes, hace un incierto tiempo, cuando el cuerpo aún le respondía, solía deambular por las estaciones. Los trenes supieron ejercer en él una mística y una fascinación irreales.
Tanta gente llegando de alguna parte, yendo a algún lugar. Cargando sobre sí apuros y contratiempos que disfrutaba imaginar: ejecutivos trajeados a punto de llegar tarde a la firma de un gran contrato millonario, mujeres apuradas por llegar a sus trabajos preparando en sus cabezas las mentiras que dirán ese día, a sus jefes, a sus maridos, tal vez a algún amante.
Toda esa gente le producía fascinación y repulsión a la vez. Gente de mierda que jamás me vio ni me miró al darme sus sucias monedas, con impecables manos blancas. Gente de mierda.
El golpe de suerte vino cuando logró que le permitieran dormir en la pieza ya hacía unos años. La compartió por un tiempo con otro viejo que mantenía los juegos del parque de diversiones, hasta que se murió. Lo ayudaba, le alcanzaba las herramientas, y limpiaba una y otra vez el lugar. Había aprendido a mantener calibradas las hamacas voladoras. Esas eran las que más le gustaban. Y pensar que nunca pude subirme a ellas. De solo pensarlo, me moría de miedo. Cobrarles los boletos, sentirlos tan cerca al pasar, de a uno, ver sus caras, respirar sus ansias de volar, de sentir el viento en la cara. Oler sus frescos perfumes, sus impecables vestidos. Siempre lo mismo y siempre distinto.
Cuando encontró al pibe, pensó tal vez en el hijo que no tuvo. Hubo otros pibes, pero este se le enquistó, se le prendió como garrapata, desesperado y desvalido. Sus ojos, extremadamente negros, que ya no eran inocentes, daban más pena que otros. ¿Ocho? ¿Diez? ¿Cuántos años tenía el pibe? Lo necesito para laburar, pensó, yo solo no puedo con todo. ”Pibe, te venís conmigo“, le dijo una noche en la estación Retiro. “Vamos, apurate que te llevan”, arrastrándolo de un brazo, y los oficiales que se acercaban garrote en mano.
Acá en esta pieza le domé las mañas. Le torcí ese puto destino que le esperaba en la calle. Acá, en esta pieza, comida no le faltó. Costó, pero aprendió. Palizas no le faltaron. Lo que no se aprende a los golpes, no entra, no hay caso.
Al principio aprendió a limpiar, primero la pieza y con el tiempo, las máquinas de los juegos, los asientos, las maderas, los pasamanos. Ese sería el trabajo del pibe, mantener limpio el lugar para que otros lo ensucien, para volver a limpiarlos, para que otros lo ensucien, para volver a limpiarlos, para.
En ocasiones, lo hacía subir a las hamacas voladoras para probar el mecanismo. Agradecido debía estar. Ese mal nacido debía besarme el trasero. Cuantos quisieran ya estar en su lugar.
Ya hacía unos días que no podía con su pierna y la arrastraba. Las manos tampoco le respondían como antes. Las cadenas, la grasa, los engranajes, ya todo le costaba el doble. El pibe tenía que ir tomando su lugar. De a poco. Pensó en el hijo que no tuvo.
Hoy le pidió que ajuste los engranajes y engrase las cadenas de las hamacas. Lo hizo solo. Parece que esta vez el pibe pudo. ¿Quedó bien?, y el pibe asintió con la cabeza. Sin golpes, sin coscorrones, sin reprimendas. Hice un buen trabajo. Me lo tengo merecido.
Yo cobro los boletos y vos manejá las hamacas. Mirá que te voy a estar mirando. Cualquier cosa me avisas. ¿Podes?, y el pibe lo rozó con la mirada y asintió casi con una sonrisa.
Desde temprano había cola para subir. En quince minutos abrimos, dale, preparate, ¿revisaste todo?
Dos señoras regordetas y pituconas, una joven de cabello rubio, un señor gordo, una niña y su madre con un hermoso sombrero… Todos, boleto en manos, con  enormes sonrisas nerviosas. Estaban por entrar a las hamacas voladoras. Al alzar un poco más la cabeza, más y más personas estaban y circulaban por el parque. La música y la algarabía crecían exponencialmente.
¡Adelante! Todos con los boletos en la mano, en fila. Por acá por favor, adelante, pase.
Manos con boletos, sin rostros. Pies, zapatos ajenos. Gente. Zapatos. Boletos. Y el último.
Cerró la pequeña entrada con una soga colorida. Estos zapatos esperarán unos minutos más. Ahora tendrá tiempo hasta la próxima vuelta. Las hamacas habían empezado a rodar. Contó el dinero, acomodó los billetes, los enfundó en la enorme billetera. Miró al pibe, ¿todo bien?, el pibe asintió. Las hamacas estaban girando. Más lento, deberían ir aún más lento. Miró al pibe, ¿pasa algo?, el pibe movió ligeramente la cabeza. Nada, está todo bien. Miró la rueda en las alturas, las caras al viento, pelos y pañuelos al viento, miradas al viento. Algunos gritos nerviosos y un ruido de cadenas, y otro ruido. Algo no andaba bien. Demasiada velocidad.
Te dije que más lento. Debías empezar más lento. Te lo dije. ¿Qué está pasando? ¡Bajá la velocidad! ¡Qué pasa! Comenzó a caminar hacia el pibe. Ahora un terrible ruido de engranajes y cadenas y fierros y gritos, por todos lados gritos, espanto y miedo. Quiso correr. Tal vez si alcanzara el mando del tablero… pero el pibe a los gritos ahora sí lo miró y gritó enloquecido: “¡Vení, viejo de mierda, vení! ¡Vengan, gran puta, me queda todavía un punto más!”
No atinó más que a rezar y llorar y abrazarse a esa gente que veía cómo los carros caían y se apilaban y fierros y caras y zapatos y sueños.


Laura

 

Copyright Laura de la P. Setiembre 2012