Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

El Viaje

Estaba caminando nerviosamente en el andén, el tren no demoraría más de dos minutos. Vio a una mujer de cabello castaño y piloto beige y recordó haberla visto también en el trayecto del autobús hasta la estación.

Notó que ella también parecía ansiosa, mirando a la nada, sumida en pensamientos. El ya no tenía más pensamientos. Tenía que tomar ese tren y sólo rezar. Había hecho sus ablaciones un par de horas antes. Mientras caminaba se cruzó nuevamente a esta mujer que revisaba su bolso marrón mientras hacía una mueca, tal vez, de disgusto. Luego ella estornudó. El siguió caminando por el andén, entre otras 50 ó 60 personas. Alguien distraído sumergido en un libro rozó su mochila negra y se sobresaltó, con un tic se acomodó los anteojos. No eran momentos para imprevistos. El tren llegó al andén en horario. Un tropel de gente se apelotonó en las puertas y vio que la mujer del piloto beige se le adelantó y se sentó en el primer asiento de la derecha. El logró ocupar el último lugar libre, justo al lado de esa mujer. Olía a vainilla y a café recién hecho. El colocó su mochila en el suelo al lado de su pie derecho, junto al izquierdo de esa mujer. En su cabeza sólo tenía el nombre de la estación donde debía bajarse, una antes de la terminal, además de sus oraciones ese 11 de marzo. No dejaba de acariciar el libro que tenía entre sus manos, podría ser una biblia, tampoco soltaba su móvil, parecía estar esperando una llamada. Otra mujer, sentada en frente, observaba a la mujer sentada a su lado. Pensó que nunca sabría sus nombres, ni ellas el de él. La mujer a su lado se levantó y se ajustó la chaqueta roja bajo el piloto beige. Asió el bolso de piel marrón con fuerza y miró el reloj.  Él también se levantó y quedo a su lado, inevitablemente cruzaron sus miradas y él le sonrió, ella le devolvió el gesto. El llegó a sentir pena, pero sabía que lo que debía hacer era lo que tenía que hacer por el bien de todos y por el suyo propio. Se aseguró de moverse naturalmente –aunque no le era fácil - mientras dejaba detrás de si la mochila en el suelo, en el lugar donde la había colocado al subir. Bajó en la estación.  La mujer de piloto beige giró la cabeza y descubrió que el muchacho había olvidado su mochila negra. Se acercó a ella y la recogió, seguramente para entregarla al departamento de objetos perdidos. Todo se oscureció y un velo rojo cubrió mis ojos.

 

 

Estaba con la vista perdida, pensando en el vencimiento de la hipoteca: ya estaba a 11 de marzo. El tren paró en la estación. Serían unas 50 ó 60 personas las que subieron. En su vagón quedaban dos asientos libres y comenzó a apostar cuál de los apurados pasajeros llegarían primero a ocuparlos. Apostó y ganó. Una mujer joven, de piloto beige y chaqueta roja se sentó en el asiento del extremo derecho y suspiró hondo. Tendría miedo de perder el tren y llegó a tiempo, pensó. Le gustaba imaginar las vidas de los eventuales compañeros de viaje cada mañana. Un muchacho moreno de buzo azul y con una mochila negra se sentó a su lado. El muchacho pasó como una ráfaga y sintió un extraño olor almizclado, y a jabón e incienso. Se sentó y cerró los ojos unos instantes, se acomodó los anteojos y luego colocó su mochila negra entre su pie derecho y el izquierdo de la mujer del piloto beige. Tenía unas libretas, un móvil y un libro entre las manos que acariciaba nerviosamente, parecía rezar. Supuso que sería estudiante, que tendría que dar algún examen y que repasaba mentalmente las últimas notas estudiadas.  Se acercaban a la siguiente estación y la mujer del piloto beige se levanto mientras apretaba con fuerza su bolso marrón contra el pecho (a su mente vino aquella canción de Serrat), tendría temor que se lo arrebataran y echó una mirada al reloj. El muchacho también se levantó y se adelantó a la mujer del piloto beige. El se bajó, la mujer sólo se acomodó para bajar en la siguiente estación mientras miraba para atrás y descubrió que la mochila negra del muchacho había quedado allí, en el suelo. La recogió, tal vez pensando dejarla en el departamento de objetos perdidos. Todo se oscureció y un velo rojo cubrió mis ojos.

 

 

Ya hacía media hora que estaba viajando en el tren. Esto es lo que tiene vivir lejos de la ciudad. Venía con la mente en blanco pero, de estación en estación se iban sumando más pasajeros alelados por el madrugón, las prisas, los problemas cotidianos. Estaba lloviendo y hacía fresco, tirando a frio aunque estábamos ya a 11 de marzo, a un paso de la primavera. En el andén de la antepenúltima estación habría unas 60 personas, puede que más. Empecé a hacer apuestas conmigo misma para ver quién se ganaría los dos únicos asientos libres, justo frente de mí, el del extremo derecho y el contiguo. Entre empujones y zancadas una mujer joven y un muchacho moreno con gafas, buzo azul y que llevaba una mochila negra fueron los ganadores del juego de esa mañana. Me divertía pensar qué haría cada pasajero ese día, a qué se dedicaba, porqué se había vestido así, porqué llevaba lo que llevaba, y algunas curiosidades más que nunca podría satisfacer más que mediante mi propia imaginación. La mujer del piloto beige y chaqueta roja llegó primera y se sentó en el primer asiento del extremo derecho, el joven de la mochila negra a su lado. Un extraño aroma a incienso o tal vez marihuana inundó el ambiente al paso del muchacho. La mujer sentada a mi izquierda observaba con atención a la mujer del piloto beige. Seguramente estaría jugando mi mismo juego, como de éstos que se juegan en red, en Internet, en el anonimato del silencio del pensamiento personal, todos tras nuestros propios monitores mentales. El muchacho de buzo azul dejó su mochila al lado de su pie derecho, junto al pie izquierdo de la mujer del piloto beige. El joven cerró un momento sus ojos mientras acariciaba con cierto nerviosismo un móvil y un libro negro, que podría ser una biblia, tal vez. ¿Sería un estudiante? Mientras manoseaba ese libro murmuraba algo indescifrable, puede que estuviera repasando las últimas notas para un examen o presentación. En fin, ya me estaba cansando de jugar, cuando la mujer del piloto beige se paró y se apeó al pasamanos apretando junto al pecho un bolso de piel marrón – y recordé a Serrat-no fuera que se lo arrebatasen y miró el reloj. Yo miré el mío, un acto de imitación inevitable, eran las 7:30. A los pocos segundos se levantó el muchacho, que sí se bajaba en la próxima estación y se le adelantó a la mujer. Se abrieron las puertas y bajó con cierto apresuramiento. La mujer del piloto miró hacia atrás y yo le seguí la mirada: el muchacho se había olvidado la mochila allí, en el suelo. La mujer la recogió, seguramente para llevarla al departamento de objetos perdidos. De repente todo se oscureció y un velo rojo cubrió mis ojos: la sangre brotaba a borbotones de mi cabeza. Como pude me restregué la cara y lo que fui capaz de ver fue atroz: una mano aferrada a un retal negro, cuerpos deshechos, juegos rotos.

 

Alicia Carrol

 

Trabajo de Taller. Prohibida su reproducción parcial o total, (c) 2011. Ley 11.723.