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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

El último conejo

Querida madre:
Te extrañarán mis líneas luego de tantos años de distanciamiento. Me han dicho que ya no estás tan prolífica para seguir sacando “conejos de la galera” que te permitan ocultar las verdades de los asuntos de familia. Ya la tristeza te va minando.

 

Mi deber como hijo es hacerte ver quién de nuestra familia ha sido el huevo de la serpiente que instaló nuestra identidad con perverso estilo.

Tu madre –“abuelita Carlota”, para propios y extraños- con un fuerte sentido de identidad elaboró esta trama umbría. Inmigrante española que no hizo más que refirmar mi teoría del síndrome del inmigrante: una cruel lucha interna de desarraigo pero una potencia titánica por crear una identidad en un mundo social nuevo y extraño. Era consciente de esa orfandad, pero también de que las familias deben ser maquinarias con objetivos claros.
El primer razonamiento que hizo fue que la maquinaria familiar no deviene de la portación del apellido paterno. Era lúcida al pensar que el vientre de las mujeres es la productora de vicios consagrados y utopías tramposas. Urdió un gineceo que sólo integraban las mujeres cercanas a su sangre; y, estratégicamente, expulsó de “su escuela” a los hombres de la familia, que a priori consideró sólo fantoches. Ella no se pensaba una Lesbia del siglo XIX, se había autoerigido en una Reina de cuidada imagen umbría y macilenta que ayudaba a acentuar el personaje. Para sostener la “dinastía” pensó que siempre debía estar en la punta de la pirámide. Por eso nos hizo llamarla “abuelita Carlota”. Vocativo compuesto que siempre vislumbré que el primero de sus términos era el título nobiliario secular; y el segundo, el patronímico que instalaría el movimiento que daría origen al “carlotismo”. En este esquema te privó a vos de que tus nietos te llamaran abuela, sin que jamás te dieras cuenta que se referían a vos por tu nombre. Más tranquila se quedó todavía cuando nació mi hermana. Era otra mujer para integrar las huestes de su gineceo y en tu inocencia y complacencia la bautizaste Beatriz Carlota. Pobre hermana!. Sabés que jamás confesó a nadie su anacrónico nombre?.
Sé que a esta altura de mis líneas debés considerarme un irreverente, pero no intento serlo; solamente la verdad es la única realidad irreverente.
También recuerdo lo que yo inferí como la creación de un lenguaje silencioso. Toda una paradoja!. Había descubierto que lo que los demás comunicamos con palabras ella lo podía hacer –como Soberana que se consideraba- con sonidos. Su bastón -inútil para caminar porque sólo formaba parte del personaje, no de una minusvalía- era un lenguaje en morse. Anunciaba a todos qué acciones podíamos o debíamos hacer. Una seguidilla de golpecitos a la pinotea era un “no” irreductible y terminante. Cualquier subversión en opiniones o acciones terminaban en esos golpes marciales. El movimiento pendular de su mecedora thonet formaba la parte complementaria del “lenguaje”. Mucho movimiento al hamacarse debía interpretarse que era hora de marcharnos. Tu hermanastra y vos respondían con rápida huida, como aquellos vasallos que entienden que la Reina ya les dio demasiado de su precioso tiempo. ¡Qué escena lastimosa la de Uds.! Para mí, al contrario, era un alivio. Su casa era un correccional de menores y mayores. Más aún para mí: la testosterona era una hormona que ella eludía.
Nunca te pareció curioso, madre, que su sala de estar era una puesta en escena deliberada. Todo en penumbras pero las celosías de hierro -altas como catedrales góticas- tenían la justa apertura para que la luz la ilumine. Intencionalidad fantasmagórica por un lado; y por el otro, formaba parte de lo que debíamos entender: era la única “iluminada” que nos podía dar identidad. En mi imaginación de niño había algo que poderosamente llamaba más mi atención; ella había descuidado que la estudiada apertura de la celosía permitía ver un gran patio de baldosones grises lleno de macetas con esa espantosa e híbrida planta llamada “lazos de amor”. La metáfora de la escenografía consistía precisamente en esto: afuera estaba el amor; adentro, la terrorífica maquinaria de desamor encarnado en tan brutal personaje.
Lamento la realidad, no mis palabras.


Te quiere.

Tu hijo Carlos.


N.S.