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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EL SOL VOLVIÓ A BRILLAR

Fueron tantos los días de lluvia que ya casi me había olvidado de lo que era sentir la calidez del sol en el cuerpo. El día había comenzado todavía cubierto de nubes. Recién a la hora se veía una luz rosada queriendo aparecer entre los gruesos algodones que pintaban el cielo. Y a media mañana, en cuanto el espeso brillo del sol finalmente entró en acción me dieron unas ganas tremendas de salir a pegar una vuelta.

El pobre “Moreno” después de estar guardado durante tanto tiempo –aunque lo hacía sacar a trotar a diario, sin montarlo, para evitar que se entumeciera– vibró de satisfacción cuando sintió el peso de la silla y el ajuste de la cincha. ¡Qué buen caballo!, aunque por la edad estaba comenzando a transformarse en un matungo.
Una vez arriba de Moreno, salí sin rumbo fijo con el solo fin de alejarme de la oscuridad y el encierro. Los caminos seguían muy anegados; los pantanos se habían puesto a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en un barro acuoso. Tanta agua caída había sido una verdadera calamidad para los habitantes de Buenos Aires. La gente había comenzado a reunirse en las Iglesias implorando misericordia al Altísimo. Los beatos y beatas no dejaban de lanzar plegarias. Los predicadores atronaban los templos y hacían crujir los púlpitos a puñetazos. ¡Por culpa de los impíos, de lo que se mofan de la iglesia es que se ha desatado la cólera divina! ¡Culpa de los salvajes unitarios!
Los animales no llegaban al matadero, el transporte de lo que fuera era imposible llevarlo a cabo, se produjo un desabastecimiento casi total de toda fuente de alimentación. Los niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, cuyo precio ascendió a cuatro reales los primeros y seis pesos las segundas. Las tormentas habían arrasado con cualquier cosa que hubiera osado ponerse en su camino… incluso con numerosas vidas humanas y animales.
No me dejé amedrentar por las dificultades y los peligros que significaba andar por calles que habían sido tan castigadas por semejante temporal. Traté de evitar aquellos lugares intransitables y entré a dar vueltas hasta que llegué a un sitio algo alejado y bastante desconocido para mí. Trotaba muy ajeno de riesgo alguno…Creí estar cerca del río, al sur de la ciudad… Barracas… ¿sería cerca de la Convalecencia?...
–¡Allí viene un unitario! –oí de repente… Un grupo de gente, o mejor dicho, de forajidos salido de la nada rodeó mi caballo.
–¿No le ven la patilla en forma de U?
–No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero.
–¡Perro unitario!
–Monta en silla como los gringos.
–¡La Mazorca con él!
Seguían profiriendo insultos, agravios y las peores barbaridades, y el círculo se cerraba cada vez más. Recién ahí pude darme cuenta del extremo grado de violencia ciega y enardecida al que estaba expuesto. Intenté echar mano a las pistoleras de mi silla cuando una pechada al sesgo de un caballo me arroja al suelo dejándome tendido y paralizado. Aún vencido me animé a desafiarlos.
–La cobarde bravura de los federales, siempre en pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte –vociferé con ironía.
Gente embrutecida… achuradores, carniceros, chusma, matarifes… cuchillos en mano, brazos y pechos desnudos… los cabellos largos y revueltos… los ojos desorbitados e inyectados… bocas apretadas y furiosas… mandíbulas duras, latiendo… cuellos rígidos, venosos… rostros embadurnados de sangre y de horror.
Me vi lanzado sobre una grande y fornida mesa de tortura y ejecución dentro de la sala de la casilla… se burlaron, me vapulearon, me humillaron, me degradaron y me sometieron a un interrogatorio con el único fin de saciar su sed asesina. Me amenazaron con las tijeras de tusar, con dagas apretando mi garganta, y rebenques zumbando a centímetros. A pesar de todo, les contesté lo que creía, no claudiqué, luché y me defendí con el corazón.
–Primero degollarme que desnudarme…
Una gran explosión se produjo dentro de mí… Gallardo, audaz, valiente y con los pantalones puestos entregué todo. ¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los salvajes, asquerosos unitarios! Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad.
El sol volvió brillar en Buenos Aires la tarde de aquel convulsionado 1838. Impreso en la fría tabla sobre un mar de sangre se fue mi último suspiro.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014
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