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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

El hombre perfecto

Estimado Marconi:
Tras varios días de cavilaciones meditabundas me he decidido a escribir estas líneas: No puedo menos que hacerlo luego de escuchar, de boca de nuestro común amigo Tardewski, lo sucedido entre Usted y la monstruosa dama que insistía en remitirle misiva tras misiva.
No es mi afán el de criticar su actitud ante la fealdad de la señora. No podría hacerlo cuando muchas noches de desvelo he padecido a causa de un par de piernas bien torneadas, unos bellos ojos o una salvaje cabellera.

Pero sí me veo ante la necesidad moral de exponer mi punto de vista ante su decisión de desanimarla en sus intentos literarios. Máxime cuando Usted mismo alaba el nivel de sus historias y lenguaje con frases tales como: “excepcionales en todo sentido… talento absolutamente fuera de lo común… perfección literaria”. Debo reconocer que no he logrado dejar de pensar en ello y me intriga en forma casi irritante el motivo de su desplante.
Bien sabe que nunca compartí la descabellada idea de que para escribir emociones es necesario vivirlas antes. Todos nos inventamos historias diversas para imaginar que nos ha pasado algo en la vida. Historias que uno mismo se cuenta para imaginarse que tiene experiencias o que en la vida nos ha sucedido algo que tiene sentido. Por lo expuesto mi inquietud ante su rechazo utilizando la excusa de que la literatura siempre es autobiográfica. ¿Decirle que no nació para escribir luego de quedar extasiado carta tras carta? ¿Qué lo ha movido a comportarse de tal ruin manera? ¿Quizás el temor a verse superado por una principiante que encima posee escasos atributos físicos que la avalen? ¿O el temor al resurgimiento de géneros literarios arcaicos que ni Usted ni yo manejamos?
Cierto es que el género epistolar ha envejecido y sin embargo le confieso que una de las ilusiones de mi vida es escribir alguna vez una novela hecha de cartas. O al menos, leerla. Y Usted, se digna hacernos perder una posible candidata a revivir tal género. Me siento desdichado ante su crueldad.
No lo distraigo más. Y desde ya le aseguro que no espero respuesta alguna: no me parece que haya que confundir la correspondencia con una deuda bancaria, aunque las cartas sean como letras que se reciben y se deben.
Sólo le pido revea su postura. Llame a la mujer de fealdad que raya en lo perverso, tal como Usted la describe, y sea su guía para que pueda publicar su material. Este colega y cliente se lo agradecerá.
Mis más cordiales saludos,
Emilio Renzi.


Marconi plegó prolijamente la carta recibida y sonrió satisfecho. Su maniobra había dado el resultado esperado. Su doble oficio de escritor y editor lo había convertido en un hábil lector de la psicología de sus clientes y en este caso, le estaba resultando particularmente útil.
Emilio Renzi era el escritor estrella de su negocio editorial. Año tras año producía algún libro que se posicionaba entre los primeros puestos de los best seller y proporcionaban jugosas ganancias a ambos. Eso sí, libros que siempre eran serios, estudiados, destinados a un público intelectual que luego se sentaba a debatir, a escribir críticas eruditas o a armar mesas de reflexión sobre los temas planteados. Por ello, Marconi no podía darse el lujo de enemistarse con Renzi… debería acceder al pedido que le hacía en la misiva.
La imagen que Emilio Renzi se encargaba de mostrar era la del “hombre perfecto”. No sólo en relación a su capacidad intelectual y a la pasión que le ponía a su trabajo sino a todo lo referido a su vida personal.
Se había casado con la muchacha perfecta, la que se había convertido en la mujer perfecta y con la que habían tenido hijos perfectos. Su hogar era frecuentado por amigos bellos y exitosos, gente que siempre aspiraba a lo mejor, para ellos y para el mundo. Sus viajes alrededor del planeta siempre lo mostraban radiante, rodeado por su familia, siempre llenos de planes y expectativas. Era el hombre más influyente de la ciudad y como tal se ponía al frente de obras de beneficencia, de movidas culturales y de todo aquello que lo ensalzaba ante los ojos del público y ante los propios.
Sin embargo, como bien sabía Marconi, esa perfección escondía un atisbo de maldad. “Emilio no soporta que algo desagradable, feo o imperfecto roce su vida inmaculada. Pero no duda en molestarse conmigo por mi mezquina actitud ante una mujer desconocida y me intima a que revea mi posición”, pensó mientras paseaba alrededor de su escritorio.
Esta reflexión trajo a su memoria retazos de imágenes añejas, que por algo habían permanecido ocultas hasta ese momento: el día en que Renzi decidió internar en un geriátrico carísimo pero alejado a su padre, al que no volvió a ver hasta su muerte porque sus comentarios y acciones desafortunados causados por el Alzheimer no lo dejaban bien parado ante sus amigos. Aquel otro en que misteriosamente “desapareció” la perrita que sus hijas habían encontrado llena de barro y garrapatas y con la que se habían encariñado y a la que reemplazó con un “más presentable” caniche toy tan blanco y primoroso que ni se dejaba acariciar. Su obsesión por mantener una vida impoluta, transparente, sin pecados ni errores a la vista lo llevaban a realizar actos, para él plenamente justificados.
La frase de Maquiavelo resonó en los oídos del editor mientras miraba por el ventanal de su oficina: “El fin justifica los medios”. Sin más tomó el teléfono negro cuyas luces titilaban reclamando su atención y presionó de memoria, los números que la comunicarían con ella.
“Buenas tardes, Irene. Le habla Marconi. El plan que urdí y en el que Usted no confiaba ha dado el resultado que siempre preví. Emilio, horrorizado ante mi accionar para con Usted poco menos que me ha intimado a que publique su obra. Así lo haré, sin dilaciones, no puedo permitir que mi principal cliente no esté contento.”
Tras escuchar un buen rato la voz que partía del otro lado de la línea, la tranquilizó: “Mire, Irene, ya sé que su hermano la expulsó de su vida por ser fea, porque la gente se reía de su apariencia y eso a él le molestaba. Con la excusa de una tonta pelea, hace años que no se ven ni hablan. Pero no es posible seguir ocultando su innegable talento. Y él mismo está ordenando que publique su obra, así que eso haremos. Es inevitable pensar que quizá Emilio se enoje cuando descubra nuestra patraña. Pero bueno, yo confío en que el reconocimiento de su escritura lo haga olvidar de lo demás. La espero mañana así firmamos el contrato”.
Satisfecho con la conversación, se sentó en una confortable butaca y encendió un habano. Mientras expulsaba el humo aromático, Marconi pensó: “Emilio se va a enfurecer. Pero esta horrenda mujer es una mina de oro para mi negocio. No la podía desdeñar. Mañana será otro gran día”.

Victoria Nasisi

 

Copyright Victoria Nasisi. Octubre 2012

 

(N. del E.: este trabajo está basado originalmente en la novela de Ricardo Piglia, Respiración Artificial. La modificación en el enfoque, el narrador y el juego de cajas chinas le pertenece a Victoria Nasisi)