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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Sala de espera

El ruido de la sala de arribo del aeropuerto se hizo insoportablemente alto. Como cada día, me ocupaba de buscar algún pasajero para trasladarlo al hotel céntrico, en dónde trabajaba hacía casi cuatro años.

La rutina me había hecho casi indiferente a las emociones que demostraban al reencontrarse los pasajeros con familiares, amigos, novias, novios, amantes, etc. Risas, lágrimas, abrazos sentidos y fingidos, ya no me llamaban la atención y formaban parte de mi trabajo que, si bien no me disgustaba, tampoco me traía grandes satisfacciones. Pero este día iba a ser distinto, después pude comprobarlo.
El avión había aterrizado, me preparé para levantar el cartel con el nombre de la pasajera a la que esperaba y, de repente, antes de que la masa de pasajeros ocupara la sala, apareció ella. La reconocí fácilmente, una mujer anciana, debía pisar los 80, en una silla de ruedas conducida por personal de la aerolínea. Pensé en acercarme inmediatamente, pero algo me detuvo. Un hombre de mediana edad, que surgió de la nada, se le acercó bruscamente. Este hecho hizo que el personal de seguridad cambiara su actitud y se pusiera en alerta. El aspecto y el accionar de este hombre eran extraños. Mientras yo observaba alternativamente a la pareja y al guardia, ya que no sabía que podía pasar, ambos se fundieron en un abrazo profundo, un abrazo donde las lágrimas se adivinaban desde mi lugar. Esperé un minuto, y comencé a acercarme. Él notó mi presencia, besó la frente de la anciana, sin dejar de llorar y con un gesto de cabeza casi imperceptible, asintió para que yo me acercara. Así lo hice, tomé la silla de ruedas, observé el rostro de la anciana empapado en lágrimas. Pude ver como el hombre se iba, escapando de la escena; y, sin mediar ni siquiera una palabra de bienvenida, ambas salimos hacia la calle.
Subimos al auto, la ayudé a incorporarse y a sentarse en el asiento delantero, noté que puede caminar, aunque con dificultad. La silla fue retirada por un empleado, que nos seguía discretamente. Me senté en el volante y partimos hacia el hotel. No se oyeron palabras en todo el trayecto, su angustia me impidió ensayar las frases de siempre con respecto al clima o a los motivos de la estadía. Ella tampoco demostraba intención de entablar una conversación.
Al llegar, el botones la ayudó a bajar y yo saqué su valija del baúl. Entramos al lobby del hotel y nos despedimos con una frase armada, como temiendo decir algo más que pudiera hacer alguna referencia a la situación vivida.
No logré olvidarme de la anciana, por ser domingo no hubo mucho más trabajo, dos viajes más al aeropuerto y volví a casa.
Al otro día, mientras esperaba en la confitería del hotel tomando un café y  haciendo tiempo para ir a buscar un matrimonio japonés que llegaba cerca del mediodía, volví a ver a la anciana que bajaba del ascensor, ahora ayudada por un bastón con mango de nácar.
Otra vez sin mediar palabra se acercó a mi mesa y se sentó en la silla vacía, no me sorprendió, diría que casi esperaba este encuentro. Nos saludamos como dos viejas amigas, pedí un té para ella y un café con crema para mí. Comenzó su relato pidiéndome disculpas por lo sucedido el día anterior, y empezó a desenmarañar la escena de la que yo había sido testigo involuntario y sobre la cuál me habían surgido gran cantidad de preguntas que, por supuesto, no pensaba hacer. Me senté cómodamente en la silla y escuché.

El hombre del aeropuerto era su hijo, se llamaba Juan. Ella volvía, después de veinte años de vivir en Europa, a terminar el viaje de su vida, según sus propias palabras, en su país.
Vivía en España junto a su hija, que hacía un mes había fallecido, entonces decidió volver a pesar que sus nietos y su yerno le pedían que se quedara. Claro, ellos no sabían de Juan, y ella necesitaba verlo aunque sea una vez antes de morir.
Nadie sabía de Juan, salvo su hija, a quién se lo había confesado antes de morir, y fue ella la que la impulsó a volver a la Argentina. En su lecho de muerte le dijo que la perdonaba por haber mantenido tantos años tamaño secreto, que buscara ahora el perdón de su hijo, que le contara su historia como se la había contado a ella, él sabría entender.
Lo que no sabía su hija, y tampoco se lo dijo en ese momento, era que ella hacía dos años se había enterado dónde estaba su hijo, y que él no quería saber nada de ella. A pesar de ello, cuando tuvo su pasaje en la mano, le mandó la fecha y horario de su arribo al aeropuerto, quizás decidiera perdonarla y la fuera a buscar.
Después de haber tenido a Juan casi siendo una adolescente, sus padres, para evitar la deshonra, le sacaron al niño y lo dieron en adopción. Al transcurrir varios años, conoció a un buen hombre, se casó y tuvo a su hija, pero nunca se olvidó de su pequeño Juan. Así le había puesto ella, aunque realmente no era su verdadero nombre.
Y tal como ella había soñado durante las dieciséis horas de vuelo, su hijo fue al aeropuerto. Pero, si bien la abrazó con fuerza y sus lágrimas se confundieron en ese abrazo, le dijo al oído que no podía perdonar el abandono, que su mamá lo había criado con amor y grandeza; y que él no era “su” Juan, que su nombre era Ricardo, que Juan nunca había existido.
Quien sabe,  me dijo la anciana otra vez al borde de las lágrimas, algún día su hijo logre perdonarla, por eso, sin que él se diera cuenta, le deslizó en su bolsillo derecho un papel donde había escrito con mano temblorosa la dirección del geriátrico donde iba a vivir. Quizás, uno nunca sabe, comenté.
Tomó su té, el que no había tocado durante todo el relato, se levantó y, en silencio, se retiró a su habitación.
Miré el reloj, ya era hora de salir para el aeropuerto. Hice una seña al camarero para que cargara en mi cuenta lo consumido y me fui. La rutina envolvió naturalmente la historia y casi sin proponérmelo, me olvidé de ella.

 

EMMA