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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

El desencuentro

“Entretanto, la enfermera había oído las noticias y parecía ya libre de su mal y había luz en sus ojos. Se levantó de la cama y se vistió ante el espejo. Con una sonrisa y sin decir palabra, se dirigió a la embarcación. La que estaba a bordo iba hacia la casa y se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch’ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch’ienniang vivieron juntos y felices.”

Chang Yi siempre había apostado su futuro a la política. Como funcionario de Hunam su labor había sido impecable, logrando durante gran parte de su vida perdurar en su cargo. Por ello, cuando un joven colega le pidió la mano de su hija, enceguecido por su afán de permanecer en el candelero, no dudó en aceptar.

 

Poco tiempo tardó en reconocer su error: Ch’ienniang, su joven y hermosa hija, se marchitó ante sus ojos y en unos días cayó presa de la inconciencia y así quedó, en su virginal cama y sin ánimos de vivir por largos años.

Desesperado y ante la noticia de que Wang Chu, el primo dilecto de su hija, había embarcado para irse del país, supo la verdad: su más preciado tesoro estaba muriendo de amor y de pena.
Él ya nada podía hacer por salvarla y considerando que tal desgracia era culpa de su ambición desmedida, decidió retirarse de la vida política e intentar morir de la misma manera.

Ch’ienniang ha sido entregada por su padre a un joven funcionario de futuro prometedor. El dolor que me aqueja es tan intenso que sólo puedo pensar en marcharme, tan lejos que sus noticias no puedan llegar hasta mí.
¿Cómo hacer para olvidar? ¿Cómo pretender no habernos criado juntos, no haber temblado de pasión en sus brazos, no amarnos como lo hicimos?
Su imagen va a perseguirme por el resto de mis días, lo sé. Pero no debo reclamarle nada, la veo desgarrada entre el amor que siente por mí y su deber filial… no puedo acentuar su desdicha.
Partiré solo y destrozado hacia tierras desconocidas en busca del piadoso olvido. Prefiero el destierro antes que verla en brazos de otro hombre.

Como madre pendiente de su única hija supo que la decisión adoptada por Chang Yi estaba errada. Ella veía el fulgor de los ojos y el rubor de las mejillas de Ch’ienniang cada vez que alguien nombraba a su apuesto primo. Y observaba el cuidado con el que la joven elegía su ropa y preparaba su peinado antes de encontrarse con él.
Pero como esposa devota y sumisa que había aprendido a ser no pudo abrir su bella boca para cuestionar el mandato. “Una mujer debe aceptar lo dispuesto por el jefe de la familia”, pensó.
¡Cuántas noches de insomnio pasó junto al lecho de su hija! ¡Cuántas lágrimas amargas derramó al sentir la culpa que la corroía por dentro por no haberse opuesto a ese compromiso!
En menos de una semana vio escapar el alma de su hija en busca de un lugar en el que sufrir menos y perdió a su sobrino más querido, autoexiliado por los mismos motivos que los del alma de la doncella. Y observó como Chang Yi, su amado y vital esposo, se transformaba en un huraño ermitaño que se negaba a salir de casa y sólo contestaba con monosílabos cuando se le hablaba. Estaba sola.

Cuando Ch’ienniang supo, de boca de su padre, que debería casarse con el promisorio funcionario que solía venir a cenar con ellos, sintió la boca seca y las manos temblorosas. Inclinó la cabeza para que Chang Yi no viera las lágrimas que pujaban por salir de sus ojos y aceptó su destino, sabedora de que su deber filial le impediría oponerse a la decisión.
Sintiendo un frío terrible que corría por su cuerpo debió comunicarle a su novio lo sucedido. Y explicarle, entre sollozos desesperados, que no era lo suficientemente valerosa como para rebelarse ante el mandato paterno. Lo último que sintió, entre lágrimas, fue el calor y la fuerza de los brazos de Wang Chu, que la sostuvieron largo rato antes de despedirse.
Pasó tres días deambulando por los jardines de su casa, llorando sumergida en la bañera o abrazándose a la almohada. Y decidió, casi con fiereza, que no se opondría a su padre pero que dejaría de vivir.
Esa noche tomó un baño fragante, eligió sus mejores galas y tras mirar durante horas la foto de Wang Chu que guardaba en su relicario, cerró los ojos cansados, lista para dormir.
No volvió a despertar. Se dedicó con entusiasmo a soñar con su amado, a imaginar la vida compartida, a disfrutar de los hijos procreados. Y se esforzó, con verdadero ahínco, en intentar que ese sueño se convierta en realidad.

Victoria Nasisi


Copyright Victoria Nasisi. Octubre 2012.