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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EL CUENTO. Técnicas de escritura

Atrevete_a_ser_ledo

 

Módulo VIII. El personaje

Consigna P1 A partir de los datos que se proporcionan a continuación, escriba un relato breve (Máx. 1 pág.)

Nombre (a elección) y apellido (opcional), nació en la Argentina, el 16 de mayo de 1889, sexo masculino.
Darle un color de piel y cabello; forma de sus ojos y nariz; estatura.
Una actividad ruda en el campo.
No tiene familia, sólo amigos, uno de ellos lo traiciona.
Posee dificultades para caminar (por ejemplo, una cicatriz muy pronunciada en la ingle).

 

Benicio rengueó y sus pasos irregulares levantaron el polvo del camino reseco. Ansiaba llegar a la sombra que el gomero, a tan sólo cinco metros, le prometía. Necesitaba sentarse un rato, esquivar algo de los rayos del sol inclemente que castigaba su cabeza y sacarse la alpargata que lo torturaba.

 

 

El sudor chorreaba por su piel curtida, marcando caminos húmedos que surcaban sus mejillas morenas y haciendo que su cabello renegrido se pegoteara en su frente. “Necesito un sombrero.”, pensó y levantó sus ojos rasgados que revelaban la mezcla de razas que lo había originado, como si buscara el resguardo de la prenda que acababa de evocar.
El peón llegó, al fin. Al enorme cansancio que sentían sus músculos, producto de tantas horas de cavar zanjas en el campo del patrón, se le sumaba el cansancio que siempre trae la desdicha. No tenía familia en la que refugiarse. Sólo amigos... dos o tres campesinos toscos y brutos como él. Y acababa de descubrir que uno de ellos se había quedado con sus ahorros.
No le dolía el dinero, le dolía la traición. Y le dolía el pie, demasiado...
Mientras sacaba un gran trozo de sandía y un cuchillo filoso de la bola que llevaba en la espalda, se desprendió de la alpargata y de la media que, a esta altura, ya se había pegado a su piel lastimada. El olor a podrido que se desprendía de su extremidad atormentada le hizo fruncir la ancha nariz que sobresalía en su rostro apesadumbrado.
Estiró sus cortas piernas y se apoyó en el tronco del árbol cercano y con la punta del cuchillo se dedicó a sacar, una a una, las semillas de la fruta caliente que ya poco servía para paliar la sed.
Masticó con desgano, mientras sentía el latido del dedo gordo. De reojo vio cómo supuraba y con una ramita intentó espantar a las moscas que rondaban la herida. “Bichos asquerosos.”, pensó. “Tan asquerosos como ese amigo que voy a tener que matar.”.
El vino que había consumido durante toda la mañana, con el objeto de juntar fuerzas que le permitieran terminar con su trabajo e ignorar a su dedo quejoso, le nublaba la mente. Pero las llamaradas que provenían de su pie eran más fuertes que cualquier sedante. Y el odio de su corazón ya no tenía remedio.
“Hoy es 16 de mayo de 1949. Carajo, cumplo sesenta años. Lo voy a festejar como el bravo gaucho argentino que soy. Voy a terminar con este suplicio ya mismo.”, masculló entre dientes.
Se inclinó y con el mismo cuchillo con el que había escarbado minuciosamente la fruta en busca de semillas se rebanó el dedo sin piedad.
La sangre brotó, más roja que la sandía, más caliente que el aire norteño. Y Benicio cerró los ojos, dándose por vencido.

 

Copyright©Victoria Nasisi. Noviembre, 2014
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